Conocí a Bruno desde una edad tierna. Solía pasearse por el campus universitario cecarense como perro por su casa.
Por: Óscar Flórez Támara
Frecuentaba las oficinas administrativas y husmeaba todos los salones de clase como si quisiera confirmar el desarrollo normal de las mismas. Nada le era indiferente en el acontecer universitario, y menos cuando de fiestas y cumpleaños se trataba. Los alumnos, igual que los docentes, lo querían por su forma de ser manso sin llegar a menso.
Su nobleza estaba equiparada a la identidad de no haber perdido la vida de perruno a pesar de habérsele operado para que no expusiera su vida en la travesía que hacía de la doble calzada para visitar a las perras que felizmente lo esperaban al otro lado de tan peligrosa vía. Siempre lo escuché ladrar en su propio idioma, sin cambiar su identidad de perro común y nuestro. No tenía pedigrí ni grandezas trasnochadas que a muchos perros les pesa como un desencuentro con ellos mismos cuando llegan del infierno a la gloria, me sorprendía esa inteligencia de sobrevivencia en el mundo de la academia, donde no es fácil llevar una vida tranquila de animal decente sin llenarse de rabias y perseguir y morder hasta su propia sombra.
Como a pocos, a Bruno le alcanzaba la vida para vivir la vida. Hacía siesta después del almuerzo en la facultad de Humanidades, y en una silla disfrutaba del aire acondicionado que bajaba el insoportable calor de mediodía en las horas pesadas y fatigantes. Se echaba a dormir con tranquilidad hasta recuperar las energías de las horas pasadas y ya perdidas. Se levantaba relajado y dispuesto a continuar la tarde haciendo el recorrido de siempre.
A Bruno lo mordió una serpiente de esas que se encuentran en los acantilados de CECAR. Así lo confirmó Yalena Polo Cumplido, docente que se encargaba del cuidado, aseo, merienda y alimentación diaria de éste. Los vigilantes lo recuerdan como un amigo inseparable en las noches solitarias. Su muerte estremeció por entero a toda la comunidad cecarense, saliendo la noticia del campus universitario hasta llegar a los oídos de muchos egresados que compartieron la cercanía y el calor de este animal cuando fungían de alumnos en las diferentes facultades.
A Bruno nunca se le puso cadena ni bozal, era un privilegiado, porque supo ganarse el corazón y respeto de todos los estamentos universitarios, conservando el don de la naturaleza sin abrir su boca para ladrar a quien no estuviera en sintonía con su propio ladrido.
Fue enterrado en la parte trasera del Bienestar Universitario, donde goza de un altar que espera el epígrafe que diga: “Aquí se encuentra el perro que supo valorar el corazón humano en toda la dimensión de su complejidad”.