Cuatro décadas después de su muerte, el legado vive y se extiende con nuevas ediciones y trabajos sobre sus libros.
“Es muy fácil hablar de Alvaro Cepeda. Era un gran escritor, un gran hombre y gran amigo. Su afán era vivir, y compartir su gran sentido de amistad, y con su letra vivir después de morir”.
Por Marcela Castellón
A Alvaro Cepeda Samudio, víctima del constante murmullo de una vida “sin fórmulas” y del olvido en las estanterías, lo conocí de la manera más acertada: a través de sus libros. Fue una tarde en una lectura a voz alta en la Universidad del Norte, donde quedé cautivada mientras Ariel Castillo, estudioso de la literatura, recitaba un cuento de una mujer llamada Juana que aprendía sus primeras letras en La Biblia.
Desde ese momento, mi relación con Álvaro no ha parado: en las clases de literatura, como referente en una clase de periodismo, estudiando los inicios del cine en nuestro país, y, gracias a mi trabajo como organizadora de su archivo y asistente de su esposa, la mítica Tita Cepeda.
Pero, ¿qué puedo decir de Alvaro Cepeda ahora que se cumplen 43 años de su muerte? Que mi generación está viviendo el momento preciso para leerlo.
En la portada de la edición de Alfaguara, aparece la carcajada estruendosa que tanto se recuerda del «cabellón», dibujada por pequeños puntos en tonos rosa. En la edición de Archivos, los dibujos que ilustran la primera publicación de Todos Estábamos a la Espera adornan la carátula, rindiendo homenaje a la gran pintora cartagenera, Cecilia Porras.
No se puede hablar de estos dos libros sin mencionar el heroico trabajo de Fabio Rodríguez Amaya (pintor, escritor e investigador de literatura hispanoamericana de la Universidad de Bérgamo, Italia), quien no solo compila e introduce la obra de Cepeda para Alfaguara, sino que también coordina, en un trabajo de más de siete años, la edición crítica de la colección Archivos, compuesta por 800 páginas, que a su vez reúnen el trabajo ensayístico de autores nacionales e internacionales. Un proyecto que inició en la década de los 70’s, junto con el ya fallecido científico literario, el francés Jacques Gilard, también coordinador de esta edición.
Mi relación con Alvaro, afortunadamente, no ha tocado esas pequeñeces en las que muchos se centran. En los dos años en los que he trabajado en su archivo, me ha bastado con examinar alguno de sus manuscritos para notar, desde la forma en la que está trazada la letra, el ímpetu con el que vivía y el poder de su creación. La maravilla de persona que era, y la dedicación y minuciosidad con la que hacía todo lo que hacía. Sus imparables ganas de vivir, y la manera en la que las plasmaba en todo lo que desarrolló a lo largo de sus 46 años de vida.
Años que se quedan cortos para una obra tan vehemente, pero sin que esto afectara el rigor con el que trabajaba. Alejandro Obregón tiene razón al decir que hablar de Cepeda es muy fácil. Para los que no lo leen más sencillo aún, porque siempre será mucho más cómodo escuchar murmullos, que leer el reto que impone su literatura.
Han pasado 43 años desde que el “Nene” se fue, allá, en un hospital de New York. Aquí, se nos renueva la oportunidad de recordarlo.