Una historia de gratitud y memoria que revela el lado más humano del periodista William Vargas Martínez, recordado por su generosidad con las nuevas generaciones de comunicadores.
Por Fausto Pérez Villarreal
La noticia de la muerte de William Vargas Martínez ensombrece y entristece el ámbito de las comunicaciones del Caribe colombiano. En lo personal, me sacude el alma, porque de él guardo una gratitud perdurable, de esas que el tiempo no logra erosionar. Fue un periodista admirable, de pulso firme y olfato fino, pero, por sobre todas las cosas, fue un ser humano excepcional, a quien tuve la inmensa fortuna de conocer cuando yo apenas ensayaba mis primeros y temblorosos pasos en este apasionante oficio.
Corría el año 1982. William trabajaba entonces en la emblemática emisora La Voz de la Patria, cuya sede se ubicaba en la calle 44, entre las carreras 44 y 45. Yo llegaba tímidamente hasta aquellos estudios con mis artículos incipientes bajo el brazo, con el único propósito de entregárselos al gran maestro Chelo De Castro C. En esos pasillos, entre el afán de las noticias y el calor de la redacción, nació nuestro trato. Desde el primer día, germinó en mí una profunda admiración por su calidad profesional y su calidez humana. En los rincones de esa estación radial conocí también, por aquellos mismos días, al maestro Tomás Barraza Manotas, a Jorge ‘La Hormiga’ Barraza, a Toño Gil, a Alfonso Ospina y a quienes, con el tiempo, llegarían a ser mis entrañables amigos: Roberto Llanos y José López Ebratt.
En el primer semestre de 1985, Barranquilla se sacudió con una visita ilustre: la llegada del legendario boxeador panameño Roberto Durán, el inolvidable ‘Mano de Piedra’. El excampeón del mundo se hospedaba en el Hotel Génova, situado justo en diagonal a La Voz de la Patria, donde William continuaba vinculado a la estación de ‘la tonalidad perfecta’.
Al enterarme de que el mito del boxeo caminaba por nuestras calles, me propuse una meta quijotesca: tenía que entrevistarlo. Yo era apenas un estudiante de primer semestre de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Autónoma del Caribe y, movido por el entusiasmo desbordado y la osadía de aquellos años juveniles, decidí ausentarme de clases para cazar la exclusiva.
Sin embargo, las ganas chocaban con la precariedad. Antes de cruzar la calle hacia el hotel, pasé por los estudios de la emisora para buscar el consejo y la complicidad de William. Le confesé mi plan de abordar a Durán, pero le admití, con cierta vergüenza, que no tenía una grabadora. William no lo pensó dos veces. Sin vacilar, con la naturalidad de los grandes que no guardan egoísmos, abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó una pequeña grabadora de casete —de esas joyas de batalla que utilizaban los reporteros de la época— y me la puso en las manos.
Aquel gesto, que para muchos podría parecer sencillo o rutinario, significó el mundo entero para un muchacho que buscaba su lugar en el periodismo. Era la confianza de un profesional respaldando el sueño de un novato.
Armado con esa grabadora prestada, crucé al Hotel Génova. Para mi sorpresa, encontré al mismísimo ‘Mano de Piedra’ sentado informalmente en el bordillo de enfrente, charlando con dos de sus acompañantes panameños. Con el corazón a mil, me acerqué y le mostré un artículo que yo había publicado sobre él en El Heraldo Deportivo, escrito tras su amarga derrota ante Tommy Hearns. La nota estaba ilustrada con una foto impactante de Durán sobre la lona.
El campeón miró el recorte, sonrió de medio lado y me dijo, con su particular acento, que le gustaba la nota, que estaba bonita, pero de inmediato me reprochó la imagen con una queja de orgullo herido:
—Oye, ¿por qué no utilizaste otra foto?
Con respeto y el corazón en la mano, le respondí que mi padre lo idolatraba y que en mi casa lo amábamos. Esa confesión rompió cualquier distancia. Hablé largo y tendido con Durán, quien, con una generosidad impensable, me concedió una entrevista extensa y profunda.
Minutos más tarde, con las piernas temblando de la emoción y sintiéndome el dueño del mundo, regresé corriendo a la emisora. Le entregué la cinta a William y él, en un nuevo acto de inmensa deferencia y respeto por mi trabajo, difundió la entrevista completa al aire, a través de los micrófonos de La Voz de la Patria.
Cada vez que la memoria me devuelve a ese episodio de mi juventud, no solo evoco la creciente adrenalina de haber conversado con una leyenda del boxeo mundial. Evoco, por encima de todo, la figura noble y generosa de William Vargas Martínez, el periodista que nunca olvidó lo difícil que es empezar y que siempre estuvo dispuesto a tender la mano y prestar sus herramientas a quienes comenzábamos a recorrer los intrincados caminos del oficio.
Buen viaje, maestro William. Tu grabadora sigue encendida en mi memoria y tu ejemplo de caballerosidad queda grabado en el dial de nuestros corazones. Gratitud eterna.