La periodista y profesora barranquillera Soledad Leal analiza el caso del video de Carlos Ferro revelado esta semana, desde la óptica de la moral colombiana.
Por Soledad Leal
Soledad Leal. Periodista, Coordinadora de Posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Autónoma del Caribe.
Primera claridad: dos de mis mejores amigos de hace mucho tiempo son gays, de manera que nada en contra de un tercer, cuarto, o quinto sexo. Soy de las que creo que la libido tiene muy diferentes formas de expresarse y punto.
Segunda claridad: Vicky Dávila dejó de ser una periodista equilibrada hace mucho rato: desde el momento en que decidió convertirse en vocera oficiosa de un grupo político y económico. Me niego a hacerle aún más publicidad.
Se trata aquí de la institucionalidad, de la fortaleza ética y moral de nuestras instituciones fundantes, en este caso, el Congreso y el Ejecutivo, que nos representan en la organización democrática, y, de la Policía como la institución armada que se conecta directamente con nuestra vida civil. Era –hace rato- un secreto a voces el tráfico sexual en esas instituciones. ¿Quién confía a ojos ciegos en la Policía, en el Congreso o en el Gobierno? ¡Ningún colombiano! Somos una sociedad cínica, descreída, desencantada, individualista, en la que vemos por cada uno porque no existe el nosotros como sociedad, sino el individuo del “sálvese quien pueda”.
Feo y desafortunado incidente de la periodista a la que me niego publicitar, pero peor que el viceministro sostuviera un andamiaje de mentira ante su familia. El problema no es que sea homosexual; el problema es que no tenía carácter ni entereza moral para asumirlo y por eso hizo víctima desafortunada a sus hijos y su familia. No hay que ponerlo al revés.
Mis amigos gays, el uno vive soltero porque no quiere venderle mentiras a una mujer ni a una familia, y el otro lo asumió públicamente y vive hace años con su pareja. Una muy destacada ex estudiante mía es una líder Lgbti, y lo reivindica y visibiliza. Eso es lo correcto. No debemos convertir en “moda” la defensa de una comunidad que merece respeto porque sí, no porque seamos modernos, ni progresistas, ni avanzados. La “periodista” no debe ser el centro del debate –y antes por el contrario, es un distractor-. La historia y el contexto nos señalan que –por ejemplo- sería ingenuo creer que Otálora –el “Defensor” porno- actuaba así con tal desfachatez porque se creía único o especial. Desafortunadamente hacía uso del derecho de “pernada” que prácticamente ha perdurado en la mayoría de nuestras instituciones públicas y privadas, y según tal derecho actúan nuestros dirigentes. Ni es nuevo ni es mentira, sólo que ahora se amplifica en las redes sociales, y pretendemos escandalizarnos cuando se toca en público temas que criticamos en privado.
Igual el caso de la Policía y su corrupción, viejísimo tema de nuestras burlas y chistes de dudoso gusto. Lo que debe estar es discusión –repito- es la rectitud, la credibilidad y la fortaleza ética de nuestras instituciones y de sus funcionarios. Es el debate de la ética en Lo Público y Lo privado, y no debemos convertirlo en una discusión de moda.