De tanto andar buscando el rastro por ciénagas y riachuelos de la Mojana de Sucre y Bolívar del único colombiano Nobel de Literatura, el autor encuentra más de una sorpresa.
Por Rafael Sarmiento Coley

Doña Luisa Santiaga Márquez y el amor de toda su vida, Gabriel Eligio García Martínez, los padres de Gabito, el genio universal de la literatura.
La primera gran sorpresa que se encontró Gustavo Tatis Guerra cuando andaba atando los cabos sueltos de su libro, es cuando se encontró con Gabriel Eligio García Martínez y le preguntó: “don Gabriel, ¿dónde podré encontrar a Gabo a esta hora? Y la respuesta la dejó zurumbático: “Aquí estoy. A sus órdenes, qué se le ofrece”.
Tatis dudó un poco para continuar el diálogo. La vaina es que, como buen reportero, no podía darse por vencido en el primer intento, y le replicó, “no, busco es a Gabo, el escritor”.
Entonces fue cuando, viendo el rostro descompuesto de su interlocutor, se preparó para recibir el primer regaño del padre del Nobel colombiano de Literatura: “Vea, mijito, el propio Gabo soy yo, el otro es Gabito. Para que se lo aprenda bien y no lo olvide”.
Y a partir de aquel regaño inesperado nació en ellos una sólida amistad que le abrió las puertas para entrar como un miembro más de la numerosa prole García Martínez, García Márquez, García Barcha, y pare de contar, lo que le permitió la envidiable fortuna de escribir una novela lo más parecido al mejor de los reportajes que un excelente periodista pueda lograr.
“Ese sí que es embustero”

Un amor para toda la vida como el que vivieron Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha Pardo, tiene todos los ingredientes para una excelsa novela del inmortal novelista colombiano, Gabito.
“En el almuerzo le pregunté por Gabito y me dijo que ‘es el embustero más grande del mundo. Desde que era niño, Gabito tenía una capacidad para inventar más allá de la realidad que veía. Siempre he dicho que él tiene dos cerebros. A mí nadie me quita la idea de que Gabito es bicéfalo. Y en uno de sus cerebros guarda todo lo que ve, y en el otro desarrolla todo lo que vive y crea sin parar otra verdad que no es la que está viviendo en el momento”.
(Gustavo Tatis, cada reflexión del padre de Gabito lo dejaba pensativo por un buen rato, hasta cuando su cerebro lo asimilaba y toma aire para seguir el diálogo).
Gabriel Eligio García Martínez era el ser más parecido a Gabriel José García Márquez, no tanto en el físico (con la misma verruga en la mejilla izquierda de ambos, las mismas manías con las manos, el deseo permanente de buscarle sonidos y significados a las palabras, la perfecta descripción de lo que escribieron. Porque no se crea que el hijo del telegrafista era el único de la familia que escribía. También el telegrafista dejó para la posteridad su novela, la historia inédita de sus tortuosos amores con Luisa Santiaga Márquez, cuyo padre, el coronel de mil guerras Nicolás Márquez, decía que primero muerto, antes de ver a su hija mayor casada con un telegrafista, violinista frustrado y padre de una carrandanga de hijos sin haberse casado con ninguna de esas desdichadas mujeres (la ‘carrandanga’ no fueron más que cinco: el mayor, lo tuvo con una joven de 16 años que desposó cuando era telegrafista en Achí, Bolívar, llamado Abelardo García Urueta, quien murió dos años antes que Gabito; Carmen Rosa García Hermosillo, la tuvo con otra quinceañera en Ayapel; y Antonio García Navarro y Germaine –Emy– García Mendoza), todos ellos nacidos antes de que el telegrafista andariego fuera trasladado, por accidente, a ocupar la plaza de un colega que había enfermado y no pudo regresar, y el destino quiso que allí se encontrara con la mujer que habría de acompañarlo hasta el día de su muerte, luego de darle once hijos, entre ellos el hombre que se comprometió a escribir un libro “que se venderá más que ‘El Quijote”, como en efecto sucedió.
De Sincé a Aracataca
Dos gladiadores con alma de reporteros recorrieron toda la anfibia zona de la inmensa Mojana en las jurisdicciones de Bolívar y Sucre, para lograr, como si estuvieran buscando la piedra filosofal, hasta el mínimo detalle del rastro genético de Gabriel García Márquez en aquella región.
Por un lado, estuvo el escritor Isidro Álvarez Jaraba, oriundo de Sucre (Sucre), escritor y filósofo, autor del maravilloso libro ‘El país de las aguas: García Márquez en la Mojana, la otra orilla de Macondo’, un escritor que describe con admirable maestría los rastros del hijo del telegrafistas por las tierras encantadas en donde él encontró la munición para varias de sus novelas y libros de cuento, en especial ‘Los funerales de la Mamá Grande’.
Y Tatis Guerra que se metió por el recodo de Caimito (uno de los municipios de entrada a la Mojana sucreña), Ayapel, San Marco y se detuvo largo rato en Sincé, por la sencilla razón de que sus abuelos maternos y su propia progenitora nacieron allí.
Allí Tatis Guerra encontró el rastro de la abuela paterna de Gabito, Argemira García Paternina (nacida en Caimito en 1887), quien a sus 16 años se trasladó con sus padres a Sincé. Era ella entonces “una mujer de piel blanca, alta, escultural, de cabellera larga color miel y ojos de mirada penetrante…toda una belleza. Y en Sincé vivía un terrateniente, Gabriel Martínez Garrido, nacido en 1872), que había heredado una enorme fortuna de sus padres. Se convirtió desde muy temprana edad en un hombre excéntrico, despótico, militante belicoso del Partido Conservador, y dedicado a la deshonrosa misión de ser el hombre que conquistaba el mayor número de señoritas, a quienes preñaba y mas ni nunca volteaba a ver, como en efecto sucedió con Argemira”.

Portada de otro fantástico aporte, de la autoría de Isidro Álvarez Jaraba, para profundizar en la obra de García Márquez.
Cuando eso ocurrió, el despótico terrateniente padre del telegrafista de Aracataca tenía 22 años. Argemira, 16. Gabriel Eligio nació en Sincé el primero de diciembre de 1901 y murió en Cartagena en 1984.
Cuando le llegaron los dolores del parto la familia de Argemira corrió a buscar a la mejor comadrona del pueblo. Al tener al niño en sus manos y darle la palmada en la planta de los pies para escuchar el primer grito del recién nacido, la comadrona sintió una energía extraña y, de manera premonitoria, dijo: “este niño no es común y corriente. Este niño tendrá un nombre que será el único en este pueblo y tendrá un hijo que será famoso en todo el mundo”. Esa memorable predicción, según relata Gustavo Tatis, la contaba el mismo Gabriel Eligio, con la misma firmeza como si él hubiera escuchado a la comadrona que lo tenía colgado agarrado por los piececitos y con la cabeza hacia abajo. “Yo sabía que eso iba a ocurrir”, le dijo Gabriel Eligio a Gustavo Tatis.
El mezquino terrateniente Gabriel Martínez Garrido, quien murió arruinado porque despilfarró toda la herencia en parrandas y mujeres, nunca más tuvo que ver con Argemira ni mucho menos con Gabriel Eligio, quien, en unas fiestas del pueblo, cuando los niños se disfrazaban para salir a recoger propinas, inventó una comparsa con el cuero de un tigre, que se lo engancharon al muchacho más flaco y salieron por todas las calles de casa en casa. El motivo final de la comedia era que el ‘matador’ (Gabriel Eligio), mataba al tigre con una escopeta de palo. Fueron a la casa del terrateniente, hicieron su presentación, y al final les dio un centavo (lo que en esa época denominaban ‘un chivo’). Aquello no solo disgustó mucho a Gabriel Eligio, sino que fue la causa de su definitivo distanciamiento de aquel padre irresponsable, y desde ese día se propuso llevar para siempre el apellido de su madre de primero, y no el del ruin terrateniente.
Para colmo de las desdichas de aquella jornada festiva, el joven que se puso encima el cuero del tigre murió a los pocos días, porque el animal, al parecer, había sido envenenado con un exterminio muy fuerte, ya que estaba acabando con el ganado de las fincas del pueblo.
Un fortuito encuentro
Cuenta Gustavo Tatis en su libro ‘La flor amarilla del prestidigitador’ (con prólogo de uno de los más certeros biógrafos de Gabito, Dasso Saldívar), que su entrada como un miembro más de la familia García Márquez fue “fortuito y casual”.
Se encontraba él en el primer piso de la Gobernación de Bolívar, cobrando la pensión de su abuela materna Escolástica Flórez viuda de Guerra. Como él poder estaba a nombre suyo, cuando lo llamaron al turno a la ventanilla, se escuchó en todo el salón el grito: “Gustavo Tatis Guerra, quien viene en representación de Escolástica Flórez viuda de Guerra”, Gustavo pegó otro grito: “¡Aquí estoy!”, exhibiendo el documento en la mano.
Cuando se retiró de la ventanilla lo esperaba como caimán en boca de caño Gabriel Eligio: “Oye muchacho, y tú qué eres de Escolástica”. “Nieto”, respondió Gustavo.
“¿Y qué eres de Ricardo Ulises Guerra Anaya, de Yolanda, Leonarda y Carmelita Guerra Flórez?”. Gustavo le disparó enseguida: “Ricardo era mi abuelo, Yolanda mi madre y Leo y Carmelita, mis tías maternas”. Todos paisanos de Gabriel Eligio, algunos de ellos amigos de su infancia en su Sincé natal.
Fue suficiente para que el corazón del viejo telegrafista de Aracataca, médico homeópata, botánico empírico, violinista, poeta y novelista anónimo se derritiera a los pies de Tatis Guerra y facilitara que los lectores disfruten de otra maravillosa obra sobre Gabito.
El remate de Tatis Guerra

Periodista, escritor e historiador del Caribe Colombiano, Gustavo Tatis Guerra ha entregado otro aporte maravilloso sobre la vida y obra del Premio Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez.
La siguiente es la parte final de la obra ‘La flor amarilla del prestidigitador”: Liviana como las hojas que caen en el patio de su casa está Mercedes, vestida con una bata blanca mexicana bordada con diminutas flores de colores. Sostiene un cigarrillo y delinea con precisión impecable, con “la sigilosa belleza de una serpiente del Nilo” y el encanto que hechizó a García Márquez desde que ella tenía nueve años, las previsiones del porvenir. Mercedes ha sido así toda la vida desde que se casó con él en 1958 hasta su partida en 2014. No deja un hilo suelto. Desde mucho antes del Jueves Santos de su muerte, ya tenía inventariado el archivo personal del escritor en setenta y ocho cajas que contenían veinticuatro mil páginas de documentos, que hoy reposan en la Universidad de Texas, en Austin, y que la humanidad puede ver y leer, para adivinar los intersticios de la genialidad y el proceso creativo del escritor. El liquiliqui que se puso el día glorioso del premio Nobel de Literatura lo donó a la Biblioteca Nacional de Colombia, y algunas de las máquinas de escribir con las que creó sus novelas las entregó al Museo de Aracataca.

Gabito con cinco de sus 10 hermanos de padre y madre, entre ellos Aída, la autora de otro de los libros biográficos del célebre autor de ‘Cien años de soledad’.
Junto con sus hijos Rodrigo y Gonzalo, llegó a la revelación de que las cenizas de Gabriel García Márquez debían reposar en el antiguo Claustro de la Merced, a pocos pasos de su casa, en donde se juntaría el espíritu del escritor con el de sus ancestros y la memoria de sus propios personajes. En un pedestal de dos metros con veinte centímetros, encontraremos la mirada profunda del busto del escritor forjado en bronce por la escultora británica Katie Murray. Para llegar allí solo hay que cruzar por una rampa llena de flores y mosaicos árabes, en donde cantará la lluvia en la penumbra, gracias a un drenaje con flujo de agua, arquitectura diseñada por Gloria Patricia Martínez Vaca, para evocar al autor de ‘Cien años de soledad’. La Universidad de Cartagena, que tuvo al escritor como alumno efímero de su Facultad de Derecho, asumió la obra colosal, junto a la iniciativa de la Biblioteca Gabriel García Márquez, la Cátedra que perpetúa el conocimiento de su vida y obra, y la adecuación de auditorios que llevan el nombre de sus personajes.
Un día el nombre de los dos, Gabriel y Mercedes, estará allí en un lugar innombrable y sereno como un murmullo de aguas, un día ella será la imagen que él vio y describió en las últimas dos páginas de sus memorias, aquella muchacha que “parecía una estatua en el portal, esbelta y lejana, y puntual en la moda del año con un vestido verde de encajes dorados, el cabello cortado con alas de golondrinas y la quietud intensa de quien espera a alguien que no ha de llegar”.
Algún día sus dos nombres serán como imán y limadura, en la piel imborrable de la piedra y del tiempo, en ese lugar que puede señalarse con el dedo, bajo las ramas del paraíso donde voló primero Susana San Juan, de Juan Rulfo, y Remedios, la bella, de García Márquez. Juntos para siempre en el aire inalcanzable donde no llegan ni siquiera los pájaros de la memoria”.













