La década del setenta fue de mucha energía y actividad para los niños y los púberes de mi pueblo.
Por: Oscar Flórez Támara
Chochó se levantaba como una población líder y ejemplar de las luchas campesinas. Los pueblos cercanos, veredas y caseríos sentían en sus pupilas un nuevo amanecer sonriente para las futuras generaciones.
Las pocas tierras, en manos de los agricultores, respondían a la alegría y al entusiasmo que estos ponían en sus cultivos, con frutos frescos y bien nacidos compensando el esfuerzo de sus labores. Era entonces la algarabía de los micos saltando en los árboles del Pozo el Llorado. El agua que mitigaba la sed de los pobladores emergía como por encanto de unos chorros que salían de las paredes empedradas de este pozo. Especie de ubres gruesas de vacas recién paridas.
Para los niños, el patio donde jugaban lo conformaban todas las casas de la población. A nadie en particular le estaba asignada su vigilancia, porque todos los adultos se compinchaban para mantenerlos alegres y sanos en su integridad. Nada denotaba desconfianza. Era una especie de naturaleza creciendo en armónico equilibrio emocional. El mundo de la cultura y el mundo de la naturaleza hacían balanza. En esas condiciones pasé mi niñez y parte de mi pubertad.
Convergían los pueblos más cercanos, Las Palmas, El Mamón, Pileta, Segovia y Cantagallo, en un sitio de Caney de Palma para compartir ideas sobre la “recuperación de tierras”, el mejoramiento de calles, la consecución de acueductos, el alumbrado público y escuelas en buenas condiciones para la educación. Allí se debatían temas álgidos y esenciales, y se tomaban las decisiones con la seriedad y la energía que requerían los casos para el crecimiento de los pueblos tanto en el aspecto material como espiritual. Los niños y los jóvenes en medio del juego no éramos del todo ajeno a estos aconteceres.
La “Geo”, mujer activa y emotiva, con una alegría creciente y sin desparpajo, no perdía un ápice de las reuniones. Su esposo (Moisés), un músico de Banda Folclórica, le patrocinaba cualquier iniciativa que a ella se le ocurriera. Toda una fiesta de pueblo era la “Geo”. No importaba el contexto ni el tema que se tratara, a todo le imprimía el sello de la espontaneidad y alegría.
Cuando llegó la fecha de la “recuperación de tierra”, la hora fijada para el encuentro de todos los marchantes sería en la madrugada, tiempo preciso que marcaría el golpe certero como noticia en el amanecer del nuevo día. Eso se había
acordado como estrategia. Y así se aprobó por mayoría. Nada que no fuera una decisión democrática podía cambiar el actuar de las decisiones tomadas en el Caney.
La “Geo” iba adelante. Gritaba las consignas ya discutidas y aprendidas. Su alegría entusiasmaba a los marchantes: “Compañeros, siempre adelante, ni un paso atrás”. “La tierra es de quien la trabaja”. “Unidos venceremos”. “Lo que ha de ser que sea”.
Una pequeña loma en la “tierra a recuperar” era la meta fijada para establecer la conquista. Desde ahí se divisaba toda la llanura. Sitio ideal de control. De la parte de atrás de la loma, para encontrarse frente a frente con los campesinos marchantes, venía la Policía a detener a los “invasores de tierra”. La “Geo”, cuando vio a la Policía asomarse, dio media vuelta y gritó a todo pulmón: “Compañeros, pa´ lante es pa´trá”, desde ese momento pude entender un poco mejor la ley de la Relatividad de Albert Einstein y comprobar que nada es absoluto, a través de ese pensamiento visual que la “Geo” en su giro inesperado dio.












