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“Mi papá Crucito González no era tan malo como lo pintan”

Michelle González Ocampo tenía 7 años cuando acribillaron a su padre en la puerta de ‘Champagne Vallenato’ el 14 de noviembre de 1998. 

Por Rafael Sarmiento Coley, Director

Han pasado 17 años y todavía Michelle González Ocampo tiene el muñequito de felpe que su papá le compró el 11 de noviembre de 1998 para que lo empacara en la maleta porque toda la familia viajaba de vacaciones a Cartagena el sábado 15.

Michelle González narra la parte buena de su padre y los sufrimientos que han afrontado.

“Yo era una niña. Tenía 7 años. Mis hermanos Cristian Manuel y Cristian Alfonso, quienes son mayores que yo,  y mi mamá Liliana Ocampo Campiño, estábamos felices. Porque los viajes con papá eran una delicia. Por eso me empeñé en que se publicara una imagen distinta a la que han divulgado de mi padre, porque él no era tan malo como lo pintan”, afirma Michelle González Ocampo.

Hoy ella, su mamá, sus hermanos Cristian Manuel y Cristian Alfonso, viven un poco más tranquilos. “Han pasado esas noches de llantos y zozobra. Tuvimos que viajar de una ciudad a otra. Medellín, Bogotá, Pereira y por último nos refugiamos en Chile, porque las amenazas no cesaban”.

Michelle se siente muy tranquila con su tía Lucy Orozco González. Vive en su casa y se siente como cuando vivían todos juntos. Con respecto a la imagen cruel que ha quedado de su padre, asegura que “sabemos que él andaba en esos malos negocios. Pero era el mejor padre del mundo. Él era el sostén de mi casa, de mis tías, de mis abuelas, inclusive, su mamá, Aurora Pérez, que lo abandonó muy niño, siempre contó con su ayuda. Patrocinaba equipos de fútbol en La Floresta, Carrizal, El Bosque. Ayudaba a cuanto conjunto vallenato venía a la casa a pedirle colaboración. Lo mismo que a varios de los humoristas. Por eso es que a él lo mencionan en numerosas canciones”.

Crucito y su esposa Liliana Ocampo.

Michelle recuerda que, muy niña, acompañaba a su papá, su mamá y sus hermanos a repartir regalos en Navidad y Año Nuevo  a los niños pobres en numerosos barrios de Barranquilla, porque, según ella, “detrás de ese Crucito González que pintan como un monstruo, había un ser humano bueno, sensible y con un corazón grande para ayudar al necesitado y llenar de amor a su esposa e hijos. Durante una cena, una semana antes de la masacre, nos anunció que ya pensaba retirarse de todo eso y radicarnos lejos de aquí, en una finca, quería ser ganadero, decía que apenas tenía 37 años y podía empezar de cero en un proyecto de vida legal con toda la familia”.

La cara oscura de Crucito

*El Molleja todavía sale a la calle mirando hacia todas partes como corredor de béisbol embasado en segunda. “Viejo man, es que la muerte anda por ahí suelta de madrina todavía. Aunque ya a todos los que nos dieron bala los pasaron al papayo. No queda ninguno vivo. Yo me salvé de tres atentados. De vaina estoy aquí con usted echando el cuento”.

«Yo tenía 7 años cuando mataron a mi papá. Y lo recuerdo como si fuera hoy», dice Michelle González en diálogo con www.lachchara.co

De los escoltas y sicarios de confianza de Cruz Antonio González, los de más confianza fueron alias ‘El Pitu’, ‘Lino’,  ‘Caraeperro’, ‘Guacamayo’ y ‘El Molleja’.  A la mayoría los mataron en el atentado a las 2:45 de la madrugada del viernes 14 para amanecer 15 de noviembre de  1998. A otros los fueron acribillando después de aquella noche fatídica con saldo de nueve muertos y cinco heridos. Entre las víctimas cayeron una hermana de Crucito, Natali Margarita y varios de sus escoltas.

*El Molleja dice que se salvó de milagro “ya que el patrón me envió en la avanzada porque al día siguiente él viajaba con toda la familia en plan de descanso. Pero uno de los compañeros sobrevientes (después lo mataron en otro atentado), me contó que eso fue terrible. Una patrulla de la policía que estaba asignada para rondar la zona en donde quedaba la discoteca Champagne Vallenato, había sido sobornada previamente por el grupo de Los Alcatraces, que tenía base en Santa Marta dirigida por un tal Mauricio y tenía un contacto en Barranquilla. Un tal ‘Chicho’. Entonces, cuando llegaron Crucito y sus familiares, amigos y escoltas, la patrulla estaba en la puerta y les exigió que todas las armas las dejaran en la camioneta. Porque a la discoteca no podían entrar armas”.

Los celadores sospechosos del baño

Recuerda *El Molleja que su compañero “empezó a sospechar de que les tenían una trampa porque cada vez que él o alguien del grupo nuestro iba al baño, detrás iba alguien de los que estaba en una mesa cercana a los baños. Eran cuatro hombres sin mujeres. Entonces el compañero le avisó a Crucito de la situación. Cuando ya él estaba un poco tragueado, a las 2:45, le pidió a Rangel Navarro, el dueño de la discoteca, que lo acompañara hasta la camioneta. Crucito pensaba que, al salir del brazo del dueño de un negocio de tanto renombre en Barranquilla, no se iban a atrever a disparar. Qué va. Esos tipos eran unos matones sin alma”.

Crucito y abajo Lilliana con sus hijos.

Asegura *El Molleja que Crucito era “una bacanería, un patrón buenísimo, para qué le voy a mentir. Yo era de su confianza. Me ayudó mucho económicamente y me obligó a comprarles una casa a mis hijos y a mi mujer, a quienes tenía un poco abandonados. Pero, hermano, la vida da más vueltas que un trompo loco. Hoy mis hijos son los que me mantienen y mi mujer ahora me pechicha. ¡Para que usted se orine de la risa!. Yo a Crucito le tenía mucho cariño. Le conocía su historia. De niño fue vendedor de pan. Luego cobrador en los buses urbanos. Hasta cuando fue reclutado como mensajero por Orlandez Gamboa, alias ‘El Caracol’. Y ahí empezó”.

Ascendió, gracias a su audacia y valor para entrompar a los más guapos de ese bajo mundo. Pronto fue admitido como ‘recaudador’ de cuentas casi perdidas. Además de ‘El Caracol’, era solicitado por Carlos Castaño y Salvatore Mancuso para cobrarles a deudores morosos y desafiantes.

El cartel samario de Los Alcatraces debía a Carlos Castaño y a Mancuso una cuantiosa suma de dólares por dos embarques de coca hacia Estados Unidos. Dice *El Molleja que ninguno de los cobradores que fueron a cobrarles lograron el pago. Entonces apareció Crucito en el escenario y recaudó la plata.

Los Alcatraces quedaron cabreros con Crucito, y le organizaron la trampa. Lo mataron. Pero a los dos días vinieron de Medellín y Montería escuadrones bien armados que fueron matando uno a uno de los que mataron a Crucito. “No se salvó nadie, compa, nadie, ni para echar el cuento. En esos días el balín zumbaba bajito y a mí me faltó que me metiera bajo tierra porque me buscaban como aguja en pajal. Me salvó un grupo de Mancuso que me sacó escondido hacia una finca de Castaño en las montañas de Córdoba”.

*El Molleja es un seudónimo, usado por solicitud de la fuente de no revelar su identidad.

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