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Un voto por cada queja

Compartir el amor por la política, pero odiarse por tener preferencias electorales o ideologías, así es esta reflexión de Colombia.

Por Mariángela Mercado Salas

En el último año de colegio compartí el amor por el Derecho y la política con una buena amiga; o bueno, lo que uno puede creer que es una cosa y la otra a esa edad. Incluso nos peleábamos la Presidencia de la República  y no dudábamos de la posibilidad de alcanzarla.

Hoy en día mi amiga, con la que sigo conversando a diario y a la que admiro profundamente, es una exitosa abogada con varias especializaciones en su hoja de vida, catedrática de las mejores universidades del país, tiene un cargo público muy cercano a la Presidencia  y aunque creo que de eso ya desistió, es una de las pocas personas que conozco que ejercen el Derecho honesta y felizmente; tanto, que hace que me de nostalgia recordar aquel amor olvidado.

Una vez superada la fantasía y entrada en la realidad, me aparté del Derecho y de la política al punto de que mi cédula está sin estrenar y mi diploma y tarjeta profesional murieron sin nacer, no por desidia ni procastinación. El primero ha sido un acto de rebeldía intelectual que se ha visto reforzado a medida que veo las cualidades ausentes en quienes se suben al poder, y, la segunda, una medida preventiva para no verme obligada a ejercer el Derecho en una amenazante situación de desempleo.

No veo noticias, no leo diarios y terminé mi carrera hace muchos años,  así que lo más fresco que tengo en mi cerebro sobre ambas disciplinas fue lo expresado por Bobbio, Duverger, Pasquino, Marx, Heggel y Maquiavelo, entre otros, y creo que todos se levantarían de la tumba indignados si tan solo pudieran echarle un vistazo a lo que los colombianos llamamos política, democracia, capitalismo, socialismo y comunismo.

Por todo lo anterior no soy la persona más documentada para dar un concepto sobre la situación actual y por ello me abstengo de tocar estos temas. Además, considero que es más productivo a la humanidad escribir para el alma y tarea de locos tratar de hacer caer en cuenta a las personas del caos extraordinario en el que estamos asfixiándonos millones de colombianos en manos de unos pocos, escogidos por los mismos millones que están siendo aplastados. Pero como yo soy atrevida y no es que sea muy cuerda, lo intentaré en un solo párrafo.

Si por cada queja de un ciudadano tuviéramos un voto en blanco, las elecciones tendrían que repetirlas y cambiar todo el buffet de candidatos presidenciales ¡pero somos tan mediocres! que los ricos votan por los que los benefician inmediatamente, así eso represente un descalabro para el país; los de clase media por los que ilusamente creen que los van a beneficiar; los pobres por los que les pagan el voto, y los que tenemos las cosas claras, no votamos. Territorio idóneo para terminar como Venezuela o seguir como estamos, no se sabe qué es peor.

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