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«Yo soy mala y nosotros también»

¿Qué tan importante puede ser la educación? Tan importante como para que una niña musulmana de 14 años de edad se levantara en contra de un ejército de talibanes extremistas.

Por Melissa Ochoa

Malala en escuela

La lucha de Malala Yusufzai comenzó a través de las redes sociales y de un blog personal en el que daba a conocer las duras condiciones que enfrentaban muchos jóvenes en su país Pakistán para poder acceder a la educación. A diferencia de muchos niños y niñas Malala tuvo la oportunidad de nacer en una zona mucho más pacífica y turísticas de estas tierras sagradas y malditas por la interpretación de algunos grupos religiosos extremistas, quienes a la larga terminaron llegando al poder y atentando contra su vida en el nombre de Alá.

La Fe musulmana es la que Malala también profesa y es en la que sigue creyendo con una acérrima convicción de que fue Alá quien le  permitió seguir con vida para continuar esta lucha que hoy en día es galardonada con un premio Nobel de la Paz y la convierte en la persona más joven de la historia  en recibirlo.

Mientras muchos niños dedican su tiempo a ver los videos de risa en internet, a retuitear todo lo que digan sus artistas favoritos, e incluso a aprender a lavarse los dientes con la aplicación de princesas Disney en la tableta digital que recibieron en el último “niño Dios”  y que reemplazó a la popular bicicleta y a la Barbie que solía atiborrar las cartas de aguinaldo, está niña armada de libros y sin pesebre desataba un movimiento idealista de cuadernos, lápices y asientos para colegios, que se constituyó en la más poderosa artillería que pudiera enfrentar al terrorista talibán más sangriento.

En una sociedad en donde la sensualidad de su cabello solo es vista por su esposo, en donde las mujeres deben ser sumisas y devotas, amenazadas con lapidaciones, con ácidos y mutilaciones, Malala tuvo la oportunidad de nacer en el regazo de una madre letrada y un padre maestro universitario que le enseñaron que sus ideales son sus más grandes atributos, los mismos que fortalecen su Fe, una pequeña “Matilda” por así decirlo que entendió el poder que tienen las buenas ideas y ¿qué mejor súper poder se le podría otorgar a una niña cercada por terroristas? El poder de pensar por sí misma, de leer en un libro sus derechos y los de los niños en todo el mundo, por encima del color de piel, convicción espiritual o  lengua, y hacerlos valer.

No solo aterrorizó a los asesinos religiosos que perdieron el control sobre ella, también movilizó al mundo entero que un día consternado la acompañó a través de las noticias, ensangrentada, al borde de la muerte y que hoy a dos años del fatídico día en que le preguntaron su nombre y le dispararon en la cabeza recibe un nombramiento y un premio no para decorar su cuarto sino para levantar la voz por las mujeres, niños y niñas de la nación por la que aguardan sus esperanzas de cambiar el mundo o por lo menos esa realidad que muchos de sus hermanos y hermanas afrontan.

Una portavoz que sabe que le te tocó a ella hacer y decir lo que a través de sus ojos Alá le permitió ver, una decidida activista que llevara por todo el mundo la dulce sonrisa que la guerra congeló en su rostro tras sobrevivir milagrosamente al más infame de los actos humanos, su asesinato, y que hoy sigue levantando la voz por una lucha que ha dejado de ser religiosa o de géneros sexuales para convertirse en un argumento fidedigno de la importancia de la educación en el mundo entero.

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