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Un adiós triste a Pepe Molina

Así como trascurrió su vida en  los últimos años, en la soledad, fue el reflejo de la escasa asistencia de amigos dándole él último adiós.

Por Francisco Figueroa Turcios

Pepe Molina, en el centro, junto a «La Cobra» Valdez y su esposa.

 

El primero en llegar a la funeraria Universal fue  Rubén «La Cobra» Valdés y su esposa Romelio Pineda. El ex-boxeador no ocultó su tristeza y no dejó de llorar en ningún instante, insistentemente atinaba a decir: «Papá, te me fuiste».

Rubén reconoce que Pepe Molina fue su padre, porque desde los doce años fue la persona que lo guió, no solamente en el mundo del boxeo, sino que encontró en él la mano amiga. Fue una mistad por más de 40 años. «Pepe no debió terminar de vivir los últimos años en el abandono, hasta llegar a la  indigencia. Fue un hombre de unas calidades humanas incomparables, muy servicial, pero de nada le sirvió. No quiso quedarse en Cartagena viviendo con nosotros, la enfermedad del Parkinson lo deprimió mucho por el estado de deterioro al que lo sometió», relata «La Cobra» Valdés.

En todas las conversaciones que sostenía, Pepe Molina siempre terminaban elogiando a Rubén Valdés, quien disputó el titulo mundial ante Wilfrido Gómez.

Una anécdota que jamás olvida «La Cobra» Valdés, al lado de su mentor José «Pepe» Molina, fue cuando sostuvo la pelea en Cartagena el 22 de mayo de 1978 contra el mexicano Tarcisio Gómez.

«El mexicano me estaba dando una monda. Cuando terminó el quinto asalto, Pepe me dijo: ‘pégale un golpe abajo’. Le pregunté todo ingenuo y él me gritó: ‘¡en los huevos!, y luego le metes un gancho en la cara’. Sonó la campana para el sexto asalto, y cumplí al pie de la letra la indicaciones de Pepe, y tiré a la lona al mexicano… el arbitro comenzó el conteo…1, 2… y de pronto se detuvo y dijo: ‘2 por 5 igual a 10’, final del combate. No sé como hizo Pepe, pero en fracciones de segundo arregló la pelea y me salvó de cipote paliza y gané por nocaut técnico».

Luisa Mora, directora del Hogar de Paso del Distrito, en los dos meses que tuvo la oportunidad de tener a Pepe Molina en ese Centro Geriátrico reconoce que «lo invadía la nostalgia y lloraba mucho porque se sentía solo», por eso también estuvo acompañándolo en la funeraria porque presentía que lo mismo le ocurría después de muerto.

Pepe Molina, Sepelio

El féretro de José Miguel Molina Jiménez permaneció hasta las tres de la tarde en la funeraria Universal, aquí en Barranquilla. A esa hora lo trasladaron a su pueblo natal, Juan de Acosta, para darle cristiana sepultura.

Pepe Molina ingresó al Hogar de Paso del Distrito de Barranquilla gracias al apoyo del Sindicato de Trabajadores de la Música, Sintramucol, que dirige Omaira Borras, quien también estuvo acompañándolo en el viaje a su última morada.

«Pepe Molina encarna la historia triste de nuestros artistas, locutores y periodistas que terminan viviendo en la indigencia. A los músicos de la tercera edad nadie los contrata y una muestra elocuente es que ahora en los Carnavales las orquestas foráneas se llevan el dinero, y a los nuestros no se les tiene en cuenta. Y lo peor es que los empresarios no le pagan a Sintramucol el impuesto que nos corresponde por ley. En los últimos años es que la Fundación Carnaval nos hace los aportes, aunque atrasados», reconoce Omaira Borras.

Maruja lo quedó esperando

Desde hace 20 años Pepe Molina almuerza en el restaurante Maruja, ubicado en la carrera 46 con calle 43. Todos los días a las doce y treinta estaba puntual, inclusive ahora que estaba en el Hogar de Paso del Distrito.

«Me extrañé, porque Pepe no vino a almorzar el fin de semana. Hoy lunes cuando veo los medios me encuentro con la triste noticia de su muerte». Maruja Bernal, propietaria del restaurante, no ocultó su tristeza y comenzó a llorar.

Como el parkinson fue deteriorando a Pepe rápidamente, Maruja se las ingeniaba para que pudiera comer sin dificultad: «le colaba las sopas para que se las pudiera tomar con pitillo y la carne se partía en pedazos pequeños. Muchas veces almorzando se ponía a llorar porque no podía sostener nada con las manos, por el temblor. Él me confesó que allá en el Hogar de Paso se sentía bien, pero venía a almorzar aquí porque allá les daban muy poquito, y además le daba pena porque derramaba la comida en la mesa, por su temblor en las manos». Maruja Bernal es una santadereana que apreció mucho a Pepe Molina.

«No voy a su sepelio, para hacerme la idea que no ha muerto, y así todos los días a las doce y treinta guardo por su llegada a mi restaurante para que tome los alimentos», terminó su relato Maruja, con los ojos rojos de tanto llorar desde que conoció la noticia de la muerte de Pepe Molina.

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