Por Jorge Guebely

Iluminan tus novelas, transportan tus poemas, conducen al corazón del ser humano. En tu territorio libre, luchas contra el poder político, contra la hegemonía del económico, instituciones construidas sobre la ignorancia esencial.

Eres tan sabia como la filosofía, tan certera como la ciencia, tan trascendental como la religión, tan humana como todas las artes, tan brillante como un sol.

Lúcida tu novela “1984”, escrita por George Orwell antes de la Segunda Guerra Mundial. Develas las sociedades dictatoriales, las de las fuerzas brutas, despóticas, amadas por las extremas de derecha o izquierda, liberales o conservadoras, civiles o militares. Creadoras de ignorancia para esclavizar súbditos, convirtiendo al Estado en Gran Hermano. Figura cuasi divina, de obediencia semi-religiosa.

Sociedad opresora, oprime con todos los órganos de represión: la tecnología, la desinformación persistente para programar cerebros, la policía del pensamiento para vigilar desde lo más profundo de la consciencia. Fomenta la ignorancia a través del terror. Castiga brutalmente a quienes cuestionan su ley, los conmina a la habitación 101, zona de tortura.

Nadie desobedece al “Gran Hermano”. Consolida la neo-estupidez a través de una neo-lengua de léxico empobrecido, de semántica intrascendente. Contaminada con expresiones emponzoñadas, fórmulas estereotipadas, para esclavizar. Nada mejor para embrutecer a un pueblo como una lengua embrutecida y embrutecedora.

Pavorosos regímenes políticos, económicos, ejercidos por chimpancés encorbatados. Encumbran la degradación humana, pauperizan al Ser hasta convertirlo en cosa.

No menos lúcida tu otra novela, “Un Mundo Feliz”, escrita después de la Segunda Guerra Mundial por Aldous Huxley. Tan inhumano el modelo dictatorial como el democrático. Obra poblada de metáforas. La élite suprime la religión para entronizar un nuevo dios, el Ford-T, alusión directa a Henry Ford.

Carecen del “Gran Hermano”, pero oprimen sus empresas. Si dios había muerto según Nietzsche, otro dios debía ubicarse en la cima del altar, el capital. “Un Mundo Feliz” construye, en laboratorios, sus nuevos ciudadanos.

La élite clasificada como Alfa; los trabajadores y empleados, como Beta; los más degradados, la plebe menor, los desechables, como Épsilon. Espantosa alusión al laboratorio capitalista, sociedad libremente jerarquizada por el dinero.

Proscribe el dolor institucionalmente. Por mandato, todo el mundo debe ser feliz consumiendo placer. Ante el menor malestar, basta una dosis de “soma”, el estupefaciente de la felicidad. Construye un mundo feliz con drogados por el placer, la falsa libertad, las pomposas ilusiones.

Razón tenía Kafka: “La literatura es siempre una expedición a la verdad”. Respetable tu función: exhumar cadavéricas verdades, sepultada por el poder para embrutecer y gobernar. Sin tanta ignorancia, el poder político y económico no tendrían larga existencia, ni siquiera tendrían poderosa existencia.

Comic por Stuart McMillen

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