Recientemente, conversando con uno de los padres de Mompox, me compartía que a esta ciudad turística llegó una ciudadana de origen asiático que fue objeto de prejuicios y algún rechazo, muy a pesar de que no venía de China, sino por solo tener rasgos físicos pertenecientes a la cultura oriental.
Por: Padre Rafael Castillo Torres

Están de manifiesto y al desnudo nuestra vulnerabilidad, nuestra condición de “homus ex luto”, nuestras fragilidades y algo mucho más serio y dañino: el divorcio total entre las redes sociales, los medios de comunicación y el amor a la verdad que nos hace libres y responsables. Todo indica que no solo habrá que buscar una vacuna para el virus sino también para el pánico. Lo que estamos enfrentando no es solo la prevención de una profunda crisis en la salud pública de nuestra ciudad, sino también una crisis de información.
En la historia de la humanidad siempre hemos tenido pestes y epidemias y más recientemente el sida y el ébola. Amén de la gripa H1N1, del chikungunya y el zika. Lastimosamente de todas estas experiencias más que una esperanza resiliente nos queda el miedo y nuestra incapacidad para tomar distancia.
Frente a esta situación los cristianos estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe. Debemos acoger las disposiciones de las autoridades; adoptar las medidas de higiene que son pertinentes y seguir las orientaciones de la Iglesia, aunque ello suponga orar en silencio y expresar nuestro saludo afectuoso con una leve inclinación de cabeza.
Igualmente debemos buscar la información veraz confiando en los profesionales de la salud; fomentando un buen espíritu para que las autoridades responsables acierten en las medidas que han de tomar y acompañar al papa Francisco con esta oración: “Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos, que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación del pueblo romano, sabes de qué tenemos necesidad y estamos seguros que proveerás, para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba. Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos y ha cargado nuestros dolores para conducirnos, a través de la cruz, a la alegría de la resurrección”. Amén.
Confiemos en que una ciudad como Cartagena, que, en tiempos muy difíciles, supo ser heroica frente al sitio de Morillo, también lo será hoy, porque esta pandemia, aquí, la vamos a controlar colaborando todos.
Padre Rafael Castillo Torres: *Vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Cartagena.
