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Suenan fuerte las nuevas voces del bullerengue

Por Jennifer Cabana

Alrededor de Colombia, varios jóvenes hacen honor a la ancestralidad manteniendo viva la tradición del bullerengue, uno de los ritmos más sentidos y representativos del folclor afrocolombiano. Febe Merab y Mathieu Ruz, desde Barranquilla, y Diana Ramírez, desde Bucaramanga, cantan, componen y llevan en alto la bandera de este género.

Tonada de Barranquilla, es uno de los grupos de bullerengue más referenciados en la actualidad.

Es la más tímida de las integrantes de Tonada, o por lo menos eso dice. Difícil creerle, porque cuando abre la boca, sale de si un canto que lo abraza todo y que levanta hasta los oídos más exigentes. Tanta es su potencia que en ruedas de bullerengue no hace falta el micrófono y su voz se eleva entre los golpes del tambolero, la tambora, las palmas y coros que la acompañan en su canción.

Aun así, pasaron muchos años antes de que Febe Merab se considerara a sí misma cantadora con la seguridad que solo regala el tiempo.

Antes de que comenzara la pandemia, Febe Merab llevó el bullerengue a millones de hogares en toda Colombia a través de su reciente participación en A Otro Nivel, concurso de talentos emitido a través de la televisión nacional.

Hoy día, es referente entre las voces jóvenes del bullerengue, ritmo tradicional y dancístico representativo de Colombia y su pueblo negro. El baile cantado que más territorios abarca en el país, pasando por la Costa Caribe y sus pueblos costeros, las faldas de Los Montes de María hasta llegar al Urabá, Antioqueño. Por lo general, lo interpretan 6 o más personas en una rueda. Voces unidas al tambor alegre, llamador, semillas, tablas y palmas para cantarle a la vida, la muerte, los diarios quehaceres y cualquier otro tema inherente al ser humano.

¡Ayer que lo tenía todo y hoy ya no tengo nada, es que la suerte está echada, es que la suerte está echada!…

Escuche aquí: La suerte está echada

Así dice una de las 30 composiciones que Febe le ha dedicado a su bullerengue querido, ese que canta y baila desde hace 17 de sus 30 años.

Justo antes de que llegara con fuerza el coronavirus, alcanzó a interpretar el género ante la mirada de millones de colombianos, gracias a su participación en un concurso de talentos exhibido en televisión nacional.

Poco a poco, ha ido cumpliendo con una de sus más grandes misiones: ser embajadora del ritmo que heredó de sus ancestros.

Tanto camino he vivido, sendero roto he cogido, pero mi vida no acaba.

“Cantar es ser yo plenamente, es recuperar la identidad que de cierta manera nos han quitado como afrodescendientes. Ese orgullo y plenitud solo la he podido encontrar en el bullerengue”, afirma la barranquillera. Ella es una de 10 jóvenes que integran Tonada, grupo referente del ritmo en la capital del Atlántico. Son algunas de las voces actuales que -sin reemplazar- llenan el vacío de las y los cantadores mayores que inevitablemente se van. Como Etelvina ‘La Telvo’ Maldonado y Eulalia ‘Yaya’ González, dos mujeres que dejaron un legado inconmensurable para esta y futuras generaciones.

Con los relevos de la juventud llegan cambios en el bullerengue, que, como cualquier otro género musical, evoluciona para sobrevivir en el tiempo.

“El bullerengue se convirtió en nuestro estilo y proyecto de vida. Investigamos y empezamos a ir a todos los festivales, a interactuar con los maestros y a hacer amigos bullerengueros, que significó ser aceptados, porque éramos visto como un grupo de ciudad. Nos decían que cantábamos como ópera. Se referían al hecho de que hacíamos voces, coros más afinados”, explica.

Febe Merab, foto: Daniel Reyes.

Como Febe, la mayoría de los integrantes de Tonada estudió música y técnica vocal por lo que su sonido al cantar es distinto a los coros que se hacen desde el campo, lejos del bullicio de la urbe. Vivir en una capital aporta nuevas composiciones, eso sí, manteniendo los parámetros de la tradición.

Las letras de las canciones de bullerengue son sencillas y hablan del diario vivir, de lavar la ropa, de la bola de jabón, del maíz o de la mazamorra, por nombrar unos ejemplos. “El carácter repetitivo que tienen estas canciones, responsoriales, vienen siendo como un mantra que permite que la gente sienta cierta libertad cuando está cantando”, asegura Febe.

Durante la pandemia, se ha dedicado a componer y a grabar. En octubre, lanzó un sencillo de cuatro canciones inspiradas en el amor por su hijo Thiago Steffano. Acompañada por varios miembros de Tonada, Febe canta con sentimiento característico. En sus temas más recientes incluye un cello que agudiza la melancolía que producen las voces y los tambores del bullerengue sentao.

Escucha aquí: Bullerengue bonito

A Mathieu Ruz le preguntan si se tragó una cantadora viejita, por su forma particular de cantar.

Tengo mi mata de ruda, tengo mi mata de ruda, yerbabuena y manzanilla, pero la que yo más quiero ombe, Mata de Azahar de la India. Ooooye mi mata ombe…

Escuche aquí: Mata de Azahar de la India

La lírica y el canto son de un joven delgado y de piel canela, 1’73 metros de altura, mirada coqueta.  Parece que se hubiera “tragado una viejita cantadora”. Así le dicen los bullerengueros mayores a Mathieu Ruz, barranquillero de 32 años y otro de los integrantes de Tonada.

“No soy solo yo quien está cantando, sino también las personas que me enseñaron, mis ancestros. Creo que tiene que haber algún cantador en mi árbol genealógico y de pronto uno de esos viejitos o viejitas está actuando dentro de mí”, asegura.

Las estrofas escritas sobre la mata de Azahar de la India, son un homenaje a su abuela Venecia. La mayoría de los bullerengues que compone son para las personas importantes en su vida. “Virgen de los remedios es para mi abuelo; Llora el bullerengue para la cantadora Sabina Escudero; Sírveme el café Pabla, para mi maestra Pabla Flóres ‘La Payi’; Guíndame la Hamaca, para un gran amigo, Cristian Marsiglia”, explica Mathieu.

Mathieu Ruz, foto: Daniel Reyes.

“Al momento de cantar y bailar bullerengue, lo único que veo es el tambor. Es como si no existiera el tiempo ni el espacio, como si no existiera un caldero de arroz en la estufa que se va a quemar. Se me olvida todo cuando voy a bullerenguear, hasta llamar a mi madre”, bromea.

En él se destaca su lereo– los juegos de le le las o le le les que utilizan los cantadores para expresar sentimiento en las canciones de bullerengue. Su vibrato es innato, pues en lugar de técnica vocal o música estudió lenguas.

‘Lamento’, tema lanzado por la agrupación durante la pandemia en este 2020, es una oda al lereo. Mathieu hace la voz principal.

Escuche aquí: Lamento

En la actualidad, Tonada cuenta con dos discos: Mi Tonada, proyecto ganador del portafolio de estímulos de Barranquilla y Rueda de Bullerengue 2, bajo el sello Names You Can Trust de Nueva York.  Todas las canciones son composiciones propias; una contribución destacable para el acervo bullerenguero.

Diana Ramírez, voz líder de Punta Candela. Foto: Rafael Bossio

Escuche aquí: Dile a la Maldonado

Diana Patricia Ramírez, de Puerto Escondido Córdoba, es otra de las voces que hace parte de la nueva generación del bullerengue.

La cantadora de 38 años creó el grupo Punta Candela, basado en Bucaramanga. Cuenta que, pese a que el ritmo no es original de esa región, uno de sus objetivos siempre ha sido llevarlo donde se encuentre. La agrupación, que comenzó en épocas universitarias, lleva ya 12 años de trayectoria y es integrado por bumangueses e hijos de la Costa Caribe.

Luis Ramírez, su padre, fue quien lideró el primer grupo infantil de bullerengue en Puerto Escondido ya que los mayores se estaban muriendo y había que continuar el legado.

“Yo no quería cantar, sino bailar”, confiesa Diana y recuerda cómo bailaban en el pueblo la danza de sus amores. “Cuando canto y bailo bullerengue, me puedo trasportar a un mundo que solo aparece en mi imaginación. Descansa mi alma de la vida cotidiana, es un refugio,” precisa Diana.

Punta Candela en el marco del Mercado Cultural del Caribe 2019, Cartagena de Indias. Foto: Rafael Bossio

Sergio Herrera, director de Punta Candela, y oriundo de Bucaramanga, es también un embajador del ritmo. “El bullerengue es una historia de resistencia que lleva más de 500 años en este continente pero que se remonta a una gran herencia africana. Se ha combinado con las letras colombianas, con las vivencias y es una música que hay que preservar, difundir”, comenta.

La agrupación conserva el formato tradicional de la música e innova en su forma de grabar. Su álbum, ‘El Tambor Vive’, producido en estudio profesional, es un regalo a la música con 12 canciones propias. Participan cantadores y músicos de Puerto Escondido, Chiriguaná, Barranquilla, Bucaramanga, Chigorodó -Urabá Antioqueño-, Bogotá, una colaboración loable que da fe de la hermandad entre los bullerengueros de la actualidad.

No es solo cantar, también hay que bailar bullerengue

Como bien lo expresó Diana, el bullerengue, se canta y se baila a la vez; es una conversación constante entre todos los partícipes de una rueda. Tradicionalmente, los hombres lucen sombreros anchos de paja, pantalón y camisa manga corta mientras que las mujeres llevan turbantes, blusas cuello de bandeja y polleras blancas o coloridas.

De los tres aires principales del bullerengue: sentado, chalupa y el fandango; el primero es tal vez el más representativo. Cuando empiezan los golpes de cuero, el hombre se acerca a una de las mujeres en la rueda, le muestra su sombrero o a veces la toma por la cadera para invitarla a bailar en el centro. Ambos realizan movimientos circulares y sensuales con la cadera.

Febe explica, “cuando la cantadora sube o hace sus agudos- hay cantos bajos, medios y altos- es como un climax y en ese momento el tambolero repica su tambor”.

Punta Candela, foto: Rafael Bossio.

El tambor, visto como un ser con vida, pelea con el bailador por la atención de la bailadora. En otras palabras, el instrumento se pone celoso. “El tamborero se hace sentir y llama a la bailadora. De lejos ella le pide que se calme con la mano, o, se acerca y lo soba. Hay bailadoras que incluso besan el tambor, encaraman un pie sobre él, miran al tamborero con coqueteo hasta que viene el bailador y la jala con el pie o con la mano para que salga a la rueda de nuevo”, detalla la cantadora. Luego otra pareja sale a bailar y los que acaban de danzar toman turno para hacer los coros. Y así, transcurren horas de gozo alrededor de esta música y estilo de vida.

En el bullerengue, se escuchan voces honestas, que comunican todo lo que no se puede expresar con la palabra escrita o hablada. Y, como si el canto fuera poco, el cuerpo de sus intérpretes se mueve a través de un lenguaje místico para complementar las tonadas, recordándole a la humanidad que hay muchas maneras de expresarse, de liberarse y de sanar.

*La reportería de este trabajo se desarrolló durante el Mercado Cultural del Caribe 2019, celebrado en Cartagena de Indias, en el marco del Gabo Fellowship organizado por la Fundación Gabo, igualmente en el transcurso de este 2020, incluyendo momentos del Carnaval de Barranquilla.

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