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Miguel Patiño: el médico que convirtió la política en una batalla por la salud

Por Francisco Fidel Figueroa Turcios

Cuando Miguel Patiño culminó un capítulo de su vida como médico y servidor público de la salud, no cerró, en realidad, la puerta del servicio a la comunidad..(Serie: Miguel Patiño, la travesía en tres caminos diferentes (Final)

Miguel Patiño, había recorrido durante años los caminos de la salud pública y conociendo de cerca las necesidades de los atlanticenses desde los hospitales de Repelón, Soledad y Sabanalarga, escenarios donde dejó la huella de un profesional comprometido con quienes acudían a él en busca de alivio y esperanza.

La experiencia de Miguel Patiño, no se limitó al ejercicio de la medicina. También tuvo la responsabilidad de dirigir los destinos de la salud del departamento del Atlántico, una posición que le permitió conocer desde adentro las dificultades del sistema, las carencias de los hospitales y, sobre todo, las necesidades de una población que muchas veces encontraba en el médico de turno algo más que un profesional: un hombre dispuesto a escuchar y ayudar.

Nuevo desafío…

Fue precisamente ese recorrido exitoso por la medicina y de servidor público de Miguel Patiño el que terminó llevando a un grupo de amigos a plantearle un nuevo desafío.

Conocedores de las condiciones humanas de Miguel Patiño, de su sensibilidad social y de aquella vocación de servicio que había demostrado durante buena parte de su vida, sus amigos comenzaron a insistirle para que aceptara una candidatura a la Asamblea del Atlántico.

Miguel Patiño inicialmente tuvo que sopesar la propuesta. La política era un territorio diferente al de los consultorios y hospitales que había conocido durante tantos años. Pero había una razón poderosa para aceptar: seguir sirviendo.

Y Miguel Patiño no quiso defraudarlos. Aceptó el reto y se convirtió en candidato a la Asamblea del Atlántico para el período 2004-2008. Lo que ocurrió después fue una demostración de que aquella candidatura no había nacido simplemente de una estrategia electoral, sino del reconocimiento que una comunidad hacía de un hombre que ya había construido una historia de servicio.

La respuesta en las urnas fue contundente. La candidatura de Miguel Patiño tuvo una acogida extraordinaria y terminó obteniendo la mayor votación, convirtiendo aquel salto de la medicina a la política en una contundente expresión de confianza popular.

Miguel Patiño recuerda de aquella generación de diputados con una mezcla de orgullo y nostalgia. Considera que tuvo el privilegio de coincidir con profesionales de reconocida trayectoria y, sobre todo, con seres humanos de grandes condiciones, personas que llegaron a la Asamblea desde diferentes disciplinas y experiencias, pero que tenían algo en común: una profunda vocación de servicio.

Entre ellos recuerda a Elverth Santos Romero; Marietta Morado, Néstar Franco de Ferrer, Federico Ucrós; Margarita Balén, Camilo Torres, Raquelina Villa, Martha Villalba, Betty de Echeverría y Luis Eduardo Díazgranados.

Miguel Patiño había llegado a la Asamblea con una historia diferente a la de muchos políticos: no venía únicamente de los directorios electorales ni de las reuniones partidistas. Venía de los hospitales, de los municipios, de los barrios, de escuchar pacientes y conocer de primera mano las angustias de las familias que necesitaban atención médica.

Porque para él, cambiar la bata blanca por la investidura de diputado no significaba abandonar su vocación. Era, simplemente, llevarla a otro escenario.

La estampilla que dejó como legado

Hay hombres que llegan a la política buscando un cargo y hay otros que llegan a ella llevando consigo una historia de servicio. Miguel Patiño Díazgranados pertenecía a los segundos.

La medicina le había enseñado algo que después llevaría consigo al recinto de la Duma: detrás de cada estadística había un ser humano esperando atención.

En diciembre de 2004 ocurrió una circunstancia que cambiaría para siempre su paso por la Asamblea. Lilia Manga, presidenta de la corporación, solicitó permiso para ausentarse del país durante las dos últimas semanas de diciembre.

Miguel Patiño, quien ocupaba la vicepresidencia, tuvo que asumir transitoriamente la presidencia de la Asamblea del Atlántico. Quizás ninguno de los protagonistas imaginaba que aquella ausencia terminaría convirtiéndose en una de las páginas más importantes de la carrera política del médico.

Sobre la mesa estaba una iniciativa de enorme trascendencia para Barranquilla: la Ordenanza 070 de diciembre de 2004, relacionada con la creación de la estampilla pro-hospitales.

El Distrito de Barranquilla necesitaba contar con la facultad otorgada por el ente territorial competente —en este caso, la Asamblea del Atlántico— para hacer efectivo el cobro de la estampilla.

Era un asunto jurídico complejo. Y Patiño quedó en el centro de la discusión.

El diputado frente al laberinto jurídico

Foto: Carlos Rodado Noriega, Jorge Oñate y Miguel Patiño

La ordenanza fue debatida y aprobada por la Asamblea. Pero cuando llegó a manos del gobernador del Atlántico, Carlos Rodado Noriega, este se negó a sancionarla y la devolvió a la corporación.

Para cualquier diputado que apenas comenzaba su carrera legislativa, aquello podía convertirse en una derrota. Para Miguel Patiño se convirtió en un reto. Se puso a estudiar. Buscó asesoría. Revisó las normas. Consultó los procedimientos.

Y mientras más profundizaba en el asunto, más convencido estaba de que la iniciativa podía sobrevivir jurídicamente. Entonces apareció una circunstancia excepcional: en su condición de presidente encargado de la Asamblea, Patiño consideró que tenía la facultad legal para sancionar la ordenanza ante la negativa del gobernador.

Y tomó una decisión que terminó marcando su paso por la política: la sancionó. No era solamente la firma de un documento. Era una apuesta.

Miguel Patiño sabía que aquella decisión podía generar controversias, pero estaba convencido de que la iniciativa respondía a una necesidad fundamental: conseguir recursos para fortalecer la red pública hospitalaria de Barranquilla.

La ordenanza siguió entonces su curso hacia el Distrito, donde debía adelantarse el trámite correspondiente ante el Concejo Distrital, bajo la administración del alcalde Alejandro Char.Pero la historia estaba lejos de terminar.

La batalla llegó a los tribunales

La estampilla Prohospitales en el Distrito de Barranquilla encontró resistencia. Camacol y otros gremios cuestionaron jurídicamente la iniciativa y el caso terminó en los estrados judiciales.

Lo que había comenzado como un debate en el recinto de la Asamblea se convirtió en una disputa jurídica que llegó hasta el Consejo de Estado. Hubo reparos. Hubo correcciones. Hubo que volver sobre el texto. La Asamblea tuvo que perfeccionar la ordenanza en varias oportunidades.

Fueron tres momentos de revisión y ajuste en la Asamblea del Atlántico. Para algunos, aquella sucesión de obstáculos podía ser suficiente para abandonar la pelea. Pero Miguel Patiño ya estaba comprometido con ella.

Había dejado de ser simplemente el diputado que había asumido temporalmente la presidencia. Se había convertido en uno de los principales defensores de una herramienta que podía producir recursos para la salud pública.Y siguió adelante.

Con el paso del tiempo, aquella iniciativa terminó abriendo el camino cuando el Tribunal Administrativo del Atlántico avaló la legalidad de la ordenanza para hacer realidad el cobro de la estampilla Pro-Hospitales en Barranquilla. Sin duda un gran legado de Miguel Patiño para el sector salud en el Distrito de Barranquilla.

Segundo periodo…

Foto: Eduardo Verano y Miguel Patiño

El éxito electoral de Patiño no terminó con sólo el primer período en la Asamblea del Atlántico. Nuevamente por solicitud de sus amigos liderado por Inès Gòmez de Varga, Volvió a aspirar a la Asamblea del Atlántico para el período 2008-2011.

Y Miguel Patiño, volvió a recibir el respaldo de los electores. Su reelección confirmó que su primera experiencia no había sido un accidente político. Había construido una relación con la comunidad.

Había dejado resultados. Había demostrado que podía desenvolverse en un escenario que inicialmente le era extraño. Pero mientras su carrera política avanzaba, otra historia comenzaba a escribirse en silencio. Una historia mucho más íntima. Mucho más dolorosa. La enfermedad.

Miguel Patiño: 15 años frente a una enfermedad implacable

Cuando Miguel Patiño pisaba con paso firme los pasillos de la Asamblea del Atlántico durante su segundo período como diputado, nada parecía presagiar que el destino estaba preparando para él uno de los combates más difíciles de su vida.

Miguel Patiño había llegado a la corporación departamental después de una trayectoria construida entre la medicina, el servicio público y la política. Había recorrido hospitales, conocido de cerca las necesidades de los pacientes y convertido su vocación de servicio en una bandera política.

Pero entonces apareció un enemigo que no podía enfrentar desde una tribuna, ni con discursos, ni con proyectos de ordenanza. Una trombosis venosa profunda en la pierna izquierda comenzó a cambiarle la vida. Después llegaron tres hernias lumbares, acompañadas de intensos dolores y de una dificultad cada vez mayor para caminar. Y, posteriormente, la fibromialgia severa terminó de convertir aquella batalla en una lucha cotidiana contra el dolor y las limitaciones físicas. El hombre que había recorrido hospitales, barrios y municipios comenzó a vivir una realidad completamente diferente.

Ya no se trataba de atender al paciente. Ahora era él quien debía convertirse en paciente. Ya no era el médico que escuchaba las dolencias de otros. Era Miguel Patiño quien tenía que aprender a convivir con las suyas.

Las enfermedades fueron alejándolo progresivamente de las actividades públicas y privadas. La política quedó atrás. La vida pública quedó atrás. También quedaron suspendidos muchos de los proyectos que todavía tenía por delante.

Han transcurrido aproximadamente 15 años desde que comenzó este largo proceso. Quince años que pueden medirse en tiempo, pero que para quien padece una enfermedad crónica se miden de otra manera: en días buenos y días malos, en pequeñas victorias, en recaídas, en silencios, en esperanzas y en la capacidad de levantarse nuevamente cuando el cuerpo parece decir que no.

La ley de la vida que no falla…

Foto: Sara, Miguel Àngel y Miguel Patiño

Miguel Patiño también tuvo que conocer, en carne propia, una de las más duras ironías de la vida: la amistad que muchas veces llega de la mano del poder y desaparece cuando el poder se acaba, sólo queda el núcleo familiar.

Mientras ocupaba los cargos en el sector público y después la curul en la Asamblea del Atlántico, los teléfonos no dejaban de sonar. Las puertas permanecían abiertas. Los amigos aparecían. Las visitas eran frecuentes. Su palabra tenía peso y sus directrices eran escuchadas.

Y entonces descubrió otra realidad. Una realidad quizá más dolorosa que la propia enfermedad. —Resulta increíble comprobar que, cuando ya no eres diputado, además enfermo y sin grandes recursos económicos qué ofrecer, nadie te contesta ya el teléfono y menos hacen caso de tus directrices —recuerda Patiño.

Lo dice con la serenidad de quien ha tenido demasiado tiempo para observar cómo cambian las relaciones humanas cuando desaparecen los cargos, las influencias y las posibilidades de ayudar desde una posición de poder.

Y Miguel Patiño continúa:—Eso es terrible y lo hacen sin asco, sin vergüenza. Se cambian con una rapidez vertiginosa y no recuerdan todo lo que en el pasado hiciste por ellos.

Pero cuando aquella posición desapareció, también desaparecieron muchos de aquellos rostros. Los teléfonos dejaron de sonar. Las visitas se hicieron cada vez menos frecuentes. Las voces que antes respondían con rapidez comenzaron a guardar silencio.

Durante 15 años, mientras el mundo exterior continuaba su marcha, Miguel Patiñol tuvo tiempo para pensar en ello desde la quietud forzada de su apartamento y desde las habitaciones de las clínicas.

Había conocido el poder. Había conocido la enfermedad. Y también había conocido la ausencia. Quizá por eso cuando habla de esta etapa no necesita levantar la voz. Le basta una frase:»Ley de la vida que no falla.”

Una frase corta, pero cargada de una experiencia demasiado larga. Porque el poder es pasajero. Los cargos tienen fecha de vencimiento. Las influencias se evaporan. Los teléfonos dejan de sonar.

Y cuando llega la enfermedad, cuando ya no hay nada que ofrecer y tampoco existe una curul desde la cual abrir puertas, queda solamente una pregunta incómoda: ¿cuántos de aquellos que estuvieron a tu lado estaban realmente contigo?

Miguel Patiño decidió comenzar de nuevo

En medio de aquella vida marcada por el servicio, por los hospitales, por las responsabilidades profesionales y por el contacto permanente con el dolor humano, Miguel Patiño también sintió la necesidad de mirar hacia adentro. Y en ese viaje interior tomó una decisión que marcaría profundamente su existencia: convertirse y bautizarse en la Iglesia Adventista.

“Al convertirme y bautizarme en la Iglesia Adventista experimenté una sensación interior muy profunda: la de sentirme limpio, sin pecados, como si comenzara una vida nueva”, sentencia Miguel Patiño.

Para Miguel Patiño, entrar al agua y salir de ella tuvo un significado mucho más profundo que el rito mismo. Fue, según sus propias palabras, una experiencia de arrepentimiento sincero, pero también de liberación y esperanza. Era reconocer los errores, desprenderse de aquello que consideraba mundano y entregar su vida a Cristo.

“Sentí que dejaba atrás todo aquello que pertenecía a lo mundano y que mi mirada debía estar siempre puesta en Jesús”, afirma Miguel Patiño.

A partir de entonces, su fe comenzó a ocupar un lugar fundamental en su manera de entender la existencia. El bautismo significó para él un nuevo nacimiento espiritual: sentirse perdonado, renovado y dispuesto a caminar por un sendero de fe, obediencia y transformación.

Pero aquella decisión religiosa no quedó encerrada en las paredes de un templo. Miguel Patiño la llevó consigo a los lugares donde había construido buena parte de su vida: los hospitales, los consultorios y los escenarios donde debía enfrentarse diariamente al sufrimiento de los demás.

“Mi bautismo representó para mí un nuevo nacimiento espiritual: sentirme perdonado, renovado y dispuesto a vivir con los ojos puestos en Jesús, procurando cada día sentir y reflejar su amor y sus enseñanzas con los demás y en los diferentes hospitales” reconoce Miguel Patiño.

Música cristiana, nueva expresión..

Miguel Patiño: después de haber recorrido los caminos de la música vallenata, primero como cantante y fundador de Las Estrellas Vallenatas, terminó encontrando en la música cristiana una forma distinta de expresión, marcada por la fe, la reflexión y la espiritualidad.

El dato de que estas grabaciones se realizaron en 1994 y 1995, junto a su hermano y gran amigo Miguel Meneses, con el pianista y productor José Rojano, permite construir un capítulo muy significativo de su vida.

Los himnos que mencionas fueron: A través del dolor, Diga yo, Huye cual ave, Èl te puede cargar y Todo es posible.

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Canción » Él te puede cargar» interpretado por Miguel Patiño y Miguel Meneses

Primero estuvo el vallenato, con sus escenarios, grabaciones y experiencias en las casetas de la Costa; después vino la medicina y el servicio público; y finalmente, la música cristiana, en el seno de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, donde la canción dejó de ser solamente una expresión artística para convertirse también en una manifestación de fe.

La dimensión espiritual puede convertirse en uno de los capítulos más profundos de la historia de Miguel Patiño, porque no aparece como un elemento accesorio, sino como un refugio construido en medio de años de enfermedad, dolor y adversidad.

Así, en la historia de Miguel Patiño, la medicina, la política y la música terminan encontrándose con la fe. El hombre que durante años estuvo acostumbrado a luchar por la salud de otros tuvo que librar después su propia batalla contra la enfermedad. Y en ese combate íntimo Miguel Patiño encontró en Cristo el lugar donde aferrarse cuando las fuerzas humanas parecían agotarse.

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