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Murió Miguel Ángel Bastenier, decano del periodismo de Iberoamérica

«Es el bruto más inteligente del mundo», dijo Gabriel García Márquez al conocerlo. Y lo eligió como uno de los profesores principales en la Fnpi.

Por Jorge Sarmiento Figueroa

‘Cómo se escribe un periódico impreso’ es el nombre del taller que dictó desde el año 2001 en Cartagena, Colombia, el consagrado periodista español Miguel Ángel Bastenier, quien falleció este viernes 28 de abril, en Madrid, España, a los 76 años de edad debido a un cáncer de riñón.

El taller de Bastenier era el más largo e intenso de todos los que organiza anualmente la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Fnpi. Un mes, de julio a agosto, en el que una veintena de jóvenes periodistas de varios países quedaban a merced de las rabietas más famosas del periodismo en Iberoamérica.

Bastenier se graduó como abogado, historiador, incluso como licenciado en Lengua y Literatura de la universidad de Cambridge, Inglaterra. Esos conocimientos los cargó como un caracol lleva su casa a cuestas, para aplicarlos al oficio que ejerció hasta la consagración: el periodismo.

La metáfora del caracol se la aprendí en el taller de la Fnpi. Tuve el inmenso privilegio de ser su estudiante en el año 2014, cuando la fuerza arrasadora de la era digital se había tomado el mundo, y el mismo Bastenier había decidido cambiar el título del taller. O más bien le agregó un apellido: ‘Cómo se escribe un periódico impreso o digital‘. Pero no fue solo un cambio de nombre; Bastenier convocó a su joven compañero de filas en el diario El País, de España, Bernardo Marín, quien ejercía en dicho medio como editor de la versión web, para que orientara ese capítulo de la redacción periodística digital en su taller con la Fnpi.

Los tiempos estaban cambiando y su edad también necesitaba apoyo. Bastenier, quien fue ganador del Premio María Moors Cabot, lo sabía y lo expresaba sin titubeos. «Ya yo estoy muy viejo y cansado, ustedes ya no tienen por qué soportarme». La idea de soportarlo era real, sus estudiantes se lo decíamos en vida, y varios lo recordamos así ahora en momentos de su muerte. Él se reía de nuestras quejas. Lo que ocurre es que soportarlo era el precio mínimo para retribuir sus impagables enseñanzas.  El primer día de taller nos decía que todo lo que hubiéramos aprendido en la universidad o en los medios, lo mandáramos al olvido.  Que si en esa primera semana de taller lográbamos escribir un ‘breve’ aceptable, algo podía él hacer con nuestras vidas.

Yo no logré hacer ni un breve. Ni una crónica. Bastenier, o ‘Baste’, como le llamamos generación tras generación, se desesperaba. El consuelo, si existía, era sentir cómo variaban los decibelios entre un compañero y otro. «A ti te gritó hoy más que a mí».

‘Baste’ hacía que cada periodista proyectara en pantalla su ‘breve’, luego la ‘crónica’, luego la ‘entrevista’, finalmente el ‘reportaje’. Luego él mismo iba leyendo uno por uno en voz alta. No se saltaba una línea, una frase, una palabra, un artículo, una coma. Podía durar media hora en una misma línea explicando porqué era un desastre lo que acababa de leer. Sus referencias eran de bibliotecas, de periódicos de esa misma mañana y de cualquier ciudad del mundo, o del ejemplar que había leído en la oficina de algún palacio presidencial. Sus conocimientos pisaban las calles de los innumerables lugares visitados, así como el barro de muchos campos. Entonces podía uno comprender, en esa sola línea y en esa media hora, el rigor, la disciplina, la filigrana, la pasión con que los mejores periodistas del mundo, los de su talla, se han hecho en la vida.

Miguel Angel Bastenier. Diario El País, España.

Iniciado en el periodismo en su natal Cataluña, pronto llegó a trabajar en el diario El País, de España, el más influyente del mundo en idioma español. Allí hizo una carrera ascendente hasta convertirse en subdirector en varios frentes, como el de Información y el de Relaciones Internacionales.

En los últimos años Bastenier convirtió Twitter en su sala de operaciones. En esa red, en la que llegó a tener la bicoca de 172.000 seguidores, continuó enseñando las bases del periodismo, sabiendo a la perfección que ahora estaba en el mundo digital, pero que para él lo seguía rigiendo el mismo principio: saber escribir.

Me despido con gratitud de su presencia -como lo están haciendo sus colegas, sus lectores y en especial sus estudiantes de varias generaciones de escuela del diario El País y de la Fnpi-, feliz de intentar una y otra vez poner de manera aceptable una palabra al lado de la otra. No aprendí a escribir un breve, mucho menos un obituario. Lo que sí aprendí de memoria es a llevar cada saber a cuestas, para usarlo cuando deba y pueda, como lleva su casa el caracol, como llevaba el mundo Miguel Ángel Bastenier.

 

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