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Maracaibo en una palabra: desolación

A kilómetros a la redonda no hay un alma, no hay un carro, no hay una tienda abierta, no hay un pájaro en el cielo. Parece que el sol se hubiera quedado solo en la ciudad.

Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa

Adónde fue a parar Maracaibo. Es como si en un instante la ciudad y sus habitantes hubieran desaparecido. Una desolación como esta únicamente sería posible en las películas del lejano oeste norteamericano, en las que el polvo y los musgos muertos son arrojados a su suerte por el viento, entre calles de pueblos perdidos donde nadie es capaz de habitar.

A kilómetros a la redonda no hay un alma, no hay un auto, no hay una tienda abierta, no hay un pájaro en el cielo. Un periódico del día se deshoja en el andén sin que nadie lo lea, el titular más destacado a seis columnas reza: «Venezuela derrotó a la desnutrición». Tampoco se ven niños.

Un profesor universitario espera con ilusión, casi con ansiedad, a sus estudiantes que provienen de Colombia. Él los asesora en unos proyectos, ellos le pagan en pesos colombianos. El profesor tiene un título profesional en la universidad del Zulia, allí mismo tiene dos especializaciones, una maestría, un doctorado y un posdoctorado. Gana casi 20.000 bolívares mensuales, que en otro tiempo sería el buen salario de una familia clase media, pero que en estas circunstancias de extrema crisis nacional, no alcanza para sobrevivir. Por eso el profesor busca desesperado otras maneras de hacer el quite a la economía y las encuentra asesorando a estudiantes que paguen en moneda extranjera. Es su forma de sacar adelante al hogar sin caer en la corrupción que tiene a Venezuela como uno de los países con mayor nivel de inmoralidad en el sector público. Ocupa el puesto 161 de los 174 países analizados el año pasado por la Organización para la Transparencia Internacional. Es claro que en el sector público hay quien pida dinero a cambio de hacer algún trámite al sector privado. Y ahí pecan ambos. Mejor dicho, ahí todos están untados de mugre hasta el galillo.

Se puede recorrer la urbe sin toparse con nadie porque la gente no tiene dinero para comprar, y quienes lo tienen no pueden adquirir nada: los concesionarios de automóviles no tienen ni los letreros encendidos y sus mostradores están vacíos, los almacenes de ropa lucen en sus vitrinas unos cuerpos percudidos de maniquíes desnudos.

Apenas arriban a Maracaibo, los estudiantes comprenden porqué la noche anterior cuando estaban en la fila para subir al bus que los traería desde Barranquilla, vieron que todos los pasajeros llevaban hasta dos o tres maletas llenas de artículos de primera necesidad. También comprenden porqué el asistente del chofer del bus los despertó con un grito en la profundidad de la noche para avisarles que habían llegado a la frontera y que la guardia venezolana costaba mil bolívares. «O recogen el dinero entre ustedes o nos quedamos por lo menos dos horas a que estos manes nos esculquen las maletas».

Cada colombiano que lleva pesos colombianos y los cambia por bolívares en la frontera de Paraguachón, pasa a ser de inmediato un millonario. Y también se convierte en una posible víctima de la inseguridad que no da tregua en la capital del Estado del Zulia. Mil bolívares equivalen a doce mil pesos. Muy poco. Pero en Venezuela sirve para tranzar de una sola mordida a varios guardias de policía de fronteras. Esos mil bolívares son además la fórmula para que pasen sin revisión toda clase de productos de primera necesidad que escasean en Maracaibo. Allá no hay leche, papel higiénico, café, champú, jabón. No parece haber nada. Ni siquiera gente. Como están las cosas todo tendría que ser llevado desde fuera para que la ciudad pudiera vivir.

-¿Dónde está la gente de Maracaibo?-, le preguntan los estudiantes cuando por fin encuentran a su profesor. Él ve en sus rostros la expresión desolada y entiende que esa puede ser la sensación que la ciudad causa a los visitantes primíparos. -Están haciendo filas en los supermercados-, les contesta.

Y en efecto, alrededor de los supermercados hay decenas, cientos, miles de personas que hacen filas para entrar. Se agolpan desde cada noche y hacen vigilia hasta el día siguiente. Entran, compran lo que haya, que no lo adquieren para su consumo sino para salir a venderlo a la frontera, en donde les pagan en pesos y precios colombianos, y luego vuelven a hacer las interminables filas para completar así un círculo vicioso al que coloquialmente denominan «bachaqueo».

Por ahora la crisis no parece tener fin, ni tampoco parece que haya llegado al fondo. Cada día las noticias de protestas en Venezuela crecen como la inflación. Muchos empresarios y extranjeros que allí vivían han salido despavoridos. Pero los venezolanos que viven de su empleo y tienen todos sus ahorros en bolívares no pueden dar el giro así de fácil. Si se calcula el salario de diez años del profesor que asesora tesis colombianas, serían dos millones ciento sesenta mil bolívares (2.160.000). Es decir, habría trabajado una década para llegar a Colombia en este momento con 25 mil de pesos.

Hasta allá ha ido a parar Maracaibo, una desolación en donde el sol -que por estos días de fuerte verano quema a 48°- es el único que parece haberse quedado.

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