Nunca se está verdaderamente con uno mismo como cuando se está solo. En soledad es posible liberarse del ego, esa insoportable presencia del poder en el interior de cada persona. También es posible trascender la razón hasta tocar algunas regiones del subconsciente donde pasado y presente estallan en un mismo instante. Se podría visualizar no solo el inconsciente personal, sino el colectivo como lo revelara Jung
Liberado de las morales del poder: lo bueno y lo malo, lo correcto e incorrecto, lo debido e indebido…, surgiría la posibilidad del encuentro consigo mismo, el mejor amigo pocas veces visitado. Tal vez fue eso lo que quiso decir Thoreau en su bello libro “Walden” cuando afirmó: “Nunca encontré un compañero tan sociable como la soledad.”
Dicen que Kafka, quien trabajaba en una compañía de seguros, amaba infinitamente su soledad. No soportaba su empleo tan burocrático, asfixiante y gris. En sus cartas y diarios describió que solo en la soledad de la madrugada, en ese silencio absoluto, lograba escribir con intensidad casi febril.
Aislamiento absoluto, condición esencial y vital para el praguense cuando sentía la revelación de un relato. Lo comprobó la noche cuando escribió “La Condena” de un tirón en aproximadamente ocho horas continuas. Al terminar exhausto y eufórico anotó que nunca había experimentado una conexión tan directa entre pensamiento y escritura.
Para él, como para cualquier escritor, la verdadera escritura surge cuando se está solo con su íntimo subconsciente, la forma personal de estar conectado libremente con la humanidad y el Universo. De allí el ADN del texto literario: libre de moral alguna, es libre y libertario. Emancipado de los poderes históricos, se torna universal en el tiempo y en el espacio.
Lo ilustró Kafka en “La Condena”, relato corto y simbólico donde Georg pide a su padre, símbolo del poder, la opinión sobre una carta a un amigo. De pronto el frágil padre se convierte en hombre poderoso y cruel quien lo condena a morir ahogado. Actúa en casa como el gran autócrata porque la autócrata ejerce el poder a través de las personas que nos rodean.
Bello e inquietante relato construido en una madrugada de inmensa soledad en contacto consigo mismo donde devela uno de los peores rasgos de cualquier poder: su capacidad de victimizar a través aún de las personas más amadas.
Afirmaba Simone de Beauvoir: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos.” Entre los miembros de la familia y amistades diría Kafka; los opresores de cada día, diría yo.
