
Por Wilber Fabregas
Barranquilla es una ciudad extraordinaria, de gente buena y maravillosa, que “sabe cantar y sobre el yunque martillar”, frase que forma parte de su hermoso himno y que esboza al ser barranquillero como intelectual y trabajador; ese que lleva consigo la ilusión del Caribe blanco y azul, demostrando con ello su sabiduría y fortaleza para sobresalir en los afanes de la vida y alcanzar sus propósitos.
Comienzo con esta frase célebre y talentosa: “Lo que se hereda no se hurta”, indicando con ello que las cualidades importantes de algunas personas logran trascender porque existen contadores de historias, talentos, comportamientos, sabiduría, vocación de servicio, empeño y dedicación que provienen de nuestros padres. Son rasgos heredados que permanecen en el curso de la vida para bien de una comunidad.
Y esto lo aplica perfectamente Jorge Mario Sarmiento Figueroa, figura juvenil de ambiciones y metas alcanzadas, a quien cariñosamente llamamos “El Buhito”, por ser hijo de un gran amigo intelectual y maestro del periodismo: Rafael Sarmiento Colley, conocido como “El Búho” por su histórico espacio crítico “El Rincón del Búho”. Tanto Jorge Mario como el resto de sus hermanos sienten orgullo de llevar ese apelativo cargado de historia y reconocimiento.
Directo al grano
Sin tantas arandelas, como decía mi abuela, vamos directo al grano.
Jorge Mario Sarmiento Figueroa resultó ganador en la categoría “Mujer y Carnaval” por la crónica titulada:
“Manuela Gómez Bancelin, la viuda que bailó su duelo en el Carnaval de Barranquilla”
Este comunicador de profesión, artista por vocación, cronista, poeta, realizador audiovisual, estratega empresarial, catedrático y orgullosamente barranquillero, ampliamente conocido por ser director y editor general de La Cháchara, nos narra una historia fantástica, llena de colores, aunque marcada especialmente por el negro que simboliza el luto de las viudas.
Sin embargo, en el Carnaval de Barranquilla ese color cambia de sentido, porque la viudez de las “dolientes” concluye el martes de Carnaval, cuando Joselito vuelve simbólicamente a morir para renacer al año siguiente.
Historia de cabo a rabo
El tema referido por Jorge Mario envuelve al lector de principio a fin, demostrando que el género periodístico no debe aplicarse únicamente para obtener reconocimientos o trofeos, sino para realizar descripciones con decoro, profundidad y responsabilidad social.
La crónica y el reportaje no deben perder su esencia. Hoy muchos pretenden imponer formatos rápidos y superficiales, dejando vacíos enormes en los relatos, con temas tratados a medias y sin investigaciones profundas, todo por la velocidad y el afán de publicar primero.
Esa práctica termina alejando al lector de la verdadera esencia narrativa y deja incluso a algunos autores sin claridad sobre si escribieron una crónica o un simple reporte informativo.
La rapidez con la que hoy se construyen ciertos contenidos, llenos de títulos, antetítulos y subtítulos vacíos, termina sacrificando el vínculo humano que debe existir entre el cronista y sus lectores.
“No es ná el bailá, sino el dar la vuelta”
Lo realizado por Jorge Mario es una narración detallada, humana y profundamente sensible, como deben relatarse las grandes historias.
Su crónica nace desde la esencia misma del género periodístico: contar hechos reales con humanidad, profundidad y emoción. Y él sabe hacerlo porque entiende que para llegar al lector es necesario relatar cada incidencia, cada detalle y cada sentimiento contenido en la historia.
Por eso impacta no solo a los jurados, sino también a ese público deseoso de conocer las historias completas, de “cabo a rabo”.
El duelo convertido en Carnaval
En esa temporada fantástica llamada Carnaval de Barranquilla, llena de ingenio y tradición, desfilan cada martes muchas “viudas carnavaleras”, cuya viudez dura apenas un día para despedir al eterno Joselito Carnaval, el personaje que muere para resucitar 365 días después.
Pero lo que inspira al narrador de esta crónica es algo mucho más profundo: la decisión de Manuela Gómez Bancelin, artista clown, danzante consagrada y capitana por primera vez del colectivo artístico “La Puntica No Má”.
Apenas dos meses después de perder a su compañero de vida y padre de sus hijas, Juan Felipe Espinosa Builes, decidió salir al Carnaval no para despedir al ficticio borrachón mujeriego y carnavalero, sino para honrar la memoria de quien fue su compañero en la vida, el arte y la cultura.
Juan Felipe falleció un sábado 13 de diciembre del año anterior, y aun así Manuela decidió enfrentar el dolor en medio de la fiesta más grande de Barranquilla, sin pensar en el qué dirán, sino en la necesidad de transformar su duelo en un homenaje de amor.
Un amor libre y apasionado
Como se detalla en la crónica, el amor los hizo libres.
Se conocieron durante unas vacaciones en San Andrés, en 2010. Fue un amor inmediato que creció con libertad. Cada uno seguía su camino, pero siempre terminaban encontrándose.
Juan Felipe estudiaba en Nueva Orleans; ella en Bogotá. Más tarde viajaría a Barcelona y posteriormente a Nueva York. En uno de esos viajes a Estados Unidos, en 2014, volvieron a encontrarse de una manera definitiva, enlazando para siempre sus vidas.
Manuela se dedicó al estudio de diferentes expresiones artísticas y danzas: tribal fusión, flamenco y danza sufí. Incluso atravesó momentos muy difíciles, como una grave pulmonía sufrida en Europa mientras estudiaba danza.
La amistad entre ambos se fortaleció hasta convertirse en una historia marcada por el amor, el arte y las luchas compartidas dentro del Carnaval y los colectivos culturales.
Una crónica con alma y profundidad
Jorge Mario Sarmiento Figueroa logra construir un relato lleno de humanidad, inteligencia y sensibilidad narrativa. Su texto demuestra que escribir una crónica exige observación, paciencia, amor por los detalles y compromiso con la verdad emocional de los personajes.
Una buena narración necesita ojos para observar, oídos para escuchar y sensibilidad para interpretar el terreno que se pisa.
Y eso es precisamente lo que hace Jorge Mario: contar una historia con profundidad, sin mutilarla, sin apresurarla y sin negarle nada al lector.
Un premio merecido
Jorge Mario se hizo merecedor de este reconocimiento por su fidelidad al género periodístico y por conservar intacta la esencia de la crónica bien narrada.
Por eso traigo nuevamente una frase de mi madre:
“No es ná el bailá, sino el dar la vuelta”
Porque para bailar no basta con mover el cuerpo; hay que saber mantener el ritmo, dar la vuelta correcta y tener seguridad en lo que se quiere lograr.
Dos meses después de la muerte de su esposo, Manuela Gómez Bancelin decidió salir como capitana de “La Puntica No Má” en el Carnaval de Barranquilla 2026.
Y Jorge Mario Sarmiento Figueroa convirtió esa decisión en una crónica inolvidable: la historia de una mujer que transformó el duelo en un rito para celebrar la vida.
