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¿Por qué no se puede hacer crítica al poder en Barranquilla?

Cada vez son más recurrentes las posiciones de personas con influencia en la capital del Atlántico que consideran que ejercer la crítica a los gobiernos de la ciudad no tiene justificación y no debe permitirse, porque según ellas es demasiado evidente que los líderes políticos están haciendo muy bien su trabajo, mucho mejor que los que antes gobernaban.

Ante esas posiciones que niegan debates críticos, compartimos el planteamiento de Jair Vega, profesor e investigador en Comunicación para el Cambio Social, quien analiza el fenómeno y plantea consideraciones sobre lo que suele ocurrir en las sociedades cuando la crítica se pierde como derecho ciudadano y como necesidad colectiva.

Por Jair Vega – El texto es tomado del Twitter de Jair Vega

Llama la atención cómo se reproduce en Barranquilla el discurso medieval de que la gestión de los gobernantes debe ser solo enaltecida y bajo ninguna circunstancia ser criticada. De hecho se sugiere que si alguien tiene disposición para criticar, mejor que se aguante o se vaya de la ciudad.

Uno entiende que la crítica a la vida privada de otras personas no tiene sentido, cada quien tiene la libertad de ser o vivir como quiera. Sin embargo, es bien distinto en ámbitos como el de lo público, donde la crítica se ha constituido en la esencia de la democracia.

De hecho, en un sentido más humanístico, el pensamiento crítico ha sido esencia de la innovación, los descubrimientos, los avances científicos, pues es la inconformidad con la realidad la que nos lleva a preguntarnos, o a buscar nuevas realidades, o, al menos, nuevas formas de verla.

La crítica al ejercicio del poder del gobierno, en los Cafés parisinos, fue la clave del derrocamiento de la forma medieval de gobierno, y fue lo que permitió que los asuntos de Estado fuesen públicos, precisamente para que pudieran ser sometidos a la crítica de los ciudadanos.

Alfredo Correa De Andreis decía: «la crítica no debe ser constructiva ni destructiva, la crítica debe ser implacable y demoledora»; esto es, con preguntas directas, cuestionadoras, orientadas e incisivas, y con argumentos sólidos que permitan fundamentarlas.

La base de la democracia moderna es la crítica, la forma más elemental del ejercicio de la ciudadanía, del compromiso de un ciudadano que se pregunta por lo que está pasando con los asuntos públicos. Por eso digo que la resistencia a la crítica de lo gubernamental es medieval.

Profundizar en la democracia es profundizar en una sociedad de ciudadanos con pensamiento y accionar crítico. Por eso en América Latina hemos valorado las escuelas de pensamiento como la de Paulo Freire, que van más allá de la producción de entes tecnocráticos para el mercado.

Necesitamos estudiantes con pensamiento crítico, que se relacionen con sus entornos y tengan un gran compromiso por entenderlos, por indagarlos, por cuestionarlos y también por transformarlos. Que nos cuestionen como profesores, nuestros contenidos y métodos, y nos lleven a ser mejores.

Necesitamos hijos e hijas que nos critiquen, que nos cuestionen, que nos pregunten por la coherencia entre lo que profesamos y la realidad de lo que somos. Y no debemos temer a ello.

Para consuelo de los gobiernos, profesores o padres y madres que temen a la crítica, y que prefieren que quienes la hacen mejor se aguanten o se vayan, les doy una buena noticia: la democracia ha dejado algunas formas muy interesantes de defenderse ante la crítica implacable:

1) La transparencia: cuando existe transparencia en las acciones, allí se encuentra la respuesta a cualquier cuestionamiento que pueda haber sobre la gestión que se hace.

2) La coherencia: cuando existe coherencia entre los propósitos, lo que se profesa y las acciones realizadas, allí está la mejor respuesta a cualquier crítica.

3) La integridad: cuando se combinan las anteriores con acciones ajustadas a la honestidad y la justicia, entonces cualquier crítica va a encontrar allí suficientes respuestas.

Estos son puntos claves en la comunicación de los gobernantes, pues en lugar de estar centrada en tapar acciones, promover silencios o callar a los críticos, debería estar centrada en mostrar la transparencia, coherencia e integridad de las acciones de instituciones y gobernantes.

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