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¡Joeísta hasta el final!

A propósito de los cinco años de la muerte del Joe Arroyo, de nuestra biblioteca musical desempolvamos un texto de Rainiero Patiño. Reflexiones para los programadores y directores de emisoras.

Por Rainiero Patiño

Cada uno de nosotros tiene una canción, un coro, un compás o un son que nos emociona, que nos estremece las fibras de melómano. Quizá muchos de ustedes comparten el mío. Ese intro endemoniado, un solo cortico pero sustancioso de piano. En el medio seis cuerdas de bajo. Luego el piano repite la misma plegaria. Y al final, que no es más que el comienzo de ese canto celestial hecho salsa, una voz que grita: “vacílalo rumbero”.

Todavía tengo edad para contonearme a lo “nueva ola”, como dice un amigo: “vivo en el segundo piso”. Con el cuello alto y pecho al aire, mover mis manos en remolino como si bailara de verdad a lo Silvestre Dangond. He visto un par de amigos hacerlo en repetidas ocasiones en medio de miles de silvestres más, con diferentes nombres y acordeoneros, pero todos iguales. Bien merecido por todos ellos.

Sin embargo, yo prefiero la Barranquilla de mi adolescencia, la Barranquilla de emisoras salseras y de esquinas floreadas.

joeTenía 11 años y corría el año 1991. No se de dónde ni en qué momento aparecieron. O no sé si siempre habían estado allí, pero fue en esa época donde descubrí un par de “elepés” de salsa en mi casa. Lavoe, Blades y Joe Arroyo se habían abierto espacio a codazos de campana y empujones de bongó, en medio de los discos de Menudo de mi hermana mayor y los tacones madrileños de Rocío Dúrcal, compañera infaltable de los quehaceres de Mamá.

En uno de esos discos la figura, para mí ahora mítica, del Joe coronado de un afro setentero y pañolón rojo en el cuello diciendo “Me le fugué a la candela”. A partir de ese momento comenzó el idilio. Este que hoy profeso.

Mucho tendríamos que hablar sobre la turbulenta y trágica vida del Joe. Cuantas páginas se han escrito ya al respecto con mala intención. Es como hablar del Poe alcohólico y no del maravilloso cuentista; o del cacho de marihuana de Bob Marley y no de su mensaje de igualdad. Yo prefiero deleitarme leyendo el “Tonel del amontillado” o abrir los ojos cantando “The redemption song”. Yo prefiero La Rebelión en boca de Álvaro José o su golpe de clave en Yamulemao.

Es una lástima que hasta las emisoras locales hayan relegado la música del Joe a programación decembrina o de Carnaval. Que a sus seguidores nos toque recurrir al Youtube o a las videotecas personales para ver sus videos. Unos dicen que son cosas del mercado: para qué vender habichuelas cuando la gente quiere comprar yuca. Pero señores programadores ustedes lo saben, detrás de cada corazón “arrugado”  y reguetonero (ese que contra natura nos han impuesto) de los seres caribes, hay un espíritu salsero. Un revoloteo de esquina y un vibrar de barrio, un Joe gritando.

Ahora el Joe revive homenajeado y vanagloriado como quien desempolva el traje dominguero. Y yo lo veo con su pañolón rojo atado al cuello. Simulo bailar como él, con las rodillas en alto y las manos de maracas africanas. Por un momento, mientras todos creen que escribo, imagino que soy Chelito de Castro, el teclado del computador es testigo de mi sentimiento de pianista frustrado. Y me doy cuenta que tenía razón, que el Joe como solo los grandes lo pueden hacer: Se le fugó a la candela.

Sobre el autor

Colabora en medios de comunicación desde hace más de 20 años. Experiencia como reportero y editor. Sus textos periodísticos y de ficción han sido publicados en espacios nacionales e internacionales. Nacido en Barranquilla. Lector y viajero empedernido. Música y buena comida. Inquieto por el periodismo para el desarrollo social. Papá y esposo. El mar, siempre vuelve al mar.
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