Sus habitantes hacen un conmovedor llamado: ya no les importa su suerte como adultos, solo piden que no dejen morir a sus niños de hambre.
Por: Melissa Ochoa, con apoyo de agencias internacionales
¿Cuántos días tienes sin comer? «Siete días», contesta un pequeño niño de la ciudad de Madaya a su entrevistador. «Lo juro», siete días. La misma pregunta es formulada a la madre de una esquelética niña que en medio de la ruina y el hambre que azota a su sitiada ciudad deja ver aún en su rostro la inocencia de la infancia, la infancia que se muere de un hambre absurda que es el siniestro banquete que las más infames de las guerras puede servirle en bandeja de plata a la muerte.
No importa si Assad nos mata, pero por favor ¡Salven a los niños de Madaya que han empezado a morir de hambre! Dice una de las pancartas que sostienen algunos hombres entre jóvenes y adultos, todos hombres, para pedir ayuda, a Alá, al Papa, al dios de los occidentales o de cualquiera que a través de una red social quiera y tenga tiempo para escuchar.
Así está el mundo hoy en día, después de haber vivido varios tipos de exterminio, después de haber sido testigo de las consecuencia de una bomba atómica como la que destruyó a Iroshima, o el desastre de Chernobyl que este año cumple su aniversario número 30, después de vivir una masacre en Rwanda en donde unos miles mataron a unos cuanto otros a punta de machete apenas a la vuelta de la esquina, de 1995 a 1998, después de saber cómo era que morían los niños judíos con pijamas de rallas durante la segunda guerra mundial en Alemania.
Todavía hoy, Korea del Norte hace pruebas de armas nucleares, todavía el alto gobierno colombiano se indigna porque se les pase la mano con plata para las víctimas del conflicto armado, pero no por que mantengan a sus crueles verdugos guerrilleros, en España a los voluntarios que viajan hasta Grecia para ayudar a los refugiados Sirios son tratados como criminales que solo quieren aprovechar la ocasión para traficar personas, mientras esas personas que no importan a nadie, hoy en día, en pleno siglo XXI, mueren de hambre en toda Siria.
Hoy en día, la única ayuda que pide el pueblo Sirio es que, sin importar que Alá o Dios los escuche, es que sus niños sean rescatados, porque ya comienzan a morir de hambre. Sin mucho que poder decir al respecto, las imágenes hablan por sí solas.
Algunos medios de comunicación internacionales intentan dar a conocer la realidad inmediata que se vive en este país, pero las respuesta de socorro son escasas.
Una madre siria, igual que cualquier otra madre del mundo, e igual que los niños de su nación que mueren en sus brazos, llora ante la impotencia de la situación que viven desde octubre del año pasado.
En esta época ya inicia el invierno, y son pocas las ocasiones que tienen para comer, algunas frutas silvestres que encuentran, e incluso insectos, son la dieta para la supervivencia que han debido adoptar sin queja alguna.