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Sincronicidad literaria

EL COMENTARIO DE ELIAS por Jorge Guebely 

Bella y lúcida anécdota de vida contó Julio Cortázar al poeta César Fernández Moreno quien, a su vez, me la compartió cuando yo escribía mi tesis doctoral sobre su poesía conversacional en La Sorbona. Según él, el escritor argentino sintió necesidad de escribir una novela capaz de romper el canon tradicional. Sin puerto fijo a donde llegar, escribió muchas escenas, múltiples diálogos, varias reflexiones filosóficas o artísticas… Trabajos literarios surgidos por impulsos intuitivos los que guardaba en sobres y sin ningún orden. Algunas veces intentó ordenarlos sin alcanzar jamás el orden ideal.

Al final, surgió el primer milagro: ante sus ojos descubrió una novela completa aun cuando en desorden, producto de una escritura apasionada sin escuchar su inteligencia racional. Todo le subía desde los bajos fondos de la subconsciencia a través de su inteligencia emocional

Dudas tuvo del éxito de su composición novelística cuando llevó el manuscrito ante su editor, pues el orden lineal de lectura estaba completamente fragmentado como un espejo quebrado. Surgió entonces el segundo milagro literario: ese desorden para la razón humana correspondía al orden regular de la vida en cada persona, el mandato secreto de los dioses. 

Nunca los acontecimientos importantes y vitales durante la existencia se pueden cotejar mentalmente en forma lineal, pues son ajenos e imprevisibles. Torpe intentar calcularlos y ordenarlos porque la vida ni se piensa ni se calcula, simplemente se vive.

Así surgió esa bellísima novela llamada “Rayuela”, título emparentado con un juego infantil cuyo objetivo final consiste en alcanzar el cielo a través de pequeños saltos al azar. Inicialmente intentó llamarse “Mandala”, laberinto graficado de la vida donde un individuo busca su centro para superar el caos. Laberinto de los días por donde se desplazan las personas guiadas por una fuerza superior buscando su esquivo absoluto.

Así vagabundeaba sin rumbo Horacio Oliveira, personaje principal, por la Paris de entonces. Unas veces, por el boulevard Saint-Michel; otras, por las secretas y estrechas callejuelas del Barrio Latino. Buscaba sin saberlo encontrarse, por azar o mandato del Universo, con La Maga, su complemento femenino.

En bella reflexión, Horacio rememoraría aquel encuentro casual en este formato lingüístico: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Vagabundeo de dos personajes por el laberinto de la existencia, sin planes ni horarios prefabricados, pero destinados a encontrarse en alguna esquina del cualquier día.

Sincronicidad lo había llamado Jung, acontecimientos casuales planeados por el azar antes del encuentro con profunda significación para los dos. La forma más sensata y lúdica, diría yo, de rimar con el ritmo silencioso e inalterable del Universo.

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