Por Rafael Sarmiento Coley
El cordón umbilical de la política colombiana está conectado a un pozo de sangre. Desde las batallas libertarias para acabar con el yugo español hasta nuestros días, el conflicto, la violencia y la muerte han sido constantes en nuestra historia política.
El caso del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay es una muestra palpable de la incapacidad del país para dirimir las diferencias políticas de forma civilizada. También es una evidencia de la invencibilidad —o mejor dicho, del cinismo— de quienes aún prefieren apelar a las armas para llegar o mantenerse en el poder, en lugar de confiar en la fuerza de las ideas y el talento.
No debemos olvidar el origen de figuras tan oscuras como Pablo Escobar o los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela. Estos personajes emergieron de sectores íntimamente ligados al narcotráfico y terminaron infiltrando la política, generando una de las épocas más negras de nuestra historia.
Esa misma época que produjo magnicidios como los de Luis Carlos Galán Sarmiento, Carlos Pizarro Leongómez, el ministro Rodrigo Lara Bonilla, Bernardo Jaramillo Ossa, así como el exterminio sistemático de toda una colectividad política: la Unión Patriótica.
Esa historia aún tiene la sangre fresca. Y Colombia no puede darse el lujo de repetirla.
Evitarlo exige un sincero mea culpa, especialmente de parte de quienes aspiran a cargos de elección popular.
Lo más preocupante es que en la política actual siguen figurando personajes que atentan contra la democracia. Individuos que se valen de prácticas rastreras para calumniar a sus contrincantes, utilizando medios de comunicación aliados y su cercanía con organismos de control para perseguir opositores.
Este maridaje perverso busca reciclarse. La permanencia de este tipo de actores en la política solo nos hace retroceder a épocas tenebrosas: los tiempos de los chulavitas, el tristemente célebre “corte de franela”, los chusmeros, y la violencia bipartidista que desangró regiones como el Valle del Cauca. Todo ello narrado magistralmente por Gustavo Álvarez Gardeazábal en su novela Cóndores no entierran todos los días.
¿Cómo no recordar la sangre derramada en el pasado?
El asesinato de Rafael Uribe Uribe en 1914, cuando se preparaba para lanzar su candidatura presidencial, fue uno de los primeros magnicidios en la historia republicana. Murió a hachazos en plena Plaza de Bolívar, a manos de dos obreros manipulados y financiados por fuerzas oscuras. Lo mismo ocurrió décadas más tarde con Jorge Eliécer Gaitán, Galán, Pizarro, Jaramillo y los miles de miembros de la Unión Patriótica.
Hoy, con un presidente de izquierda en el poder por primera vez en la historia reciente, es urgente que el país —con sus instituciones de control y la fuerza pública— no solo evite que el caso de Miguel Uribe Turbay quede en la impunidad, sino que también exponga con claridad las manos criminales que quieren hacer política sobre un charco de sangre.
Y por eso es más importante que nunca que el pueblo colombiano abra los ojos y rechace, con firmeza, toda forma de violencia disfrazada de política.
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