Por: Francisco Figueroa Turcios
Mientras Colombia vuelve a levantar un trofeo en el Campeonato Sudamericano Sub-17 y celebra su segunda consagración, la memoria nos hace evocar recuerdos de la selección Colombia 1985 que dividió en dos partes la historia del fútbol colombiano. .
Los recuerdos, inevitablemente, llegan hasta el año 1985, hasta aquella semilla sembrada por Luis Alfonso Marroquín, el hombre que nos enseñó —antes que a ganar partidos— a creer que era posible hacerlo.
Luis Alfonso Marroquín no levantaba la voz para imponer respeto; lo hacía desde la convicción. Fue el primer técnico que llevó a Colombia a un Mundial juvenil, una gesta que hoy parece natural, pero que en aquel entonces era una frontera casi imposible.
El escenario fue el Campeonato Sudamericano Sub-20 de 1985, disputado en Asunción, Paraguay. Allí, entre selecciones que imponían historia y jerarquía —Brasil, Argentina, Paraguay—, Colombia comenzó a escribir una página distinta: la de perder el miedo.
En esa selección Colombia brotaron nombres que luego resonarían en estadios y relatos: John Edison Castaño, John Jairo Tréllez, Wilson James Rodríguez, el irreverente José René Higuita, junto a Álvaro Núñez y Romeiro Hurtado. Pero más allá del talento, lo que germinó fue una nueva forma de entender el juego. Marroquín sabía que el complejo de inferioridad era el rival invisible.
La grieta en la historia
Antes de Luis Alfonso Marroquín, el fútbol colombiano juvenil caminaba con cautela, mirando de reojo a las potencias como Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay.. Después de él, empezó a mirarlas de frente.
Su clasificación al Mundial juvenil de 1985 no fue solo un logro deportivo; fue una ruptura cultural. Dividió la historia en dos: la de los complejos y la de las convicciones.
Y desde entonces, cada generación que se pone la camiseta amarilla lleva, sin saberlo, una herencia invisible: la de aquel técnico que entendió que para ganar afuera, primero había que vencer por dentro. El título de Colombia en el Torneo Suramericano Sub 17, nos hace evocar los recuerdos como Luis Alfonso Marroquín logró acabar con el pánico escénico cuando nuestros futbolistas afrontaban un certamen continental.
Entrenar contra los fantasmas
Foto: John Edison Castaño
Porque en el fondo, Luis Marroquín no solo formó futbolistas. Formó carácter. Y en un país que aprendía a creerse capaz, eso terminó siendo la victoria más grande.
El método que utilizó Luis Alfonso Marroquín, para acabar con el pánico escénico que sufrían los jugadores de los seleccionados de Colombia cuando afrontaban torneos suramericanos parecía simple, pero escondía una revolución : en los entrenamientos, los jugadores suplentes los vestían camisetas de Brasil, Argentina o Paraguay para realizar partidos contra los titulares. No era un juego; era una estrategia psicológica.
El mensaje era claro: si podían enfrentar esos colores todos los días, también podían hacerlo en el partido decisivo. Así, poco a poco, el respeto dejó de ser miedo y comenzó a transformarse en competencia.
Como lo recordaría John Edison Castaño, Luis Alfonso Marroquín insistía en una frase que se volvió brújula: jugar con confianza, pero no confiados. Una línea delgada, casi filosófica, entre la seguridad y la arrogancia.
En aquellas canchas de Asunción no solo rodó un balón: se sacudió una historia de silencios, de complejos heredados, de respeto convertido en miedo. Luis Alfonso Marroquín entendió que el rival más duro no vestía de Brasil ni de Argentina, sino que habitaba en la duda de sus propios jugadores.
Desde ese 1985, el fútbol colombiano empezó a parecerse más a su gente: valiente, resiliente, capaz de pararse firme incluso cuando el mundo parece más grande. Aquellos jóvenes no solo clasificaron a un Mundial; abrieron una grieta por donde se coló la confianza de generaciones enteras.
El comienzo de la historia…
En 1984, cuando aún no había reflectores ni certezas, Luis Alfonso Marroquín ya brillaba con luz propia al frente de la selección Antioquia. Fue entonces cuando León Londoño Tamayo le extendió una invitación que era, más que un cargo, un salto al vacío: dirigir la selección Colombia que competiría en el Campeonato Sudamericano Sub-20 de 1985. Pero el sueño venía con advertencia. La Federación Colombiana de Fútbol atravesaba una crisis económica severa; no había garantías, apenas voluntad. Londoño fue directo: si aceptaba, tendría que construir desde la escasez.
Marroquín pidió 24 horas. No para dudar, sino para tejer. En ese breve lapso, entendió que el verdadero desafío no estaba solo en la pizarra, sino en conseguir lo esencial: uniformes, guayos, dignidad para entrenar y competir. Y fue entonces cuando el fútbol dejó de ser un asunto de oficinas para convertirse en una causa compartida.
Desde Barranquilla apareció la solidaridad con nombre propio: Francisco Figueroa Turcios. Bastó una llamada para encender la red de afectos. A través de amigos, de esos que entienden el fútbol como una extensión del alma colectiva, llegaron Hernando De Castro y Danilo De Castro, propietarios de la empresa Dida, quienes no pusieron condiciones: pusieron todo. Uniformes, implementos, respaldo. Donaron lo que hacía falta para que el proyecto no muriera antes de empezar.
Así, entre la precariedad institucional y la abundancia humana, Marroquín dijo sí. Y ese sí no solo aceptaba dirigir una selección: aceptaba representar a un país que, incluso en medio de la escasez, encontraba en la unión una forma de competir. Porque antes de los goles y los aplausos, esta historia se escribió con hilos invisibles: los de la confianza, la amistad y la convicción de que el fútbol también se construye desde la solidaridad.
Final inesperado y triste
Pero cuando el horizonte apenas empezaba a abrirse, la historia dio un giro oscuro. El fútbol colombiano, que ya vislumbraba en Luis Alfonso Marroquín a un conductor lúcido y adelantado a su tiempo, terminó perdiendo —de la manera más dolorosa— a uno de sus mejores cerebros.
En pleno auge de su carrera, mientras se preparaba para absorber nuevas ideas en Europa, recorriendo los entrenamientos de los grandes clubes del continente, recibió la noticia que lo fracturó por dentro: el asesinato de su mentor, Elmer Tamayo, dirigente de Millonarios, quien había apostado por él y lo había enviado a beber del manantial del fútbol europeo para asumir el desafío de dirigir al equipo capitalino en 1986.
Aquel golpe no fue solo personal; fue una herida abierta en un proceso que prometía renovación. El impacto fue tan profundo que terminó arrastrando a Luis Alfonso Marroquín a un estado depresivo y más tardes problemas mentales como si de pronto todo el andamiaje de sueños, método y convicciones se hubiera venido abajo, dejando al fútbol colombiano no solo sin un técnico brillante, sino sin una oportunidad que nunca volvió a ser la misma: el fútbol perdió un gran director técnico que hoy recordamos gracias al éxito de la selección Colombia en el Torneo Suramericano Sub 17, que precisamente se jugó en territorio paraguayo..
