Recuerdo que ese fue el título de una película que aún en blanco y negro en las pantallas de cine dio comienzo a la generación alocada de los años 50.
Por: Efraín Peñate Rodríguez
Protagonizada por Glenn Ford, Annie Francis, Vick Morrow y Sidney Poitier, el filme dramatiza a un profesor de un colegio público (Glen Ford), complicado en medio de jóvenes indisciplinados, inmorales y dominados por un compañero, potencial delincuente juvenil. El profesor busca el modo de comprender y acercarse a los jóvenes para reinsertarlos en el sistema educativo. Cuando comienza a recibir amenazas telefónicas, sospecha de Gregory W. Miller, (Sidney Poitier) un estudiante Afroamericano. Luego descubre que sus sospechas eran infundadas.
El filme le abrió las puertas del éxito dentro del cine norteamericano a Sidney Poitier, un negro sudáfricano, inmigrante en tierras americanas por el lado de Las Bahamas, que pasó a ser figura estelarísima en el cine de USA. La industria del cine en USA era reacia a la participación de negros y por una orden del gobierno se abrió la aceptación y Poitier fue el primer negro exitoso en la fílmica de USA.
Poitier fue estampa visible en la generación de esa “semilla de maldad” engendrada en la rebelión juvenil de la película revoltosa del año 53. El rock “agarró cuerpo” y se difundió agreste y provocador en el continente, Perea fue la voz que destronó la tranquilidad y espíritu de disfrute con ocasión de los espectáculos del fútbol profesional en Colombia. De esa asonada del año 66 en la que trepidaba la masa desbocada generando daños a lo largo de la zona alta de Barranquilla, principalmente la naciente calle 72, comenzaron a replicarse en el resto del país, los escándalos, las amenazas, las pedreas.
Yo recuerdo que el fervor Juniorista que encontré cuando regresé en 1967 a incorporarme a la radio de mi tierra natal Barranquilla, era expresado con ritmo de cumbia, que sonaba en la tribuna de sombra encabezado por la “Barra Sabrosa” y en la tribuna popular de sol, era el “Secre” González quien comandaba con su familia (esposa e hijos), los cálidos domingos de fútbol desde las 10 de la mañana. Todos dentro del estadio, con ánimo alegre… espíritu divertido.
Pero se impuso la chabacanería. Fueron estimuladas otras barras para apoderarse del fervor de la tribuna y explotó la ordinariez, la vulgaridad… “el corito Celestial” y así se amplió el asomo de brutalidad, creándose barras “bravas”… “mientamadres”… Hoy son todos los estadios del país los que están contagiados de esa criminalidad, de la que se habitúa la masa a contar muertos y heridos, en refriegas de seguidores del visitante versus seguidores del local.
Hoy por hoy, un estadio de futbol en cualquier parte de nuestra Colombia, es un átomo de explosión violenta. Quedó sembrada esa “Semilla de Maldad” aquí en el estadio Municipal en 1966.
Y desde el ejercicio de nuestros gobiernos no hemos podido ser capaces de imitar a la primera Ministra de Inglaterra, Margaret Tratcher, que orientó un plan drástico encaminado a eliminar totalmente, incluso en toda Europa, la “semilla de maldad” engendrada a lo mejor por aquel Negro “Bomba” (German Cuenca) que en 1964 en el estadio de Lima ingresó a la cancha a “masacrar” al árbitro Angel Pazos, por haber invalidado “gol” de Perú, que perdía en ese juego frente a Argentina 1-0, en el torneo clasificatorio para el fútbol olímpico de Tokio. Se recuerda que en ese trágico juego, con saldo de 318 muertos, hizo línea el barranquillero Saúl De la Rosa.
La violencia en los estadios no es un fenómeno local, sino nacional. Se reconoce que hay dirigentes que incitan a las “barras bravas” para hacer más “atractivo” el espectáculo. La desgracia de hoy es que lo paradójico resulta en más pobreza de la calidad del fútbol.