Su casa museo, su paisaje, sus aguas medicinales. El amor inspirado de la mujer y la naturaleza. Lo que cautivó al poeta y, por él, al mundo.
Por Jorge Sarmiento Figueroa
Usicaurí ya era bello antes de la llegada del poeta. Y lo sigue siendo muchos años después de su partida. Pero la magia de sus aguas termales, de su paisaje y de su amor no sería la misma sin los versos sublimes de Julio Flórez.
Gracias a la melancolía de su llanto, a la humildad de su canto, al amor y la devoción a la naturaleza, Flórez puso a Usiacurí en el pináculo de la cultura nacional e hizo, sin buscarlo, que hasta allá fueran los nobles más encopetados, a cubrirlo de honores. Ciento cincuenta y seis vehículos cruzaron en la segunda década del siglo veinte los caminos que entonces eran de polvo y conducían al «pesebre» donde vivía el poeta. Lo encontraron moribundo, más digno que nunca, porque ya había entregado al país y al mundo su poesía.
Llegó en 1909 a Usiacurí, a los 42 años, y no se marchó sino con la muerte. En Usiacurí encontró el alivio de sus males. En Usiacurí encontró el follaje que sus versos necesitaban. Y encontró el amor por el que más fuerte latió su corazón, Petrona Moreno y los cinco hijos del matrimonio.
Colombia y Bogotá amaron su melancolía, pero lo persiguieron como se persigue a los grandes de esta jaula que llamamos patria. Y él se fue como hacen los animales que aprenden a dejar su huella en la historia. Sin llevar prisa. Tanto fue el amor que el país le tuvo, que el mismo general que siendo presidente le había pedido exiliarse, lo mandó a llamar para rendir honores a su nombre. Su nombre no era más que Julio Flórez y sus pergaminos no eran más que sus poemas, pero uno y otros bastaron para que Colombia tuviera en sus penas la más bella de las glorias.
A ese mismo nombre le dieron arañas de oro, le hicieron canciones, títulos y honores, todo venido con mensaje de urgencia porque se percataron que estaban perdiendo a un grande. Ese grande tiene para siempre su casa en Usiacurí, una casa museo en su honor, una de las joyas culturales del Atlántico. Esa casa es el más hermoso ejemplo de grandeza del poeta, que no vivió distinto a la gente del pueblo Usiacurí, sino con ellos y como ellos, bajo un techo de paja, abrazado por el follaje y la fauna silvestre, arrullado por el sonoro mar, recordado para siempre por sus letras.
Siempre hace falta volver a Usiacurí, su belleza se puede sentir en cada una de sus colinas, en sus calles de piedra, en la voz que lleva la brisa y que trae la gente, cuando llenos de amor otoñal o juvenil suspiran algunos de los versos inmortales de su hijo más ilustre, el hombre que supo cantar para la posteridad. Julio Flórez.
A mis críticos
Si supiérais con qué piedad os miro
y cómo os compadezco en esta hora.
En medio de la paz de mi retiro
mi lira es más fecunda y más sonora.
Si con ello un pesar mayor os causo
y el dedo pongo en vuestra llaga viva,
sabed que nunca me importó el aplauso
ni nunca me ha importado la diatriba.
¿A qué dar tanto pábulo a la pena
que os produce una lírica victoria?
Ya la posteridad, grave y serena,
al separar el oro de la escoria
dirá cuando termine la faena,
quien mereció el olvido y quien la gloria.
(Julio Flórez)