El perdón pedido por un poderoso suele ser individual, para preservar la institución y maquillar la democracia.
Por Jorge Guebely
Obedecer las leyes del Estado o las del Universo era el dilema de Antígona en Sófocles. Entre lo humano y lo estatal se debatía su conciencia. Optó por lo natural, abjuró de lo artificial, y el Estado no la perdonó. Encontró la muerte porque el perdón en manos de la política es un relato de poder. “El perdón es atributo de los fuertes”, afirmaba Gandhi. Otra estrategia de sometimiento, afirmo yo.
El poderoso Creonte tenía la potestad de perdonar a Antígona si se sometía a las leyes de la Ciudad. Pero ella no tenía a quien perdonar a pesar de ser ultrajada, carecía de victimarios, la Institución tiene derecho a victimizar. Los débiles no perdonan, sólo piden perdón. Prevalecen las razones de Estado, no las humanas. Contrario a Antígona, Galileo aceptó los argumentos erróneos de la Inquisición para salvar su vida. Sin embargo, hoy la tierra sigue girando alrededor del sol.
Los poderosos nunca piden perdón. Nunca lo hizo el Estado español por sus atrocidades contra los indígenas del nuevo mundo. Tampoco los ingleses. Ni el presidente Truman que ordenó explotar dos bombas en Japón. Ni los banqueros que montaron el negocio de dos guerras mundiales y construyen la enorme miseria del mundo actual. Ni el judío Rokefeller que vendía el pesticida zyklon B para asesinar judíos alemanes. Ni los paramilitares colombianos por sus horrorosas masacres. Ni los presidentes, ni los políticos, ni los empresarios, que armaron a los paramilitares. El perdón pedido por un poderoso suele ser individual para preservar la institución y maquillar la democracia.
Y si las Farc piden perdón, se debe a su debilidad en la contienda armada. El triunfo les habría evitado semejante tarea de vencido; las venció la globalización, no el ejército nacional que también debería pedir perdón. Optaron por sobrevivir de la mejor manera. Lo contrario, le garantizaba la muerte en la soledad del monte. Por “lo contrario”, Giordano Bruno murió en la hoguera, por la terquedad de ver el sol como una estrella.
En cuestiones del Estado, es preferible el reconocimiento del otro, su inclusión, al perdón. Actitud de ver y escuchar con respeto para comprender con sensatez, que puede salvarnos de muchos errores futuros y de intensos dolores presentes. Fue Galileo, el más débil, quien iluminó la conciencia humana; no la Santa Inquisición, la más fuerte. Desde entonces, vemos al sol girando alrededor de la tierra. Desde entonces, nos liberamos de otra “verdad” del más fuerte, nos quitamos de encima la lápida de un sepulcro cultural.