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Una luz en mi mochila

Por Jorge Sarmiento Figueroa

Su nombre es Neivia, que en lengua arhuaca significa luz. La conocí cuando yo salía de una velada dominical de poetas en un parque de Barranquilla.
Nos cruzamos en uno de los senderos, se veía luminosa, ataviada con su vestido tradicional de entero blanco, fajón negro, mochila terciada y collares de semillas.
Hacía unos minutos me había enterado de que una comunidad indígena estaba allí vendiendo y ofreciendo degustación de un café orgánico elaborado en la Sierra Nevada de Santa Marta por la comunidad arhuaca ikü, a la que Neivia pertenece. Por eso cuando la vi le pregunté por el café.
Miró con atención mi mochila, luego me respondió: “Ya no tengo café hecho para darte a probar, pero mañana estaré aquí de nuevo, o puedo llevarte a domicilio una bolsa de U’mūke, nuestro producto”. Me sorprendió que me dijera que ella misma me lo llevaría, así que la cité para el día siguiente, deseoso de conversar con alguien perteneciente a la comunidad arahuaca, de la que tengo entrañables amistades. Intuí que ella estaba intrigada por saber cómo yo había adquirido esa mochila cuyo diseño no suele ser de los que se tejen para la venta.
“Me gusta tu mochila”, me confirmó antes de seguir cada cual su camino, le respondí con sencillez “duni”, que en su lengua significa ‘gracias’, ella me miró sonriente y me dio el correspondiente «eygwandy», que significa ‘con gusto’.

Puertas que se abren
No pudo venir a mi casa al día siguiente, pero el martes a las 8:30 a.m. llegó. Lucía de nuevo su impecable vestido blanco y la segura actitud de persona que se sabe joven, fuerte, libre, arrolladora.
Conocernos esa mañana fue como abrir muchas puertas de nuestras vidas, preparamos juntos el desayuno y el almuerzo, nos sentamos a charlar en un parque cercano, yo aprendí de sus historias y ella no se sació de preguntarme todo lo que pudo sobre mi vida. Por supuesto, le conté cómo fue que la mochila llegó a mí, regalo de Ángel, descendiente de mamos y nieto de la inolvidable Itinsana, que en arhuaco significa flor.
Neivia me contó de su vida en comunidad, de sus estudios no acabados en enfermería, de sus sueños por crecer como líder a partir del intercambio de productos de la Sierra, de su visión del mundo, de la responsabilidad de ‘los hermanos mayores’ con relación a la vida y de la torpeza egoísta de quienes para ellos somos ‘los hermanos menores’, de cómo esta ciudad, por ejemplo, le parece demasiado cemento que ahoga a la naturaleza. “En Valledupar al menos a cada casa que se construya se le pide que siembre un árbol”, me contó.
Vio mi libro ‘Mi último refugio’ en la biblioteca de casa y lo devoró en un santiamén. También empezó a leer allí mismo Momo, de Michael Ende. Cuando ya casi se marchaba, me preguntó que cuál creía yo que es su misión en la vida. Sentí en su pregunta una confianza que me honra, esa joven de raíces ancestrales me estaba pidiendo la mayor de las opiniones que se me pueden pedir como persona. “Ya la estás cumpliendo”, le dije, y añadí: “traes de tu mundo la miel, el café, las historias y los mensajes hechos con manos llenas de gratitud, para que en la ciudad recordemos el sentido incomparable de lo que nace y crece natural”.Neivia me miró con ojos de luz, dejando que yo me empapara de su verdad silenciosa por varios segundos. Entonces me dejó paralizado con una visión mucho más honda que todavía me lleva de la mano: “Yo vengo a hacer lo que hizo mi abuelo, Hugues Chaparro. A él los ‘hermanos menores’ lo mataron por defender la vida de nuestra comunidad, de la naturaleza. Yo seguiré haciéndolo”. Me sonrió como alma antigua que calma a un niño metiéndole un lucero en la mochila, y se fue.

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