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Protestas ciudadanas

El columnista y escritor Jorge Guebely analiza la situación de protestas ciudadanas que cada día se suscitan en Colombia. «Gracias a la inoperancia de los profesionales en política, surgen las protestas ciudadanas».

Por Jorge Guebely

 

Jorge Guebely

Abundan en todas partes. Basta nombrar las más recientes. Se movilizan los huilenses para protegerse de la privatización del río Magdalena, los tolimenses contra la inutilidad del alcalde ibaguereño, las madres del Carmen de Bolívar contra un ministro de Salud incapaz de una explicación científica sobre las vacunas del papiloma humano, los cartageneros y los barranquilleros por la incompetencia de Electrocaribe… Largo sería enumerar las múltiples protestas nacionales sin o con escasa difusión mediática.

Protestan campesinos, indígenas y afro-descendientes por sus territorios usurpados. Protestan familias desplazadas por guerrillas, paramilitares y por las políticas económicas de los gobiernos: explotación hidro-energética y minera. Protestan los ciudadanos por condiciones básicas de sobrevivencia: agua potable, energía, alimentación, educación… Protestan los ambientalistas, los animalistas, los artistas y la comunidad LGBTI. Protestan y muchas de sus protestas se hacen con alegría, creatividad e imaginación. Lo hicieron los estudiantes con marchas nocturnas y besatones, grafiteros con bellas pinturas sobre paredes públicas y fumadores de marihuanas con fumatones en la plaza de Bolívar en Bogotá.

Protestan y aumentan las protestas ciudadanas. Según el Centro de Investigación y Educación Popular, Cinep, en la década 1991-2001 hubo una media de 429 protestas por año. Aumentó a 643 entre los años 2002-2008. Y sólo en el 2013 hubo 1027.

Con el desprestigio de los políticos, los ciudadanos creen menos en ellos y más en sí mismo. Crece la certeza de que ninguna reivindicación de dignidad humana procederá de la política. Los políticos no están formateados para construir dignidades humanas en los más débiles. El éxito de su oficio consiste en fortalecer los intereses de las élites poderosas. Nunca los banqueros protestarán en calles para acceder a prebendas onerosas. Esa función la cumplen los políticos civiles en el Senado o los políticos militares reprimiendo manifestaciones. Lo único esperable de un político es un discurso maquillado o una limosna estatal. Parodiando una consigna contracultural de los años 60: ‘no construiremos dignidad humana eligiendo cenadores’.

Cada vez es más evidente que el destino decoroso de la ciudadanía está en manos de la ciudadanía, no de los políticos. Urge hacer política con un espíritu ciudadano y no con una cultura política. Mientras los débiles económicamente crean en políticos, las élites económicas serán sus amos. Resulta más provechoso creer en una protesta pública – mecanismo legal- que en un debate de la Asamblea. Y aun cuando no es seguro ganar todas las batallas ciudadanas, sí es seguro perderlas cuando son manipuladas por los profesionales de la política.

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