EL COMENTARIO DE ELIAS por Jorge Guebely
Reveladora conversación con Milán Kundera al finalizar primer semestre académico de 1989. Reunidos un martes antes de noche buena en café parisino alguien preguntó al Maestro por su primera Navidad en suelo francés.
La recordó como recién exiliado de Chocoslovaquia, patria también de Kafka. Invitado por una familia francesa, cálida y organizada, la vivió para trascenderla. Encontró al apartamento suntuosamente decorado con árbol de navidad, luces titilantes, niños entonando villancicos y muchos regalos envueltos con esmero.
Alguien de la familia le preguntó con buena intención si esa atmósfera no le parecía “conmovedora”. Él sonriendo dio una inesperada respuesta que luego repetiría en conversaciones privadas: “La Navidad es el triunfo anual del kitsch: un acuerdo colectivo para no mirar lo que duele.”
Aclaró haberlo dicho con sinceridad, sin amargura. No le inquietaba la alegría de las personas, sino la obligación de estar alegre y proyectar alegría. De ver en esa fecha al mundo de los humanos como debiera ser, no como es; todos debían congelar por esa noche sus rencores, odios y frustraciones. Importaba expresar sin ambigüedad la armonía, lo sentimental navideño… Esa misma noche observó largo rato y en silencio a los demás. El resultado le resultó significativo: de la Navidad, le interesaba la enorme necesidad de consumir ficciones colectivas para soportar las canalladas de la realidad.
Alguien quiso saber la semántica del kitsch y el maestro lo explicó así: “Cuando el poder decora la realidad, la vuelve emocional y toda duda queda prohibida.” Las personas expulsadas de lo real se anestesian con una meta—realidad. El mundo como debería ser, sin conflictos ni dolores, solo hermandad bajo el imperio de un falso sentimiento.
Un agudo del grupo aseguró ver kitsch en cada 31 de diciembre. La gente se anestesiaba con el decorado de la fiesta y la emoción de la esperanza. Cíclica ficción, el nuevo año seguía tan canalla como el viejo.
Por mi parte, advertí el kitsch de la democracia colombiana en sus discursos electorales. Cada cuatro años decoraban lingüísticamente la Colombia ideal para siempre desplomarse en la dinámica de lo peor.
De nuevo Kundera insistió en el kitsch como estrategias del poder para orquestar realidades ideales y ocultar las caóticas, las infames. Consideró la ironía narrativa como la herramienta eficaz del escritor para destruir esas ficciones y poner evidencia verdades incómodas.
Un atento entre nosotros recordó una frase escrita por Kundera en su novela, “La insoportable levedad del ser”: “El kitsch es la negación de la mierda.”. Una realidad decorada, diría yo, para fabricar consuelos, sumisos y satisfechos.
