A pocas horas del pronunciamiento del Senado sobre lo que parece inevitable, el discurso de la suspendida mandataria brasileña se ha enfocado en calificar la trama con la que la han sacado del poder.
Lexander Loaiza Figueroa @Lexloaiza
Entre el martes o miércoles podría conocerse la decisión del Senado de Brasil que definirá el futuro político inmediato de la destituida presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. La mandataria ha sido acusada de manipular los balances fiscales de la Nación entre los años 2014 y 2015, para favorecer los traspasos presupuestales de una partida a otra, sin autorización del Poder Legislativo y para favorecer intereses particulares.
El juicio se ha celebrado en el contexto de una nación profundamente afectada por la crisis económica, que ha acelerado la inflación a dos dígitos y ha permitido el avance de la pobreza que durante el gobierno de su antecesor, Inácio Lula Da Silva, había retrocedido a niveles históricos. También la gestión izquierdista de Rousseff fue herida de muerte con el descomunal escándalo de corrupción que involucró a la estatal Petrobras y la firma privada Odebrech, en la que colaboradores muy cercanos al gobierno fueron salpicados.
Todo esto ha generado una impopularidad que en el caso de Rousseff, le ha dejado niveles de aceptación de apenas 10%, incluso menos en algunos momentos. Esta situación le ha dejado poco margen de maniobra a la mandataria que ahora espera lo que según todos los analistas parece inevitable. El impeachment, que la sacaría definitivamente del Palacio de Planalto.

El destino de Dilma está en manos de un Senado cuyos miembros también tienen historial de corrupción.
Consciente del peligro que corre, Rousseff ha centrado sus declaraciones públicas en las oscuras hojas de vida de los legisladores que están haciendo la parte de jueces que van a definir su destino. Para muchos, no le falta razón. Transparencia Brasil reveló en un reciente estudio que el 59 por ciento de los 81 integrantes de esta cámara han sido condenados, acusados o investigados por crímenes en algún momento. El propio presidente de este ente, Renan Calheiros, está muy implicado en el Lava Jato, el escándalo de sobornos a políticos utilizando recursos de Petrobras.
El lunes pasado , Rousseff insistió ante el Senado en sus tesis de golpe de Estado. En su discurso y a lo largo del interrogatorio, Dilma Rousseff manifestó su temor a la «muerte de la democracia» y a que no tengan continuidad las mejorías sociales que se alcanzaron durante su Gobierno y el de su antecesor, Luiz Inácio Lula da Silva.
Para que se apruebe la destitución, será necesaria una mayoría calificada de dos tercios (54 votos) entre los 81 senadores, una cifra que se presume accesible para los favorables a la salida de la mandataria.
En dos votaciones previas realizadas en fases anteriores del proceso en la Cámara Alta, los que apoyan la destitución de Rousseff sumaron 55 y 59 votos.













