Por Jorge Guebely
De todas las monstruosidades creadas por la deshumanización, la del ego se encuentra entre las vanguardias. Patológico deseo de primar sobre el desastre de los otros.
Peor enfermedad, si la ejerce un político. La sufren sus detractores y la padecen sus seguidores. Destruye al otro para creerse el mejor, desvaloriza al contrincante para autovalorarse. Inconmensurable pobreza integral: política, ciudadana, mental y humana.
Basta el Metro de Bogotá para visualizar la pícara egolatría política colombiana. De nuevo el viejo Bizancio en Bogotá: inocuas diatribas: Metro subterráneo o elevado. Anodinas confrontaciones para ocultar fechorías.
En sus delirios, los de hoy niegan a los de ayer. Los acusan de improvisar. Desconocen la manía de proyectos tras proyectos desde 1954. Los de Andrés Rodríguez y Jorge Gaitán Cortés, Hernando Durán Dussán y Antanas Mokus…
En su afán de primar, estiran el lenguaje: tejen infinitos y enrevesados argumentos: el proyecto anterior no contó con adecuados soportes técnicos, las proyecciones fueron mal formuladas, no contaron con análisis financieros realistas…
Con frecuencia, la miseria del ególatra se visualiza en sus miserias políticas. Discusiones inanes entre partidos políticos, entre presidentes y alcaldes, entre bancadas del concejo, entre feligreses del presidente y del alcalde. Discusiones para abortar proyectos, favorecer mercaderes electorales y ganar dinero. Como ayer, la cacofonía se perpetúa hoy.
La grandeza de los grandes ególatras es su enorme pequeñez. Suficiente recordar la propuesta de los japoneses en 1966. Abortaron la iniciativa del gobierno nipón por exceso de pequeñez. Consistía en financiar el primer tramo, operarlo durante diez años, para transferirlo posteriormente al Distrito. En su fermentada envidia política, el partido conservador se opuso, no soportaba el éxito del proyecto en gobierno liberal.
Siendo esencialmente sordo y ciego, el monstruoso ego no permite a los políticos parroquiales llegar a la cúspide de la política, a la sabiduría para administrar un Estado como Confucio, a la inteligencia de un estadista como Nelson Mandela.
Peor aún, ni siquiera les permite alcanzar el estatus del animal político como lo proponía Platón. El ego los rebaja al estatus de politiqueros, especialistas en ganar mañosamente elecciones. Seres bochornosos que terminan hundidos en la delincuencia estatal. Voraces piojos del Estado donde encuentran el hábitat fecundo para perpetuarse con facilidad: excesivos recursos públicos, excesiva indigencia material y humana de un pueblo, condiciones sine qua non para que prosperen los polidelincuentes.
Peor tragedia no podíamos padecer: ser gobernados por la egolatría de personajes anodinos, de espíritus delincuenciales con patológicos deseos de primar. Razón tenía el maestro Eckhart Tolle: “El mundo está deshecho por el egocentrismo”.











