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Migración de menores, un drenaje inaceptable

El número de niños centroamericanos migrantes no acompañados, principalmente de Honduras, El Salvador y Guatemala, que cruzan la frontera México-Estados Unidos, ha superado ya más de los cincuenta mil.

Por Nelson L. Turcios*

Nelson Turcios.

Se estima que el número total de estos migrantes puede alcanzar casi cien mil para fines de septiembre de este año. Las edades de algunos de estos niños han sido tan solo de cinco años de edad. La mayoría emprende esta peligrosa odisea huyendo de la pobreza, inseguridad y violencia de las pandillas y como única y ansiada oportunidad de reencontrarse con sus familias.

Niños deportados por los Estados Unidos.

El éxodo de menores a Estados Unidos tiene causas socioeconómicas y demográficas. Más de la mitad de estos migrantes representa una población joven –15 y 24 años de edad– sin oportunidades de educación elemental, mucho menos de educación superior, lo cual limita las posibilidades de progresar económicamente. La pobreza continúa siendo devastadora y las oportunidades laborales, aunque han aumentado, todavía no se extienden a los sectores más vulnerables.

El Salvador recibe mensualmente casi 2,500 repatriados. Cuando estos menores regresan al país, no encuentran ningún soporte social, son estigmatizados por la deportación y probablemente forzados a involucrarse en actividades ilegales. El costo del éxodo y repatriación es simplemente exorbitante.

Niños en extrema pobreza.

Todos reconocemos que la pobreza es la causa principal de nuestros problemas. Naciones Unidas reporta que casi uno de cada dos salvadoreños vive en condiciones de extrema pobreza y que dos de cada tres viviendas carecen de los servicios más básicos para vivir dignamente. Esta pobreza sofocante ha precipitado una masiva migración y la resultante ruptura del núcleo familiar, ahora reflejada en la desesperación de menores que se ven forzados a migrar.

Hogares quebrados continúan creando hijos agresivos y violentos. Las cárceles salvadoreñas rebasan con más de 27,000 reclusos, en su mayoría, adolescentes y hombres jóvenes pobres y sin educación, para quienes hoy es como ayer, un mundo sin mañana.

Organizaciones internacionales de programas para la niñez establecen que los países deben destinar por lo menos un 10% del Producto Interno Bruto (PIB), a proyectos para ese sector. El Salvador invierte un mísero 3% del PIB, lo que se traduce en menos de $1 por cada niño diariamente, destinado para educación, salud, cultura, deporte, recreación y protección social. Para comparar, Costa Rica invierte $7 por niño diariamente. Invirtiendo en nuestra niñez es invertir en la formación de futuros ciudadanos productivos en nuestra sociedad.

Estos niños se quedaron solo en los Estados Unidos cuando sus padres fueron deportados.

Algunos de estos problemas que ahora estamos confrontando reflejan la falta de visión futurística de la dictadura militar y de la percepción infundada de gobiernos derechistas que la siguieron, de visualizar al salvadoreño nativo educado como un enemigo potencial al sistema económico imperante. Trágica experiencia para aprender.

Existe optimismo en que el gobierno de Sánchez Cerén con su reforma fiscal desarrollará programas para realmente eliminar o aliviar la pobreza. Sin embargo, para lograrlo, es indispensable la cooperación de los medios de comunicación y del pueblo salvadoreño en general, incluyendo los hermanos lejanos, quienes deben demandar que un porcentaje significante de las remesas debe invertirse en programas socio-educativos y minimizar ese asfixiante consumismo. Todos debemos aceptar la responsabilidad moral con ese enorme segmento de nuestra población –los pobres– excluidos económica y socialmente, para facilitarles una vida digna y decente. Combatiendo la pobreza ayuda a solucionar otros problemas como la violencia.

*Médico, notable neumólogo salvadoreño.

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