Mientras su hermano mayor, Carlos Huertas, le cantaba a su región: «allá en Barranca me bautizaron y en toda La Guajira me hice libre«, Amilkar aporta lo suyo conociendo las entrañas de la tierra.
Por Jorge Sarmiento Figueroa – Editor general
Amilkar Alfredo Huertas Gómez parecía un niño tímido el día que en Barranquilla se puso de pie para presentarse como nuevo tutor del programa de Ingeniería Ambiental de la Universidad Nacional a Distancia, Unad. «Estoy sofocado, vengo llegando de Santa Marta, disculpen si no hablo muy fluido», anticipó. Pero enseguida, con las fuerzas de brioso trotamundos, el ingeniero agrónomo de sesenta y nueve años, especializado en impacto ambiental y ecología, master científico en manejo de suelos y aguas, discurrió en una presentación de títulos académicos y experiencias profesionales que llevó a los asistentes a los más importantes centros de estudios internacionales y a los más recónditos parajes naturales de la Tierra.
Cuando ya los había dejado atónitos, Amilkar regresó de los viajes insospechados de su trayectoria y aterrizó con un discurso poderoso y contundente sobre la región que lo vio nacer, en la que primero sembró su amor por el planeta: La Guajira.
«Y luego de contarles cómo me he formado, les puedo decir con autoridad que La Guajira sí tiene agua para saciar a sus habitantes. No es como dicen ahora los políticos del momento. Inclusive se podría hacer agricultura si los dirigentes y empresarios se dejaran asesorar por el conocimiento técnico. Y si no me quieren creer, vean lo que los indígenas han hecho desde tiempos inmemoriales para tener siempre el recurso de la tierra y el agua a su alcance, sin alterar el equilibrio natural», sostiene Amilkar Huertas.
Sustenta su tesis en el baño de los ríos Ranchería, Palomino, Ancho, Tapias, Cañas, que vienen de la Sierra Nevada de Santa Marta y recorren La Guajira antes de llegar al Mar Caribe. Con las aguas de esos ríos, según el experimentado agrónomo y ambientalista, «hace falta un ordenamiento técnico para captarlas de manera respetuosa y desembocarlas en tierras cultivables, que son cerca de 185 mil hectáreas de acuerdo al instituto Agustín Codazzi».
Amilkar se sentó. Volvió a la timidez. Sin embargo sucedió lo inevitable de su imán: los tutores se acercaron a pedirle que siguiera compartiendo sus anécdotas, encantados por el tono arropador de su voz de abuelo y la lucidez de quien sabe lo que sabe.
Sabe cómo se siembra y cómo se cuidan los cultivos de caña de azúcar en los Ingenios del Cauca, donde trabajó por años; sabe cómo los campesinos israelitas cultivan sus alimentos en comunidades colectivas (kibbutz), donde la gente comparte equitativamente el trabajo y los beneficios, porque aprendió con ellos allí; sabe que la presa Hoover fue construida en los desiertos de Arizona y Nevada para aprovechar la riqueza del río Colorado porque millones de personas se habían quedado sin cultivos y sin nada qué comer después de la Gran Depresión.
«No es solo que hubo un ‘crack’ en las bolsas de valores, como los Estados Unidos contaron al mundo, sino que también en las zonas cultivables del Este y Centro sus habitantes destrozaron la capa superior de la tierra para sembrar y luego quedaron desprovistos de la barrera natural que protegía a la flora de los vientos. La primera ‘ventisca’ arrasó con todo, dejando solo sequías, y esas millones de personas tuvieron que emigrar al Oeste y Sur del país».
De nuevo vuelve a su región y cuenta aquellos difíciles años en los que el Cesar se vino abajo por el ‘fenómeno del Niño’. Era la década de 1990. «Muchos empresarios y campesinos apostaron sus ahorros e hicieron préstamos a la Caja Agraria para sembrar algodón, en las mejores épocas de lo que llamábamos el ‘oro blanco’. Estuve asesorando a varios en ese entonces, pero ya la naturaleza empezaba a comportarse de manera alocada por la descomunal industrialización. Todo se perdió».
Antes de que terminara de compartir su experiencia, algunos tutores ya deducían, por su apellido y nombre de pila, que Amilkar Huertas es hermano de aquel Cantor de Fonseca, Carlos Huertas, que a través de su música y su guitarra confirmó que La Guajira es una de las madres indiscutibles del vallenato, la patria hermosa de Chema Gómez.
Amilkar recuerda mucho sus experiencias con su hermano mayor, Carlos, y ahora que este ha fallecido resalta que «ambos defendemos con distinto oficio nuestra región de La Guajira. Él lo hizo con la música, yo lo hago con el conocimiento de sus aguas y sus tierras».