La corrupción no es más que otra estrategia de las élites mundiales para acrecentar poder. Lleva la impronta de sus métodos inmorales como guerras, crisis financieras, chantajes, asesinatos.
Por Jorge Guebely*
Con la corrupción, las élites convierten los Estados en inoperantes instituciones y lo público pierde credibilidad. Inocua se hace la justicia y la salud, el ejército y el congreso, las cárceles y los colegios. Todo lo carcome la voracidad de la descomposición. La privatización, uno de sus mandamientos fundamentales, la construyen silenciosa y culturalmente, sin decretos.
Basta mirar el deterioro de las universidades públicas para tener más confianza en las privadas de élites. Las menoscaban con bajos presupuestos y la podredumbre interna. Las someten a la rebatiña política para convertirlas en nidos partidistas: el rector comprometido con el gobernador, el gobernador con el ministro, el ministro con el presidente, el presidente Santos con el liberalismo inglés o el ex-presidente Uribe con el conservatismo norteamericano. Escalera de sumisiones y vergüenzas nacionales.
Por la corrupción, las universidades públicas pierden el sentido original de lo humano y lo científico. Pudren la academia y los campos universitarios, la docencia y la administración. Visibilizan mejor las privadas — exceptuando las horrorosas de garaje— que brillan más por su ‘responsable’ organización, sus acreditaciones, sus convenios internacionales. Por eso, muchos docentes del sector público educan sus hijos en el sector privado. Ya, en sus conciencias, la privatización lleva un trecho recorrido. El neoliberalismo avanza inteligentemente sobre la escasa credibilidad de lo público. La decadencia es un negocio.
Con la corrupción, demuelen la confianza en el Estado y tranzan suculentos mercados. Miles de millones de dólares se esfuman cada año, más de nueve billones de pesos para Colombia según el ‘Consejo Nacional Contra la Corrupción’. El Congreso lleva la delantera en el desfalco seguido por los partidos políticos. La justicia también abandera la podredumbre, peligran más de cuatrocientos billones de pesos por demandas. Enorme caudal para un hueco fiscal de proporciones inimaginables. Dineros que serán reemplazados con empréstitos a las élites internacionales, su verdadero negocio. Son las únicas con el poder legal de imprimir billetes sin ningún respaldo real. Endeudar más a los países les permite someterlos más; dejarlos indefensos para penetrar, con escasa resistencia, el negocio de sus multinacionales.
Fomentar Estados corruptos y prestarles dineros para financiar su corrupción constituye una estrategia perversa de dominación. Tan perversa como facilitarle dinero al drogadicto para comprar la droga de cada día. Este no es el mejor de los mundos.