El Parkinson fue letal con él: en sólo tres meses se lo llevó a la tumba. Nadie le pudo ver realizado el sueño de disfrutar una silla de ruedas.
Por Francisco Figueroa Turcios
Lo advertimos a tiempo el 30 marzo pasado aquí en el portal web La Cháchara.co: Martín Cañate Cassiani, quien fue durante veinte años el responsable de mantener impecable la grama del estadio Romelio Martínez, y gracias a su carisma y ardua labor logró ganarse el afecto de técnicos, jugadores y afición juniorista que lo consideraban como un referente de la institución barranquillera, se encontraba con la salud bastante deteriorada.
Martín Cañate murió con la ilusión de que Junior le regalara una silla de ruedas.
Nadie prestó atención. Los dueños de Junior ni se dieron por enterados. El gerente, los viejos jugadores que lo vieron tantas mañanas empujar con sacrificios superiores a sus fuerzas físicas el enorme rodillo de hierro para afirmar la arena encima de la cual sembraba con amor y cuidado la mejor grama que jamás pudo tener el Romelio Martínez antes de que Enrique Chapman acabara con él.
Carlos Ricardo, que vive enterado de todo lo que le sucede a exjugadores y exservidores de Junior, sobre todo que vio trabajar como un esclavo a Martín Cañate para mantener la grama, tampoco se dio por enterado. O Carlos Ricardo ignoró a Cañate a su suerte.
Hace tres meses lo sorprendió el Parkinson, que le afectó el caminar, por lo que permanecía sentado en una mecedora, con las piernas subidas en una silla plástica, pero mantenía la lucidez.
Ante la imposibilidad de movilizarse por la afectación del Parkinson, Concepción Torres de Cañate, esposa de Martín, clamó por un silla de rueda para que tuviera una mejor calidad de vida, por cuanto el viejo Martín ya no soportaba seguir sentado en una vieja mecedora.Y como todas nuestra glorias, murió en el olvido. Nadie del Junior fue siquiera a visitarlo. Nadie de otra entidad local atendió al clamor cuando se le solicitó apoyo para la silla de ruedas del hoy difunto Martín Cañate. El viernes 17 de abril lo sorprendió un paro cardio-respiratorio que acabó con su vida a los 83 años de edad. A esa avanzada edad, Martín mantenía intacta su memoria y la vista, lo que le permitía disfrutar de los partidos del Junior. El viernes en la mañana recordó que al día siguiente era el partido de Junior contra Nacional, en Medellín. El inesperado cardio-respiratorio le impidió ver por televisión el partido. El jueves, como de costumbre, le pidió a Concepción que estuviera lista para el sábado para este clásico. «Él siempre acostumbraba a dar el vaticinio de cómo sería el marcador. Ese jueves él me dijo: ‘Concepción, Junior le saca un punto al Nacional. Siempre nos ha ido bien allá. 2-2 es mi marcador’. Confiesa Concepción Torres de Cañate que se quedó de una sola pieza el sábado al finalizar el partido 2 a 2. «Me dolió no tener los recursos para comprarle la silla de rueda, ni contamos con el apoyo del Junior, ya que la pensión que recibía era muy escasa, pero estoy tranquila porque le dimos todo el amor hasta el último día de su vida», agregó.
Fue un juniorista de siempre. Entró a trabajar en el equipo el 27 de noviembre de 1972, inicialmente en oficios varios, recomendado por su paisano Cipriano Cáceres, quien tenía una gran amistad con el gerente del onceno rojiblanco, Celio Villalba, ya que él era el jardinero de su familia.
La pasión por su sencillo trabajo
Durante 30 años Martín Cañate tuvo que rodar esta masa de hierro en la gramilla del estadio para mantenerla verde y bonita.
En el año 1973, cuando asumió la gerencia del Junior, el locutor Abel Gónzalez Chávez lo interrogó sobre las funciones que desempeñaba y Martín aprovechó para señalarle que su fuerte era jardinero. Abel no dudó un segundo en aprovechar esa fortaleza del diminuto palenquero y le entregó el reto de mantener impecable la gramilla del estadio Romelio Martínez, que para esa época lucía reseca.
Simón Char, directivo del Junior, era un obsesionado con la gramilla del estadio, por lo que iba todas las mañanas a observar el trabajo que adelantaba Martín Cañate.“Uno de los secretos para mantener esta grama en perfecto estado es echarle abundante agua, pero había un contratiempo. Revisé la tubería para saber por qué no funcionaba bien. La conclusión fue una tremenda frustración: era una tubería vieja, podrida, rota. Le dí el diagnóstico a Don Simón. No me hizo ningún comentario. Al día siguiente la comenzaron a cambiar”, recordó Martín Cañate, al portal www.lachachara.co el 28 de marzo de 2015, en último trabajo periodístico que se le hizo en vida.
Martín Cañate, de origen campesino y con el gen de cultivador, nació con el don para ser un excelente jardinero. Pudo haber sido un campeón mundial de boxeo. O un exitoso beisbolista. “Pero es que, nojoda, la vida te va guiando por caminos invisibles, y por otra parte a mi, te voy a decir la verdad, no me gustaba esa vaina del boxeo, pese a haber nacido en la tierra de tres campeones mundiales: Antonio Cervantes ‘Kid’ Pambelé, Ricardo y Prudencio Cardona. Yo digo que por esa vía la vida me hubiera noqueado en el primer combate. Porque eso no era lo mío”.Nació el 11 de noviembre de 1931. A los 10 años se vino a vivir a Barranquilla, al Barrio Bajo Valle, sector donde predomina la población palenquera. Es un pedazo de África en Barranquilla. “Es la agrupación de barrios donde vive el grueso de mi gente negra, del afrodesciente luchador y heroico como Benkos Biojó”, dice con gallardía Cañate.
Aprendió el arte de jardinero trabajando en la casa de la familia Gómez Negrinis. “Yo no diría que es arte. Es un oficio que Dios me dio para que me defendiera en la vida. Y me defendí bien. Creo”.Desde cuando Abel González le encomendó la dura tarea de convertir la grama del estadio Romelio Martínez en una de las mejores del país, tomó en serio esta misión y a fe que a cabo de poco tiempo lo logró. Pero lo más difícil era mantener ese nivel. “Comencé a trasplantar placa por placa, cuando había la necesidad de hacerlo; en otro sector que estaba afectado por maleza especialmente el coquito, por lo que me tocó arrancar planta por planta para tener el cuidado que saliera con toda la raíz y así tener la certeza que no volviera a nacer. Rellenaba los huecos y nivelaba el terreno de juego. Porque ¡ay mi madre que quedara un huequito por ahí y se le fuera el pie a un jugador! Le aseguro que si eso hubiera llegado a suceder a mí me mandan pal carajo”. Esa fue la fórmula que utilizó Martín Cañate para poner en optimas condiciones la grama del estadio Romelio Martínez y convertirlo en una de las mejores del país.Otro secreto que revela Martín es la forma del corte del gramado que debía hacerse bien temprano antes que saliera el sol, para de inmediato proceder a regarlo con abundante agua. A Martín Cañate cuando tenía que nivelar el terreno de juego le tocaba duro, debido a que lo hacía con un viejo rodillo. “Oiga, ni para qué le cuento, ese puto rodillo sí me sacó callos. Fue en el dominio de dicha mole de hierro donde debí emplear todas las fuerzas para cumplir mi labor”.