Antes del 7 de enero pocos teníamos idea de su existencia. Su nombre se conoce ahora que son víctimas de un terror contra el que todos deberíamos luchar. Pero, ¿es el terror de qué contra qué, de quién contra quién?
Por Jorge Sarmiento Figueroa
Rueda de prensa en la que los miembros sobrevivientes de Charlie Hebdo presentan la nueva edición después del atentado.
Charlie Hebdo era un nombre poco conocido antes del fatídico día en que unos yihadistas encapuchados arremetieron con violencia y acabaron con la vida de varios de sus ilustradores. Antes de ese 7 de enero recuerdo haber visto alguna vez una de las caricaturas que suelen publicar, sin saber que eran del diario. Al ver que era una sátira contra el Islam me preguntaba qué tan honda había llegado la necesidad de expresarse así como símbolo de libertad y tolerancia en una sociedad que es su cuna moderna y en la que sin embargo sus habitantes cada día pierden más y más derechos.
Y reflexioné que esa necesidad de atacar a otro (persona, cultura, civilización) para reafirmar las propias creencias no es más que el reflejo de una angustia propia. El habitante de América y Europa es hoy víctima de un concepto de libertad manoseado y amordazado. Al decir que somos el «mundo libre» no estamos realmente celebrando una cualidad auténtica sino que estamos agradeciendo el mal menor de no ser una sociedad musulmana que la propaganda occidental nos muestra como xenófoba y doctrinaria.
En todas las sociedades dominantes, de Oriente a Occidente, se ha perdido la libertad esencial de la humanidad que actúa con el respeto a la armonía del planeta en el que vive. En nuestra sociedad prima hoy el enriquecimiento económico y político por encima de la humanidad misma, porque se hace más importante extraer el agua, el coltán, el petróleo y el gas, estén donde estén, que las vidas y el medio ambiente que se pierdan al hacerlo. Si nuestra libertad significa la muerte de los pueblos y del planeta, entonces no nos está importando lo que los pueblos piensen o crean, ni la vida misma. Estamos actuando igual que los terroristas que atacan a nuestros caricaturistas a mansalva.
La invitación a decir «Je suis Charlie» y a marchar contra el terror no nos está llegando como una verdadera lucha por la paz, sino como una invitación a sentir miedo y por tanto a odiar a quien nos ataca. Por eso no nos damos cuenta que quienes nos están invitando a esas marchas son los mismos que echan leña al fuego del odio y que exacerban las luchas religiosas y políticas para tener el derecho a acabar con los otros pueblos en nuestro nombre. Pero no es en nuestro nombre, porque hasta ese hemos perdido. Si no en nombre de sus interés por adueñarse de lo que no les pertenece.
El oportunismo para exacerbar las diferencias religiosas y crear violencia ha surgido con tal fuerza global que en Jerez, España, a miles de kilómetros de Paris, el 12 de enero aparecieron en la antigua sede de la Liga Morisca (árabes en España, derivado de «moros») mensajes en las paredes pidiendo la expulsión de los musulmanes. «Volved a nuestro país», «Aquí rezan asesinos».
Con expresiones así prefiero unirme con el silencio de mi pensamiento a los colegas del diario que quedaron con vida y decidieron sacar un próximo número que se titula: «Todo está perdonado». Este perdón de esos pocos que en verdad lloran a sus compañeros me resulta más auténtico que el grito de millones que hoy están llamando a la guerra con el cántico «Je suis Charlie».