…El Happy Land, esa pequeña tienda fundada sobre el callejón de Ricaurte hace más de medio siglo, y que de cliente en cliente fue adquiriendo la dimensión de “café”, hasta años más tarde asumir la perspectiva de “bar”.
Por, William Castro Atencia.
Otro día más recorriendo las calles de Barranquilla es otro día sin reparar en la memoria histórica y patrimonial que hoy yace en aquellos lugares arrasados por el paso del tiempo: Establecimientos, edificios, casas, cafés, librerías, teatros, cines, billares, tiendas, museos y bares emblemáticos, que poco o ningún rastro dejan tras desaparecer a la vista de quienes pudieron dar cuenta de su existencia: Desde finales del siglo XIX hasta mitades del XX, cuando la actividad económica en Barranquilla avanzaba de manera indiferente al desarrollo artístico y cultural, entendiéndose la escritura, entre otras expresiones, como un oficio subsidiario de labores nulamente estéticas que nada tuvieran que ver con grupos de intelectuales e izquierdistas embebidos de poesía o literatura urbana, paseándose cada tanto por esos recónditos espacios inscritos dentro de la vasta cartografía del comercio.
(Ana)crónicas de una casa-bar
Nuestro trayecto empieza y concluye en medio de dos calles universales desde las que se cree que inició el mundo: Las calles Real y San Blas, donde prosperaba un antiguo modelo de educación en los salones del difunto Ateneo Técnico Comercial, al tiempo que se desenvolvía la época dorada de la radio en Colombia dentro de las incineradas instalaciones de Emisoras Unidas.
Hablamos del Paseo Bolívar (antes callejón Abello, calle Ancha, Paseo Colón…) para la que el señor Pedro Barrios Hernández representa una vil encrucijada del destino, que hoy día le ubica a pocos metros del sitio donde estuviera su motor de vida: El Happy Land, esa pequeña tienda fundada sobre el callejón de Ricaurte hace más de medio siglo, y que de cliente en cliente fue adquiriendo la dimensión de “café”, hasta años más tarde asumir la perspectiva de “bar”.
Para entonces eran reconocibles los nombres del Café Roma, el Café Colombia; los bares Americano y Colonial, cuyos orígenes vernáculos no resultaban, sin embargo, tan atractivos como el anglófono “Happy”, bautizado así por el padre de don Pedro, el marinero Ciro Barrios, quien contrae nupcias con la campesina Carmen Hernández tras hacerse de la cultura cosmopolita en sus andanzas y viajes por tierras gringas y europeas.
El Happy Land coexistía al mismo tiempo como la casa-bar de esta pareja del interior, donde no faltaban las cervezas y los juegos de dominó, eclipsados por una inusual atmósfera de música clásica que atemperaban los palos de tamarindo.
“Otra cosa es que no era tan popular –señala Don Pedro-, ahí no llegaba todo el mundo por el mismo hecho de que se pusiera música clásica. Eso más bien se llenaba en carnavales, cuando ya se le ponía a la gente música antillana para bailar al son de la Sonora Matancera, entre varias orquestas”.
Como el poeta Virgilio, funge Pedro de acompañante en el acalorado curso hacia pasado de estas tierras, donde atravesando los antiguos senderos de la Gobernación (antes Pensión Inglesa), recuerda el hombre las visitas de distinguidas personalidades del ámbito político: “Los señores Name Fallaci y Jurado Bossa, ambos jueces de la Republica, al igual que un médico que aquí en el centro fue bastante famoso, el doctor Manotas”.
Después y con el pretexto de realizar la llamada “diligencia”, subimos por la calle San Blás, hasta dar entre 20 de Julio y Progreso con el fenecido Teatro Colombia, el más grande de Suramérica, que le traen esta vez a la memoria las constantes visitas al Happy de Lucho Bowen, un bolerista ecuatoriano que según “pegó mucho antes de Julio Jaramillo”; al compás de los años mozos de un Alejo Durán, que junto al combo de Juancho Polo Valencia y Alfredo Gutiérrez “se pasaba una jornada de parrandas vallenatas”.
El Grupo de Barranquilla
Pero si hay unas anécdotas que convierten al Happy en otro de los sitios patrimonio histórico de la ciudad, esas son aquellas que giran en torno a las visitas y ocurrencias del reconocido Grupo de Barranquilla, conformado por Alfonso Fuenmayor, Ramón Vinyes, Alejandro Obregón, Germán Vargas, Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez. Todos recordados por Don Pedro como un grupo de amigos que, por estrategia geográfica, hallaron en el bar un punto de referencia para sus asiduas tertulias.
Ejemplo de ello eran las ubicaciones de las viejas oficinas de El Heraldo, que al igual que la Iglesia San Nicolás captaban las miradas de Don Ramón asomado a la ventana de su apartamento. Por su parte, “Alfonso Fuenmayor salía de su despacho en el edificio de la Biblioteca Departamental, para irse derechito a almorzar en el Happy”, antes siquiera de fomentar los salones de La Cueva, anterior Hogar de Cazadores del Atlántico El Vaivén.
Habiéndose instalado el grupo en el bar, sobre la puerta de este reposaría años luego una frase perpetuada por el mismo Germán Vargas en su artículo conmemorativo de los diez años del fallecimiento de Alvarito Cepeda: “El Japy, escrito así”, dotándolo, quizás, del atributo vernáculo que carecía en un principio.
La deuda de Obregón
Una vez se presentó la circunstancia de que el pintor Alejandro Obregón acumuló una deuda de 45$ en ‘frías’ y tragos que semanas antes se había bebido en el Japy, y que curiosamente firmaría en el papel de una cajetilla de piel roja, que acabó por amortizar un compadre suyo, famoso nadador de la época.
“Pasó el tiempo y él (Obregón) se perdió del bar y del grupo, pero allá siguió yendo un señor llamado Samuel Rodríguez, campeón nacional de natación, profesor del Mary Mount y el Club Alemán, a quien mi madre le encomendó recordar al pintor que tenía una deuda pendiente por ahí…
Pero el tiempo se fue dilatando al punto de que la señora Carmen le echaba la culpa al pobre técnico que no tenía nada que ver con el asunto. Hasta que este le dijo un día que le iba a pagar ese ‘vale’, a lo que mi madre le ha dado la cuenta, y Samuel, tras rectificar las cifras, le entregó los 45$, para seguidamente romper la cajetilla de cigarros frente a sus ojos”
Lo que no se imaginaba la señora era que el mismo podría costar hoy en día millones de pesos.
La música del Sabio Catalán
A propósito de la música clásica que volvió selectivos a los clientes del Japy, se cuenta no haber una sola tertulia sin que el catalizador del Grupo de Barranquilla, Don Ramón ‘el Sabio Catalán’ de Cien años de soledad, llegase a escoger para sus amigos por lo menos la mitad del repertorio de más de cincuenta canciones clásicas tanto de su tierra natal como de la tierra que le acogió en sus brazos.
“El que fundamentalmente llegaba a oír música clásica era el Sabio Catalán. Él tenía un disco en especial que era Las bodas de Luis Alonso, pero ellos escuchaban los valses de El Prado, Los Churumbeles de España, música vieja de Jorge Negrete, Pedro Infante, El Danubio Azul, que no se escuchaba en el resto de bares ni cantinas”.
Fuera de ello, ostentaba el catalán una rigurosa determinación a la hora de elegir dónde y con quién sentarse a beber de las cervezas Águila, que en su momento representaron “una imposición de Julio Mario Santodomingo, pues, donde los pillaran con una foto debían de estar tomando Águila, por la competencia que tenía esta empresa con Bavaria, que luego compró Julio a Carlos Lleras Restrepo”
Vivir para contarla
Y de una memoria oral e instituida en la mente del hijo de Ciro y doña Carmen, nos trasladamos al legado escrito de la vida y obra de García Márquez, Vivir para contarla, donde el Nobel recuerda aquellos años de aprendizaje en diarios como La Prensa y el Liberal; su paso por prostíbulos y burdeles de la Calle del Crimen, hasta dar con esa cierta nostalgia de su vida deslumbrante y miserable en un bar que acabaría a punta de préstamos: el Japy Land.
Por ejemplo, fue en el Japy donde Gabito se daría cita por primera vez con José Félix Fuenmayor, considerado por él y ‘el nene’ Cepeda su maestro, del que aprendieran la verdadera naturaleza del mamagallísmo a la hora de echar el cuento.
“Nunca había oído hablar de él cuando lo conocí, un mediodía en que coincidimos solos en el Japy, y de inmediato me deslumbró por la sabiduría y la sencillez de su conversación (…) Poco después, por una casualidad inconcebible, tuvimos la primera y única conversación a solas cuando fui al Japy más temprano que los otros para pagarle sin testigos los seis pesos que me había prestado para mi viaje a Aracataca con mi madre”.
Y cuando el Grupo hubo de quedar maravillado con los fantásticos títulos que llegaban cada mes a los estantes de la Librería Mundo, fue en el Japy que Gabo, extenuado por la retórica de Faulkner, recibió las reconfortantes palabras del Sabio: “No se preocupe, Gabito, si Faulkner estuviera en Barranquilla estaría sentado en esta mesa”.
Pero el estrés de Gabito le reclamaría mayores niveles de relajación, después de que, en 1950, se pasase Alfonso Fuenmayor con su recién fundada revista Crónica por los aposentos del Japy, la cual y pese a ser tildada por el mismo Gabo como “Su mejor week-end”, no duraría más de 14 meses en imprenta.
De frustración en frustración, fue llegando el acabose de una revista que influiría tanto en Latinoamérica como su precedente Voces, tras firmada la renuncia de su editor en un solo cruce de cafés servidos en el inexistente Japy: “El (Germán Vargas) se quedó a mitad de camino con el pocillo que estaba a punto de probar -idéntico a don Ramon-, y me preguntó alarmado ‘¿Para dónde vas?’. Su clarividencia me impresionó. ‘¡Como carajo lo sabe!’ le dije. No lo sabía, pero lo había previsto, y pensaba que mi renuncia sería el final de Crónica, y una irresponsabilidad grave que pesaría sobre mí por el resto de mi vida.
