Toda acción humana, por lo menos en algún grado, esta orientada por sus más profundos afectos.
Por: Ricardo González
Cuando vivía en Bogotá, estaba terminando los exámenes finales de postgrado, recuerdo que me tocó hacerlos de forma oral. Al finalizar acompañé a mi maestro a almorzar, en el trayecto me dio un consejo de esos que no pides pero sabes su importancia. Comentó: “Tú eres una persona muy inteligente, pero las decisiones más importantes en la vida se toman con el corazón, no con la cabeza”.
Fue hace más de dos años y aún resuena con fuerza dentro de mí. La tendencia a ser reflexivos o lógicos nos permite tomar decisiones difíciles, aprender a no identificarnos, ser desprendidos y por supuesto, no asumir de forma personal las cosas que suceden. Pero lejos de eso, a lo que realmente se refería es que yo estaba usando, en parte, mi inteligencia para hacerme daño.
Antes de ingresar en esto, aclaro que él no se refiere a decisiones netamente emocionales sin alguna regulación o propósito. Aludía a que las decisiones que generaban mayor valor para nosotros (familia, pareja, amigos e incluso un proyecto laboral) eran tomadas desde una totalidad, es decir, estaba involucrada el pensamiento, sentimientos, acción y decisión. Porque cuando te entregas a algo lo haces completamente.
El conocimiento es poder y es un poder que permite, por lo menos en parte, obtener la sensación de controlar al otro. La lógica te mantiene al margen de una involucramiento real y, en algún grado, las cosas fluyen desde el marco de lo esperable. Así por ejemplo: esperas tres días para hablarle porque así te haces desear o respondes cada 10 minutos para que no se de cuenta de tu interés, decirte después de esta canción lo(a) saco a bailar, pienses en qué vas a decir en una presentación, todos tienen que ser puntal.
De esta y muchas formas más, nos valemos de nuestra racionalidad para evitar, preservar u obtener una sensación de seguridad frente a la incertidumbre de la vida. No es raro que corroboremos una y otra vez que planifiquemos o, y esta es de mis favoritas, frente a un abrazo nos petrifiquemos. El afecto es desorden, involucra una experiencia que no se puede explicar y como no es explicable es desconocida, todo lo que desconocemos asusta.
El miedo más grande que padecemos quienes pensamos mucho es al sufrimiento. Y es que detrás de esa racionalidad existe una sensibilidad encubierta. En palabras simples, necesitamos tirarle cabeza a todo para enfriar el descontrol que nos produce el caos de la vida.
El costo que se paga por tal seguridad es alto, ya que en últimas si te alejas del sufrimiento también te alejas de afectos agradables como la alegría. La lógica no sólo coloca una distancia enorme entre tú y los demás, también contigo mismo. Distancia que gracias a mis pacientes, y ellos probablemente sin saberlo, he aprendido a acortar pues ellos no sólo buscan una explicación a sus síntomas, más adentro de eso pretenden tener un encuentro genuino con otro alguien que les acoja en su sufrimiento. Es ahí donde me doy cuenta que saber mucho a veces es saber poco.
Atreverse a navegar dentro de la vida es ingresar en ella, junto a sus penurias y alegrías, y es al mismo tiempo, responsabilizarse de lo afable como lo desagradable. Para sentir o ser espontaneo no hay un pensamiento per se, es decir, yo no pienso en de qué formas ser espontaneo. Antes de eso me pregunto: ¿quiero sentir? Si me quiero forzar, no pasará nada, sólo seguiré pensando. Sentir es, sin caer en explicaciones lógicas, dejarse llevar por aquello que ya sé que necesito hacer, no por cualquier cosa, pero que ya lo sé. En el camino debo encontrar el camino.