Por: Francisco Figueroa Turcios
La condecoración Gran Caballero que el Congreso de la República entregó el 16 de julio a Octavio Vargas Gómez trasciende el reconocimiento a una brillante carrera periodística.
Es, sobre todo, un homenaje a una lucha de más de cuatro décadas por visibilizar el campo colombiano y dignificar, desde los micrófonos, las cámaras y las páginas de los periódicos, la vida de quienes hacen producir la tierra.
En una época en la que muchos olvidan sus raíces apenas sienten el vértigo de la ciudad y el resplandor de los estudios de televisión, Octavio Vargas Gómez eligió el camino contrario. Permaneció fiel al campesino, a los caminos de polvo y al lenguaje sencillo de la gente del campo. Nunca renegó de su origen rural. Nacido en Monte Rubio, corregimiento del municipio de Sabanas de San Ángel, a unos 90 kilómetros de Santa Marta, convirtió esa identidad en su mayor credencial periodística.
No necesitó construir un personaje; le bastó con seguir siendo el hombre que conocía de primera mano el valor de una cosecha, la incertidumbre de una sequía y la esperanza que siempre renace con la lluvia. Esa cercanía le permitió contar el campo desde adentro, con la sensibilidad de quien entiende que detrás de cada surco hay una familia, un sueño y una historia de perseverancia.
Con el paso de los años, El Reportero del Campo dejó de ser simplemente el nombre de un programa. Se convirtió en una marca de credibilidad y en un puente entre el productor rural y la sociedad colombiana.
Desde la radio, la televisión, la prensa escrita y, más recientemente, las plataformas digitales, Vargas Gómez demostró que el periodismo agropecuario podía tener el mismo rigor, la misma importancia y la misma capacidad de transformar realidades que cualquier otra especialidad informativa. Octavio trabajò en medios como Radio Libertad, La Voz de Barranquilla, Diario del Caribe, El Tiempo Caribe y la página agropecuaria de El Heraldo desembocó en la creación de El Reportero del Campo, el programa que hoy acumula 36 años ininterrumpidos al aire en Telecaribe. «Nuestro trabajo siempre ha sido servir de puente entre quienes producen los alimentos y quienes los consumen. El campo necesita ser contado con respeto, con conocimiento y con profundo sentido humano», señaló Vargas Gómez
Lo que para muchos es una simple emisión de televisión, para miles de campesinos ha sido durante 45 años la certeza de que alguien escucha sus problemas, celebra sus logros y le recuerda al país que el futuro de Colombia también se cultiva sobre la tierra.
El reconocimiento fue compartido con quienes han recorrido ese camino junto a él. A su lado estuvieron su esposa, Trinidad Daza de Vargas; su nieto Juan Sebastián Fuentes Vargas; el senador del Magdalena Carlos Mario Farelo y otros integrantes del Congreso. Pero el propio homenajeado dejó claro que la condecoración también pertenece a quienes lo han acompañado domingo tras domingo a través de Telecaribe, a los lectores de la Página Agropecuaria de El Heraldo, a sus seguidores en YouTube y en las redes sociales.
El legado de Octavio Vargas Gòmez hoy lo tiene su hijo, Octavio Vargas Daza, comunicador social y administrador de empresas, acompaña la consolidación del proyecto periodístico y ha sido clave para mantenerlo vigente ante las nuevas dinámicas de la comunicación. Una gran responsabilidad de mantener ese gran legado.
«Esta exaltación del Senado, entregada por el presidente Lidio García Turbay, reconoce una vida entera dedicada al periodismo agropecuario. Mi padre nos enseñó que el campo merece respeto, visibilidad y una comunicación seria. Su mayor satisfacción nunca ha sido recibir premios, sino saber que durante tantos años pudo contribuir a que miles de productores sintieran que alguien estaba contando su historia», expresó Octavio Vargas Daza sobre el reconocimiento a su progenitor.
La condecoración a Octavio Vargas Gòmez , también se reconoce el papel del periodismo especializado en el fortalecimiento del agro colombiano. Informar sobre producción, genética, sostenibilidad y desarrollo rural exige conocimiento técnico y una cercanía con el territorio que pocos han sostenido durante tanto tiempo.
Porque ningún periodista construye una historia en solitario. Detrás de cada emisión hubo campesinos que abrieron las puertas de sus fincas, productores que compartieron sus experiencias y comunidades enteras que confiaron en que alguien contaría su realidad con respeto y verdad.
