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Pretelismo colombiano

Ninguna extrañeza debería causarnos las aberraciones de Pretelt. Sus prácticas resultan cotidianas entre políticos y empresarios. Todos sabemos que la justicia tiene precio.

Por Jorge Guebely

[caption id="attachment_14025" align="alignright" width="300"] Jorge Guebely, escritor, PhD en Literatura, columnista invitado en Lachachara.co[/caption]

A veces un magistrado vale $500 millones para favorecer a Fidupetrol; otras, vale menos o vale más. No hay justicia para quien no tiene cómo pagarla, la conciencia de muchos jueces y magistrados se convirtió en mercancía para feriarla en los mostradores ocultos del poder judicial.

Tampoco debe extrañarnos su tráfico de influencias. La cultura de capos en las instituciones públicas se consolidó en todo el país. Desciende desde el presidente, pasando por el procurador y el fiscal, hasta el más miserable de los concejales. Prima el instinto de poder y corrupción sobre el servicio a la comunidad.

[caption id="attachment_27803" align="alignleft" width="300"] Jorge Pretelt.[/caption]

Mucho menos debe extrañarnos el despojo de tierra a campesinos desplazados. Pretelt sólo usó una práctica corriente. Para eso proliferan paramilitares atroces, jueces corruptos y la justicia ciega. Por eso, un crimen de lesa humanidad tiene a nuestros terratenientes instalados en un buen paraíso de la región. Y no extraña porque Pretelt es el producto supremo del capitalismo tercermundista, el torcido, el exitoso por trampas. Parodiando a Rivera: no es un hombre sino un sistema. Es la encarnación vigorosa de una enfermedad social. El pretelismo vive agazapado en la conciencia de muchos colombianos. Una bestia dispuesta a dar el zarpazo tan pronto le den la oportunidad. No le importa ensangrentar a su víctima y al país con tal de saciar su instinto de animal prehistórico. Y no le importa porque abusa del recurso de la doble moral: acusar públicamente, a diestra siniestra, a los pobres y las guerrillas como el origen de los conflictos nacionales. No sus víctimas. En cambio, sí impresiona el exceso de doble moral entre políticos y empresarios. Se pasaron. Plaga que les carcome la conciencia y los incita a rasgarse las vestiduras en público para denigrar de lo que hacen en privado. Su pretelismo nos destruye como un tsunami intangible y nos ahoga en sus permanentes escándalos. De preteles está saturado el Congreso, y las altas cortes, y las gobernaciones, y todo lo que sea público. Tal vez sean las cárceles donde menos preteles hay por ser Colombia un sistema de pretelismo culturalmente aceptado. Tampoco extrañemos si el santismo, con una reforma risible a la justicia, y el uribismo, con un silencio cómplice, cohonestan con esas aberraciones. Liberales y conservadores sobreviven atragantándose con las mismas inmundicias. La denuncia y la censura social son el mejor antídoto para estos ávidos carroñeros del Estado.

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