Juan Antonio Restom Bitar fue el extra vitalicio de todas las películas que se filmaron en Cartagena, desde la década del cincuenta, hasta el final del siglo XX.
Por: Gustavo Tatis Guerra

Restom Bitar, el extra eterno de Cartagena
Hace más de treinta años llegó a Cartagena el fotógrafo holandés Hannes Wallrafen, tras las pisadas de García Márquez para la edición de su libro ‘Una jornada en Macondo’, que publicó Villegas Editores, y García Márquez quedó tan sorprendido por la belleza de sus fotos que decidió escribirle el prólogo. La portada del libro aún no había sido elegida, pero una tarde el fotógrafo vio a un tipo demasiado delgado, con una guayabera azul que bailoteaba con la brisa del Camellón de los Mártires, y dijo: “Ese tipo flaco me sirve para una foto del libro sobre García Márquez”. Hannes lo saludó y le propuso hacerle unas fotos. Era Restom Bitar. En aquellas fotos que hizo Hannes, Restom se vistió de frac, como si fuera un patriarca bajo una lluvia de serpentinas, y Hannes y el editor del libro, Benjamín Villegas, terminaron eligiendo la foto de Restom para la portada. Así hubiera querido figurar Restom como estrella de cine. Hannes le hizo fotos que evocaban el mundo de Macondo. Restom reflejado en un bloque de hielo, en un aposento de una casa antigua en donde caen hojas secas. Aquellas fotos eran, de alguna manera, la película que nunca se filmó de Restom Bitar, un hombre de imaginación desmesurada, campeón de ajedrez, autor de un poema en el que reta al mar, y coleccionista del cine mexicano y fetichista de todo lo que oliera a cine.
El delirio del cine
Un instante con Restom
Mi hermano Carlos se hizo entrañable amigo de Restom y lo contrató para que le enseñara ajedrez a su hijo en su casa. Una tarde fui a visitar a mi hermano y le propuse elevar una enorme cometa, muy cerca de los playones, cerca del Mercado de Bazurto, y mi hermano convidó a Restom. Los tres, junto a mis hijos, elevamos la enorme cometa, y Restom, al final, amarró la pita de la cometa en uno de los botones de la camisa. Mientras hablaba con nosotros y caminaba, la cometa hacía de las suyas sin que nadie la maniobrara. En un instante vimos dar tumbos a la cometa, y en un santiamén, la cometa se desprendió del botón de Restom.
La cometa se estrelló contra las aguas de la ciénaga. Todos contemplamos la escena del final de la cometa, mudos, esperanzados de que la pita se enredara en algún almendro para rescatarla.
Nos fuimos a casa. Y, horas después, unos pescadores que iban en una lancha rescataron la cometa, y nos la devolvieron. Restom parecía un niño feliz con la cometa. Como era feliz jugando ajedrez o viendo cine. Pero su mayor felicidad era ser llamado aunque fuera de extra en una película, en la que aparecería tan solo en segundos efímeros. Y su dedo señalaba aquel instante donde aparecería, en medio de la oscuridad del teatro.
Epílogo
Los seres felices y descomplicados como Restom Bitar siempre nos harán falta. Pero, sobre todo, la humanidad y la nobleza con que esperaba cada año ser llamado para ser la estrella de cine.
Él solo, con su talante quijotesco, su semblante sonreído, era ya, sin proponérselo, la película que jamás se filmó en Cartagena. Un soñador que se sentaba todas las tardes en los escaños del Parque de Bolívar a esperar a los ajedrecistas. Al entrar a la habitación de la Calle de las Palmas, mi hermano Carlos sintió un aire tenso y opresivo, sin la presencia de Restom Bitar. Las películas estaban arrumadas. Una colección de relojes se habían detenido en la madrugada en que empezó a agonizar. Y un tablero de ajedrez con las fichas aún puestas, esperaba el turno de un alfil para la jugada final.
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