Los niños del huracán Mitch corrieron a Yoro a ver los peces caer del cielo. Era una Honduras destruida, pero no para ellos.
Por Albany Flores*
Albany Flores es historiador y poeta de Honduras.
Fue a comienzos de 1998. Había conocido la casa de un poeta. Era una casa aparentemente pequeña de eterno color blanco. Tenía una tímida ventana y una sencilla puerta de madera casi siempre cerrada. Estaba ubicada muy cerca de la estación policial y frente a la vieja estación de buses; justo en la calle que llevaba del campo de fútbol La Lomita del barrio Santiago, hasta el Bording House Palmeiras, uno de los hoteles más viejos de la ciudad.
Era la casa de Roberto Sosa, el más universal de los poetas hondureños.
Por entonces yo era un chico, y por primera vez, el mundo se me había revelado inusitadamente. Pero no era la primera vez que escuchaba de un poeta. Había visto y escuchado los versos recitados por un hombre al que recuerdo vagamente, pero que por alguna razón me había impresionado —aun cuando no comprendía— con sus palabras y gestos: se llamaba Daniel Cano Andrade, y era un gran poeta yoreño.
Lo supe muy bien años después. Ahora que recuerdo, es cierto, Yoro es mágica. No sólo en su poesía, también en el mundo maravilloso y surrealista que rodea su historia. Nada había qué desperdiciar de las tradiciones y mitos de una ciudad cuyo nombre, traducido de la lengua Tol, equivale a decir «Corazón centro, o Centro del corazón».
Fue un 3 de mayo de 1998. Era día de cruces, y en una casa cristiana como la nuestra, dos cosas se sabía de los días de cruces: habría una pequeña cruz de madera en la entrada de la casa, y llovería.
Ese día escuché —casi incrédulo— que por aquellos días, en cualquier tarde lluviosa, caería en la ciudad la lluvia de peces. Y aunque no había comprendido nada, la idea de ver caer peces del cielo me golpeó los sentidos.
El sólo imaginar una lluvia en la que en vez de agua caerían peces, me hacía suponer que cuando menos las calles estarían libres de charcas, y que los techos de las casas de todo el pueblo, así como sus calles, estarían repletos de peces que se abultarían y saltarían inquietos por todas partes.
Se llenaría la casa de peces juguetones.
El invierno llegó con gran fuerza al país entero. Los motivos ceremoniosos del pueblo habían comenzado. Todos preparaban la celebración anual de la Feria Patronal en honor a Santiago Apóstol que duraría dos semanas. En el transcurso de la Feria caería la esperada lluvia.
El pueblo se transformaba de pronto. Se decoraban totalmente las calles principales y se instalaba una gran plaza con juegos mecánicos. Llegaban vendedores ambulantes de casi todo el país, se elaboraban carrozas con motivos festeros, se celebraban desfiles, carnavales y fiestas.
Sólo quedaba esperar que los peces comenzaran a caer con las lluvias.
No sucedió de esa manera. Cuando menos no para el pequeño que esperaba —mientras veía el colorido desfile de carrozas atravesar la avenida principal 25 de julio—, que en medio de la música de los tambores y las liras, del color y la alegría del pueblo, comenzaran a caer de pronto, paulatinamente, una serie de minúsculas gotas que fueran transformándose, casi sin que nos diéramos cuenta, en una multitud de peces que inundaría la ciudad.
La lluvia llegó, pero no los peces. Un par de día después escuché en las noticias matutinas con Carlitos Martínez, transmitidas por Radio Yoro, que ese año, la lluvia de peces había caído en la vecina aldea de Centro Poblado, a unos 10 minutos de la ciudad, y que los pobladores y los hacendados de la región habían recogido una vasta cantidad de peces pequeños y plateados; más parecidos a una sardina ordinaria que a cualquier otro pez, pero mucho más resplandecientes y hermosos.
A pesar de ello, no perdí la esperanza de verla alguna vez con mis propios ojos. Me recuerdo como un niño feliz, en un país descalabrado por la corrupción, la depresión económica, la deuda pública, y por todas los males que había dejado el huracán Mitch, que se había convertido en la tragedia natural más grande de nuestra historia independiente.
Nosotros éramos los niños del Mitch. Nos reíamos ingenuamente porque las lluvias tenues pero prolongadas del huracán habían hecho que el recién inaugurado gobierno liberal de Carlos Flores Facussé decretara el cierre de todas las instituciones educativas del país hasta nuevo aviso.
Al final del año nos reímos más, pues, a causa de los enormes daños humanos, materiales y económicos que las lluvias habían dejado, el mes de noviembre de 1998 cuando volvimos a clases en la Escuela Daniel Quiróz GuíaTécnica N°11, nuestra maestra, Teresa Licona, nos informó que debido a la difícil situación que atravesaba el país, todos los niños de la escuela pública habíamos aprobado nuestros cursos.
Nunca fuimos más felices los niños de mi generación que con aquella noticia, o cuando menos nunca fuimos más ingenuos. El país había sufrido lo indecible. El huracán se había llevado puentes, carreteras, casas, edificios, escuelas y hospitales. Había limitado la energía eléctrica y el acceso telefónico, y había arrasado con más del 80% de la producción agropecuaria nacional. Había dejado más de 11 mil muertos y casi dos millones de damnificados en un pequeño país de 6 millones de habitantes.
Todo aquello transformó mi idea de la lluvia de peces, pero no mi ilusión de poder verla algún día. Hasta hoy no lo logro.
Casi dos décadas después, Ramón Rivera, Director de la Maestría en Historia Social y Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, enseña sobre cómo el fenómeno de la lluvia de peces en Yoro puede explicarse científicamente a través de la teoría de las Trombas Marinas expuesta por el físico francés André-Marie Ampère y otros estudiosos, incluido él mismo.
Aun así, prefiero recordar los días felices de ese idílico mundo de la infancia, cuando la vida parecía buena, mi casa era un pueblo lleno de historias y leyendas fabulosas, y llovían peces junto al agua que venía del cielo.
Todo eso pasó allá, en Yoro, la mágica.