Por Cesar Giraldo
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Cuando Thomas Roberts, presentador oficial del concurso Miss Universo -propiedad del multimillonario Donald Trump-, anunció la victoria de Paulina Vega Dieppa como soberana universal, de inmediato celebramos como la mayoría de los colombianos, levantamos las manos y dimos gracias a Dios por su infinita misericordia y piedad en acordarse de este pueblo sufrido. A los pocos minutos del triunfo de la barranquillera recibí mensajes por Facebook y por Whatsapp en donde me decían cosas como: “cómete esta cachaco”, “¿Que los costeños qué?”, “viste, cachaco, las costeñas somos las mejores”. Al principio como buen habitante de Barranquilla y a pesar de ser orgullosamente rolo, cachaco o simplemente bogotano, la cogí suave.
Han pasado varios días y el carnaval ya viene y quiero aprovechar este espacio para dedicarles unas palabras a los que continúan inundándome de mensajes sobre la “superioridad” costeña. Advierto que amo esta ciudad y varios de mis mejores amigos son barranquilleros y mi familia vive aquí en la tierra del carnaval más importante de Colombia desde hace 15 años, mi hermana es graduada de la Universidad del Norte y a pesar de nacer en Bogotá no deja de anteponer el full y soltar eches y no jodas por todo.
Mi comida favorita es el sancocho de los domingos, voy a playa sin usar medias, ya no uso ventiladores, me refresco con abanicos y no abro el grifo, sino la pluma. Si voy a escribir busco un plumero y si necesito calmar la sed compro un patillazo, un tutifruti o una fría. Como fritos con picante, pido grano en lugar de principio y ya no voy a jugar fútbol, voy a una pateada. Me encanta la brisa de diciembre y la luna llena costeña, y no veo la hora de escapar a ver un atardecer en Puerto Colombia.
[caption id="attachment_26240" align="alignleft" width="300"]No soy el más costeño pues aún sigo siendo bogotano, no soy hincha del Junior y bailo extraño, no me gusta el vallenato y la champeta me parece monótona. Tampoco creo que el costeño es el ser más alegre de Colombia ni el más bebedor, esos títulos se los dejo a los chocoanos y a los pastusos y boyacenses. Los chocoanos sufren todo el año, son el departamento más pobre de Colombia, pero hay que verlos en sus casas encima del río o sus miserables cañerías, sin acueducto y malos servicios, bailando y riendo cada día orgullosos de su cultura. Si no me creen, visiten un festival Petronio Alvarez.
Los pastusos y boyacenses tienen el mayor consumo de cerveza y alcohol por persona; quizá los costeños no son los más bebedores, pero si debo aclarar que saben beber mejor que el resto del país. Recordemos que el resto del país vio cómo personas morían por riñas callejeras en los triunfos de la Selección mientras que en Barranquilla no hubo un solo muerto.
Por todo lo demás, Barranquilla, Medellín, Bogotá y Cali tienen los mismos problemas, las ciudades están planificadas para dos tipos de clases: los que pueden y los que no. Los de arriba y los de abajo, norte y sur, en resumen pobres y ricos. A mi amiga, la que me bombardeó con los mensajes sobre la belleza costeña, quiero aclarar que las mujeres costeñas por su genética y herencia son hermosas, pero las paisas también y las caleñas igual, las bogotanas bellas también existen.
Lo que me molesta es que aún los clichés y prejuicios existen en una ciudad donde el número de inmigrantes crece día a día. La estupidez de declarar que los cachacos tienen pecueca y grajo, y los costeños no, es como afirmar que los cachcacos cagan flores y los costeños mojones. Es tan tonta esta afirmación como el que se pone a la tarea de averiguarlo.
Aún tenemos miedo a lo desconocido, aún creen los costeños que las cachacas se mueren por ellos, y los cachacos creemos que las costeñas por nosotros. Aún se dice que el atraso de la ciudad se debe a los cachacos y no a los Char o a las familias que se han repartido el poder en la ciudad desde los años 30 ó 40.
La ignorancia de cada cultura es abismal. Cierto día un taxista me preguntaba si es cierto que los cachacos no nos bañábamos. Mi respuesta fue: quisiera ver un costeño bañándose a las cuatro de la mañana con el agua fría de la montaña como deben hacerlo millones de bogotanos que viven en Ciudad Bolívar. Acá y allá hay gente sucia, aquí y allá la gente es amable y odiosa, cada quien según le nace. Hay elementos culturales que nos identifican. Pero eso es lo sabroso de ser colombiano.
Por lo demás salí a la guacherna a olvidar mis penas, recorreré las playas del malecón mientras el sol del caribe se esconde, veré el amanecer mientras troto en Miramar y comeré una cazuela de mariscos en las Flores. Buscaré a la seño para pedirle que me cuente sobre el comportamiento de mi hijo. Y en la Batalla de Flores me verán buscar bordillo -si es que dejaron un pedacito libre este año-, como la mayoría.
Me quedo con la cultura costeña y no porque sea mejor o peor, me quedo con ella porque en la Costa aprendí el valor de las letras, crecí con Gabo y las pinturas de Obregón. En Colombia hay vallunos, paisas y cachacos que han sacado la cara por este país, que muy a pesar de sus líderes y sus deficiencias debería dejar de lado los regionalismos ignorantes y dedicarse a construir nación.
Disculpen si boté el chupo, pero ala carachas no me manden más mensajes despectivos. Yo lo que quiero es pasarla bacano, no joda.
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