Ahora se convertirá en la prolongación por siempre del espíritu del Premio Nobel de Literatura, como reconocimiento por haberlo sacado del anonimato por su poca estima como maderable.
Por Rafael Sarmiento Coley
Martha García Potes (derecha) y Remedios La Bella, una sobrina de Martha, siembran el primer Macondo en Aracataca.
“Me siento Latinoamericano de cualquier país, pero sin renunciar nunca a la nostalgia de mi tierra: Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra. (Gabriel García Márquez).
Ese día que regresó Gabo a Aracataca acompañaba a su mamá doña Luisa Santiaga Márquez, a vender lo que quedaba de la solariega casa de sus abuelos, en donde él nació el 6 de marzo de 1927. En Ciénaga abordaron el tren que traqueaba como un diablo, y, al pasar por una finca bananera, Gabito, que iba en la ventana del destartalado esqueleto de hierro rodante, vio la tabla clavada en un árbol con el nombre de la finca: ‘Macondo’.
“¡Mamá, ¡qué es macondo!”, grito. Doña Luisa, con su calma de siempre, respondió:
“Hijo es el nombre de un árbol silvestre que nace mucho por aquí, es poco apetecible porque su madera es algo blanda y solo sirve para hacer bongos, banquetas, cucharones para menear el sancocho…¡Aah! Y produce una flor muy bonita y da mucha sombra”.
Desde ese día a Gabriel José de la Concordía García Márquez, mejor conocido en ese entonces por sus familiares y amigos simplemente como Gabito, se le metió entre ceja y ceja que ese sería el nombre del pueblo en donde se desarrollaría ‘Cien Años de Soledad’, su obra cumbre.
Que no muera la leyenda
No es un árbol de rancio abolengo. Lo importante es que da sombra, tiene larga vida y fue inmortalizado por Gabo en ‘Cien años de soledad’.
Martha García Potes es una abogada nacida en Aracataca, a tres casas de donde nació mucho antes Gabriel García Márquez. Como toda mujer inteligente e inquieta, quiso saber el motivo y la razón de elevar a la categoría de inmortalidad un árbol común y corriente.
De eso hace varios años. Con la ayuda de su esposo (un célebre urólogo barranquillero), sus tías, sobrinas y familiares de Gabo se dieron a la tarea de formalizar una Fundación sin ánimo de lucro, que tiene como fin primordial hacer justicia con ese árbol común, corriente y silvestre que le dio renombre a la obra cumbre de Gabo.
“Lo que pretendemos es que, como el árbol Macondo es de larga vida y se autorreproduce con sus propias semillas que brotan de sus grandes hojas amarillas, prolongar por siempre el espíritu del más grande escritor que ha dado Colombia y una de las figuras estelares de la literatura mundial, comparado con Cervantes Saavedra y su ‘Don Quijote’. Hasta ahora solo hemos sembrado dos Macondos en Aracataca. Pero el primero fue en la casa de Gabo y Mercedes en Cartagena. Al morir Gabo, Mercedes, los familiares y asesores más cercanos del Nobel, decidieron que era más noble sacarlo del patio de la casa y donarlo para que se sembrara en un sitio público que guardara algún antecedente histórico con el periplo de Gabo en la capital bolivarense. Y así se hizo, en el Parque Espíritu del Manglar”.
Martha García Potes asegura que al evento “queremos darle, además del sentido cultural de sembrar un árbol emblemático, una connotación ecológica. Toda la humanidad tiene que asumir acciones ante los problemas ambientales que están afectando de forma negativa al planeta, como lo es la contaminación ambiental en el aire, agua, suelos, plantas y animales”.
Una campaña de largo aliento
La idea de la Fundación sin ánimo de lucro es plantar un Macondo en todos aquellos sitios emblemáticos en donde el afamado escritor dejó una huella perenne. En Barranquilla, donde hizo los primeros años de primaria al lado de su amigo de infancia Juan B. Fernández Renowitzky. Hay una idea de sembrar un Macondo en La Cueva, lugar mítico en donde se reunía el célebre Grupo Barranquilla.
Pero también están los jardines de El Heraldo, en donde, en realidad, Gabo, como un prodigioso alquimista, fue moldeando el perfil de sus personajes, el combustible para casi todas sus novelas y el difícil arte de titular con certeza.
Después de Aracataca, Cartagena y Barranquilla, tendría que seguir la ruta de La Mojana, en donde él vivió por periodos alternativos, que fueron de mucha importancia para su formación literaria, romántica y donde, a la fuerza, perdió la virginidad. Fue allí en donde los hermanos Vicarios destajaron con cuchillos de rajar puercos a Cayetano Gentil, un estudiante de medicina amigo íntimo de Gabo. Episodio que dio origen a la novela ‘Crónica de una muerte anunciada’. Sin duda, en Sucre, Sucre, debe plantarse un Macondo.
Remedios García es, sin duda, la reencarnación de Remedios La Bella, personaje mítico en ‘Cien años de soledad’. Ella aspira a sembrar un Macondo en la Casa de Nariño. Ya le envió el mensaje al presidente Iván Duque.
Lo mismo que en el colegio de bachillerato de Zipaquirá. Y, por supuesto, en Bogotá, en donde inició los estudios de abogacía en la Nacional para complacer a su padre don Gabriel Eligio. Ocurrió todo al revés. En el segundo año se ‘torció’, abandonó para siempre el derecho y se fue por los caminos de gloria de la literatura. Que era lo suyo.
Se le ha propuesto al presidente de la República Iván Duque Márquez que abandere el propósito de plantar un Macondo en algunos de los jardines de la Casa de Nariño. Allí quedará para siempre el espíritu de Gabo, se inmortalizará el presidente Duque y se hará justicia con el hombre que puso a brillar a los colombianos con una visión distinta al estigma del narcotráfico.
Otro Macondo sería plantado en Ciudad de México, donde vivió por mucho tiempo, coqueteó con el cine haciendo guiones, y con la publicidad como redactor de slogan y textos publicitarios (Copyright). Ciudad en donde, en realidad, redondeó su ópera prima y desde donde la envió a Buenos Aires, en donde se hizo la primera edición de ‘Cien Años de Soledad’. Otro Macondo para Buenos Aires.
Paris también merece un Macondo, para recordar los años de penuria que García Márquez vivió en la capital francesa con el ánimo de hacer el curso más cruel de un escritor: aprender a escribir con el estómago vacío y tener, en últimas, que acudir a las canecas de basura para encontrar algo con qué engañar al estómago lleno de aire.
Y luego de todas esas peripecias, los años de gloria en Barcelona, de la mano de quien desde entonces se convirtió en su Hada Madrina, la editora Carmen Balcells, su admiradora, protectora y promotora. Barcelona bien merece un Macondo.
Y, ya aquí en Centroamérica y el Caribe, Cubita la bella, donde dejó la huella imperecedera de la escuela de cine, televisión y literatura San Antonio de los Baños. Allí hay que sembrar por lo menos dos Macondos. Uno por San Antonio, y otro por la lealtad que le deben los hermanos Castro por haber sido Gabo, contra viento y marea, simpatizante del modelo cubano.
Por esa línea de ideas, es bueno pensar en un Macondo para Estados Unidos, no por Donald Trump, que al parecer solo lee los libros de pérdidas y ganancias de su imperio económico. Sino por la admiración y amistad sincera que le brindó el presidente más demócrata que ha tenido Estados Unidos en muchos años, Bill Clinton.
Hay un lugar insospechado, que Martha García tenía escondido en lo profundo de su alma inquieta. Durante la visita del Papa Francisco a Colombia ella tuvo la fortuna de haber reservado una habitación para una estancia larga con su esposo. Cuál no sería su sorpresa cuando de repente se ve rodeada por todas partes de las sotanas rojas y vino tinto más finas del universo. El colegio cardenalicio en pleno se paseaba como San Pedro por su casa. Y ella, que no conoce la pena, se le acercó a un Cardenal para indagar porqué “ese rebullicio con todos ustedes aquí”. El respetable jerarca de la Iglesia Católica se la quedó mirando con unos ojos de mirada profunda y fija. Hasta que por fin habló: “Es que aquí está el Santo Padre”. Martha no pudo contenerse.
“¡Ay! El Papa Francisco…yo necesito hablar con él”.
“¿Para qué, hija?”
“Para que me ayude a sembrar un árbol de Macondo, que es el nombre que Gabo le puso al pueblo en donde se desarrolla ‘Cien años de Soledad”.
“Hija, eso es imposible. No me imagino un árbol en la mitad de la plaza de San Pedro”. Enseguida Martha le ripostó: “¡Pero sí puede crecer, florecer y dar sombra en Castel Gandolfo, donde el Santo Padre va a disfrutar de sus merecidos días de descanso!”.
“¡Hija, veo que eres capaz de quitarle las llaves a San Pedro para subir al cielo! Voy a tratar el tema con el Santo Padre. Ya tendrás noticias”, el Cardenal habló y se fue, tras darle la bendición a Martha García, que todavía llora de la emoción contando el episodio.
Un proyecto Ecocultural
Un Macondo en su ambiente natural pasa desapercibido.Hace parte de la pintura silvestre del camino real. Ya fue inmortalizado por Gabo. Ahora será elevado a los altares, si el Papa Francisco acepta sembrarlo en Castel Gandolfo.
Explica la inspiradora de esta justiciera campaña, Martha García Potes, que esta fundación sin ánimo de lucro “se da a la tarea de plantar simbólicamente los primeros 100 árboles de Macondo en las diferentes ciudades donde vivió y dejó plantadas sus huellas el escritor cataquero Gabriel García Márquez.
“Es de suma importancia para nosotros poblar con árboles de Macondo toda la ruta de la vida de Gabriel García Márquez, desde los municipios más pequeños hasta las ciudades más grandes, con el fin de fortalecer la identidad cultural y natural del territorio.
“Las características de Macondo es que puede llegar a alcanzar los 35 metros de altura; de tallo engrosado y brillante, posee un grupo de ramas gruesas, muy coposas, casi horizontales, en la parte superior; sus flores son amarillentas o rojizas, , y en forma de campana; sus frutos están rodeados por cinco alas membranosas de color rosa.
“Nativo de América tropical, es común encontrarlo en bosques secos y húmedos, casi siempre por debajo de los 500 metros sobre el nivel del mar.
“Es una planta con hojas simples y lobadas. Su corteza se caracteriza por sus anillos oscuros, que se van alternando con otros anchos y claros; su tronco es muy liso, grueso y alto. Su madera es bastante blanda, fácil de tallar por lo que es utilizada regularmente para construir canoas, bateas y recipientes de cocina”. Gustavo Bell, Jaime Abello, Juancho Gossaín, Heriberto Fiorillo, la familia de García Márquez y los amigos perpetuos de nuestro Premio Nobel, pues a apoyar este homenaje sincero a Gabo, que a la vez es la prolongación por siempre del nombre del pueblo que se conoce en todo el mundo como Macondo, el escenario donde transcurre la inmortal ‘Cien años de soledad’.