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Si fuésemos una ciudad

Por Soledad Leal – Chacharera [caption id="attachment_24017" align="alignleft" width="165"]Soledad Leal. Periodista,  Coordinadora de Posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Autónoma del Caribe. Soledad Leal. Periodista, Coordinadora de Posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Autónoma del Caribe.[/caption]

Si fuésemos una ciudad no creeríamos que unas rutas de buses articulados que no cubren ni el 30% de los principales recorridos viales -¡¡y que se paralizan cuando llueve!!- constituyen un transporte tipo metro. Es apenas la “cuota inicial” de un sistema integral de transporte, quién sabe para cuándo.

Si fuésemos una ciudad, no creeríamos que estamos “recuperando” los “parques” ninguno de los cuales llega ni siquiera a media hectárea, ni tiene las características para ser clasificado como tal. A lo mucho tenemos zonas públicas residuales, parte del amoblamiento urbano, boulevares, zonas de retiro… ¿Parques? ¿arborizados?¿cuáles? ¿En dónde nos sentamos –sin tener que pagar- a escapar del calor agobiante de este clima seco tropical?

Si fuésemos una ciudad estaríamos pensando en cómo responder a corto plazo a la demanda de nuevos sistemas viales ante el creciente y acelerado parque automotor privado de la ciudad. ¿Dónde está una solución vial, un viaducto, un paso elevado que nos descongestione los cruces? ¿A dónde se fueron las “vías rápidas”?

Si fuésemos una ciudad, estaríamos regulando la actividad constructora vertical que se empeña en seguir vendiendo edificios cada vez más altos, sin que tengamos calles ni vías de acceso realmente nuevas y distintas a las de hace 20 años. ¿Y los parqueaderos?¿y los accesos? No hay que ser planificador, ingeniero, ni arquitecto urbanista, para saber que en muy poco tiempo el norte de la ciudad va a colapsar sino se toman prontas medidas.

Si fuésemos una ciudad, pensaríamos en las entradas, en las carreteras y aeropuertos que nos conectan nacional y hasta internacionalmente. Y no tendríamos el deplorable paisaje de llegada, sucio, congestionado, lleno de huecos, que hace inevitable sentirse apenado cuando tratamos –inútilmente- de mostrarle orgullosos al turista la “urbe” que empieza empieza a ver.

Por supuesto que hay signos esperanzadores que nos hacen pensar que estamos despegando, en vías de pasar de pueblo grande a ciudad: Volver la mirada al Río con el proyecto de la Avenida del Río y su malecón; la recuperación lenta del Centro Histórico; la reordenación urbana que va tan tímidamente; y la canalización –a paso de tortuga- de algunos de los principales arroyos, constituyen una nueva visión, más amplia, ambiciosa, propia de un proyecto de ciudad, y no de una población acostumbrada a resolver “provisionalmente” sus problemas estructurales.

[caption id="attachment_24522" align="aligncenter" width="680"] Miami Beach.[/caption]

Pero el hecho, el signo tozudo, que nos baja de la nube al creernos una gran ciudad, es que todo esto que se está haciendo ahora lo visionaron los señores de la Misión Japonesa hace más de 25 años, cuando nos trazaron un proyecto de ciudad, que evidentemente nos quedó muy grande para ese momento, y que se ha tomado un cuarto de siglo para empezar a entenderlo.  Porque nos ha tomado todo este tiempo asimilar que si no pensamos nuestro desarrollo a partir de nuestra propia geografía, de nuestra propia identidad regional, sin pretender parecernos tanto a un Miami vergonzante, continuaremos haciendo parches y remiendos propios de un pueblo grande con pretensiones de ciudad.

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