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Trump vs.Hillary, solo faltaron los guantes

El surrealismo de Trump: golpeado, magullado y furioso, el candidato Republicano es más impredecible que nunca. 

Por Chachareros/John Danges/Caretas

En estos momentos oscuros y humillantes de la política norteamericana, hay algo que da para optimismo en cuanto a la fortaleza de la democracia: un periodismo agresivo que ha transparentado lo que los candidatos han tratado de mantener secreto.

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En vez de micrófonos, a Trump debieron ponerle unos guantes, claro, y a Hillary también. Para que intentara defenderse.

Las revelaciones crearon la base de la confrontación del domingo, oficialmente llamado un “debate” frente a un grupo de ciudadanos comunes, que quedaron prácticamente mudos, tal vez asombrados frente a las olas de ataques personales.

La abierta hostilidad se mostró desde la entrada en escena de los candidatos en un auditorio de la Washington University de St. Louis, Missouri. No se dieron la mano, pero sí se miraron a los ojos, un gesto que se iba a repetir, con frialdad y fuerza durante la sesión de 95 minutos. Donald Trump, macizo y alto; Hillary Clinton, baja pero con fuego en los ojos, enfrentados sin ceder un centímetro.

El periodista del Washington Post, David Farenhold, golpeó el viernes 7 (dos días antes del controversial debate), con la grabación de Trump, en que se jactaba entre risas de aprovechar de su celebridad para toquetear a las mujeres, hasta de agarrarles por los genitales. Fue una grabación que la NBC había descubierto en sus archivos, pero cuyos ejecutivos demoraron en transmitir, hasta que se la filtró al Post. Empezó una estampida de Republicanos prominentes, retirando de Trump su apoyo y en muchos casos exigiendo su retirada de la candidatura. Hasta su camarada de lista Mike Pence canceló sus eventos públicos durante el fin de semana para no tener que defender a Trump.

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La mirada de odio y el rostro siempre adusto de Trump fue lo predominante durante todo el espacio televisivo el domingo.

Los que esperaron de Trump una disculpa sincera, desde el corazón, o algún signo de humildad en la confesión de error, quedaron desilusionados. Trump envolvió unas pocas palabras de remordimiento con una ofensiva de insultos de los más fuertes de una campaña. De Hillary, dijo que era “mentirosa,” “el diablo” y que tenía odio en su corazón. Acusó al ex presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, de “violador” y que las “solo palabras” de la grabación de Trump son poco al lado de los asaltos criminales del expresidente.

Hillary Clinton eligió no entrar en los sórdidos detalles de la grabación, e ignoró los ataques a su marido. Rechazó la explicación de Trump de que sus dichos eran palabrería de hombres de años atrás.

“Él no pide disculpa de nada a nadie,” dijo Clinton, y recitó una lista de personas y grupos blancos de los ataques e insultos de Trump en el pasado: mujeres, mexicanos, personas discapacitadas, la familia musulmana cuyo hijo había muerto en Iraq, entre otros.

Sí, esto es quien es Donald Trump”, dijo. “La pregunta para nosotros, la pregunta que el país debe contestar es, es que ¿esto no es quiénes somos nosotros?”.

El otro golpe periodístico de la campaña fue la filtración al New York Times de informes de impuestos de candidato, que Trump ha rehusado a hacer público. En el debate, frente a preguntas insistentes del moderador Anderson Cooper, de CNN, Trump reconoció que se estaba aprovechando de grandes declaraciones de pérdidas—casi un billón de dólares en el año 1995 para no pagar impuestos federales. Según cálculos del New York Times, la declaración de pérdidas de 1995 hubiera significado un ahorro de impuestos de $ 50 millones cada año durante 18 años– y que Trump hubiera podido ganar hasta $ 200 millones cada año sin pagar nada en impuestos federales. “Por supuesto, lo hago así”, dijo Trump.

El contrataque de Trump era criticar a la exsenadora Clinton de no haber cambiado las leyes de impuestos que permitían tan estrafalarias deducciones. “Ella nos ha dado esto”, dijo Trump. La obviedad que un solo senador no puede llevar toda la responsabilidad de las falencias en las leyes de impuestos fue anotado después del debate por los chequeadores de hechos.

Trump caminó por el escenario con cara de furioso, mientras Clinton contestaba las pocas preguntas que alcanzaron a poner los ciudadanos. Interrumpió agresivamente a Clinton, aunque Clinton evitaba hacer lo mismo. Y Trump también golpeó a los puntos débiles de Clinton—la revelación en otro golpe periodístico de algunos discursos de Clinton a financistas de Wall Street, en que Clinton aparentaba tener una postura política para ellos y otra para el público.

Casi ausente era cualquier intercambio serio sobre políticas públicas, a pesar de los esfuerzos de Clinton de dirigir la atención a sus planes para aumentar los impuestos a los más ricos, mientras acusaba a Trump de plantear bajas en los niveles de impuestos para el beneficio de empresarios como él.

Sin embargo, cualquier descripción de los temas y citas de los participantes no puede capturar ni el surrealismo del evento ni la personalidad sobredimensionada de Trump. No era un debate político como tantos otros en campañas anteriores, en que políticos compitieron a base de sus programas, trayectorias e ideologías. Hillary Clinton estaría perfectamente acomodada en ese contexto. Trump, en cambio, tiene éxito y atrae a sus seguidores más fervientes justamente con explotar las reglas de juego de la política “normal”.

Como si fuera poco los insultos hasta ahora, Trump sobrepasó a sí mismo, con una amenaza que nunca en la historia se ha escuchado de un político para la Presidencia de Estados Unidos. “Cuando llegue a la Presidencia”, dijo, va a ordenar que el departamento de Justicia monte una investigación especial para investigar a Hillary. “Qué bueno que alguien con el temperamento de Donald Trump no está a cargo de la ley en nuestro país,” respondía Clinton.

“Porque Ud. estaría en la cárcel,” interpuso Trump.

Después del debate, el analista político Dan Balz del Washington Post resumió el momento:

“Trump es un candidato golpeado, magullado y furioso y por lo tanto más impredecible que nunca”.

(*) Periodista norteamericano, autor de “Operación Cóndor” y catedrático de periodismo de la Universidad de Columbia, EU.

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