El gurú mundial de las finanzas personales, autor de ‘Padre rico, padre pobre’ y asesor de personalidades como Donald Trump, ya está en Barranquilla.
Por Jorge Sarmiento Figueroa
Una entrevista con Robert Kiyosaki no es una entrevista. Es una cátedra. Antes de abordarlo, su asistente y traductor al español nos pide que solo le preguntemos de finanzas.
«Pueden hablarle de lo que quieran, pero si aprovechan su tiempo con él podrán aprender cómo hacerse ricos», nos dice Fernando Pacheco, un peruano que desde hace años sigue a Kiyosaki adonde vaya «porque yo ganaba 150 dólares al mes como militar del ejército y, desde cuando leí ‘Padre rico, padre pobre’ me di cuenta que estaba desperdiciando mis capacidades. Tomé la decisión de trabajar con él y me volví rico. Sus pensamientos me cambiaron la vida».
Los colegas periodistas Nilson Romo, Camilo Parga, Tussie Bowil y Jorge Sarmiento Figueroa, escucharon las enseñanzas de Kiyosaki.
Y en efecto, los pensamientos de Kiyosaki salen en frases plagadas de conocimiento y experiencia sobre las finanzas. Explica con sencillez porqué el dinero en un banco dejó hace mucho de ser un activo, y porqué los empresarios promedio pueden ser considerados empleados del sistema, y porqué un país tan rico como Venezuela llega a ser tan pobre, y porqué Estados Unidos en pocos años terminará igual, según su visión. Cada frase, entonces, se convierte en una lección con instrucciones precisas para que un ser humano cualquiera pueda pasar de ser un empleado perpetuo a un empresario rico. Por eso cada una de sus conferencias genera mucho dinero que, sin embargo, son la gaseosa para su bolsillo. Porque Robert Kiyosaki, a sus 68 años, es un multimillonario con inversiones en petróleo, minas de oro y plata, finca raíz, entre muchos negocios que hacen parte de su extenso portafolio. «Pocas personas sin título profesional y sin empleo pueden llegar a un banco a pedir 300 millones de dólares y recibirlos en el acto. Yo sí», dice, sin asomo de alarde.
Sincero, directo, didáctico, Kiyosaki disfruta invertir más de una hora de su tiempo con un grupo de periodistas jóvenes para explicarles «con plastilina» cómo funciona el sistema. «Si ustedes se dedican a escribir cada día para que al final del mes les paguen un cheque, siempre serán pobres. Así escriban muy bien. Yo escribo libros, por ejemplo, pero el dinero que gano no lo gasto, sino que invierto en activos para que luego el dinero llegue sin yo tener que pensar en cómo administrar o trabajar. Mi pensamiento está en libertad para seguir generando nuevas ideas y decidir mejor dónde invertir. Yo disfruto mi trabajo pero no lo hago por dinero, ni tampoco le pago impuestos a nadie», nos cuenta.
«Los padres envían a sus hijos a los colegios y universidades para que se conviertan en empleados o en creadores de empresas que luego tendrán que administrar. Esos hijos son empleados que ganarán dinero, del cual el gobierno recibirá un gran porcentaje. El resto de ese dinero se convertirá en gastos. El ciclo termina en que los hijos de los hijos de los hijos seguirán siendo pobres. Porque por más dinero que llegue a ganar un empleado o un empresario pobre, su dinero siempre valdrá menos porque el negocio de los bancos y los gobiernos es imprimir billetes como papel higiénico. Solo los empresarios que crean y adquieren activos que son capaces de producir, se convierten en ricos».
Al terminar la entrevista, uno queda con la sensación de que todo lo que Kiyosaki dice es demasiado fácil para ser verdad. Pero detrás de sus gafas coloridas, su atuendo y sonrisa juveniles, se percibe un camino de experiencia única, en el que el esfuerzo y la disciplina han hecho que este hawaiano de origen japonés sea hoy uno de los más respetados pensadores del mundo empresarial.
Ha sido un lujo poder recibir de primera mano y en la misma mesa estas enseñanzas, algo que este sábado 23 de mayo en el auditorio de la Universidad del Norte 1.200 habitantes de Barranquilla podrán vivir pagando boletas tan caras como las que se pagan para ir al concierto de una estrella mundial.