Leonardo José era vecino del dueño del pajarito enjaulado y todas las mañanas se sentaba en el patio de su casa a oírlo cantar. Ese fue su pecado.
Por Rafael Sarmiento Coley
Fotos de la Red Sabanera*
Leonardo José, de apenas 17 años, era muy amante de la música. Uno de sus cantantes favoritos era el desaparecido cantautor y actor argentino Leonardo Fabio, tocayo suyo, que dedicaba un disco a “un canario cantor” y lo hacía con su estilo apasionado, de voz profunda y nostálgica como si el canario que se le había escapado fuera parte de su alma.
Foto en vida de la víctima Leonardo José Mercado Hernández, muerto de tres balazos por admirar el canto de un canario.
Leonardo José vivía con sus padres en el barrio El Minuto, de Sincelejo. Todas las mañanas él se deleitaba con el canto de un canario que un vecino mantenía enjaulado debajo de un palo de mango de enorme sombra. “¡Qué lindo canta ese pajarito!”, le comentaba él a su mamá, sin agregar una palabra más, sin mencionar lo más mínimo sobre alguna intención de robarse el pájaro ajeno.
Su mamá le comentó a su marido el incidente. “Lo que pasa es que a ese pelao siempre la ha gustado la música…debe ser que quiere ser cantante o compositor”, comentó su padre y no le dio más vueltas al asunto. El tema quedó de ese tamaño. Sin mayor importancia. Al fin y al cabo lo que estaba de por medio era un simple pajarito silvestre que ahora un fulano llamado Óscar Barrios Peluffo, de 27 años de edad, mantenía encarcelado sin que el inocente pajarito hubiera cometido delito alguno.
Óscar Barrios Peluffo, tras matar de tres balazos a Leonardo José, fue agredido por la multitud del barrio. La Policía lo rescató cuando ya casi estaba linchado. Entonces la multitud le destruyó la casa al homicida.
Vea usted. Su único delito fue los atributos de los cuales fue dotado por la naturaleza. Hermoso plumaje y un don para ser una de las más preciadas aves canoras de los sabanas de Súcre y Córdoba y los Montes de María “en donde hay canarios como arroz, y eso cantan como una sinfónica”, agrega certeramente un compañero de estudios de Leonardo José Mercado Hernández. El compañero de Leonardo aborda de nuevo el tema. “Esos pájaros no deben mantenerse enjaulado, es una tortura, es una infamia, porque de todas maneras están presos, aunque les llenen a diario el buche de alpiste. Eso no les alimenta la dicha de la libertad en las ramas de los árboles en donde su canto es más sonoro y bonito”.
Un amor enfermizo
Óscar Barrios Peluffo –dicen sus vecinos- es un tipo de malas pulgas. Siempre con el rostro adusto, como si acabara de desayunar alacranes y sapos. Tenía, eso sí, un amor enfermizo por ese animalito. Lo bañaba tres veces al día cuando eran meses de intenso calor. Lo rociaba con agua fresca y le lavaba la jaula con admirable esmero, y le mantenía la canequita del alpiste siempre llena. De día o mantenía en el árbol de mango, y una o dos veces lo llevaba en las mañanas y en las tardes a campo traviesa para colocarlo debajo de cualquier árbol frondoso pretendiendo que el canario se sintiera así en su hábitat y en plena libertad. Barrios Peluffo sufría de engaño. El canario cuando regresaba del paseo, los vecinos lo veían tristecito. Claro, había sentido que estaba preso y sin poder volar en esa montaña llena de árboles que le pertenecía. Era su medio ambiente natural.
Barrios Peluffo no entendía eso. Él pensaba que el pajarito lo quería mucho porque cuando le daba alpiste poniéndose los granitos en el bordillo de sus labios, el canario picaba y hasta introducía su piquito en la boca de su amo para atrapar el último granito de comida. Por eso Barrios Peluffo adoraba al canario. Era un amor enfermizo. Para él no había nada más importante que su pajarito. Tanto así, que dormía con él colocando la jaula en la cabecera de la cama, tapado con una tela de lona “para impedir que algún maldito gato se lo coma”, decía.
Simplemente le gustaba su canto
La única vez que Barrios Peluffo descubrió que Leonardo José admiraba el canto de su canario fue una vez que lo vio sentado en una banqueta a la orilla de la cerca a muy poca distancia de donde estaba la jaula. “¡Buenos días vecino, tiene un canario que canta como los ángeles!”, le comentó Leonardo José. Y Barrios Peluffo, con la aspereza de siempre le contestó “¡Jeee!”. No dijo más. Cogió su jaula y se llevó su canario para dentro, cosa que nunca hacía.
Poco a poco se fue regando en el barrio la extraña actitud de Barrios Peluffo con su pajarito. No le prestaba atención a nada más en el mundo. El canario era su mundo. Su amor. Su pasión.
“Ese man se va a volver loco con ese pájaro para arriba y para abajo. ¡Nojoda, él como que cree que el canario es una pajarita! Una canaria de la cual él está locamente enamorado. Un amor platónico que lo conducirá sin duda a un manicomio”, comentó un vecino del barrio que conocía bien el caso. Le había hecho seguimiento minucioso a Barrios Peluffo y había llegado a la conclusión de que aquella conducta no era la de un ser en sus cabales.
Las palabras tienen su energía
Y ocurrió lo que, de alguna manera, se presentía en el barrio. “Un día de estos alguien, por pura maldad, se le roba el canario con jaula y todo y se lo lleva lejos para soltarlo en la arboleda, para que cante más bonito en plena libertad”, decía una profesora del barrio.
Pero de inmediato alguna contertulia le replicaba. “¡Tú crees que por aquí hay algún suicida que se atreva a hacerse eso a sabiendas de que el dueño de ese pajarito es un hombre amargado y anda siempre armado!”.
Y como las palabras tienen su extraña energía. En efecto, ocho meses antes del nefasto final de esta historia cruel y humana, una mañana cualquiera, mientras Barrios Peluffo roncaba en su cama porque en la noche anterior se había tomado unos tragos, alguien se llevó la jaula con el canario. Nadie supo quién. En el barrio el Minuto se regó la noticia como pólvora y de inmediato sobrevino la algarabía. Había una confusión en el barrio. Se creía que alguien se lo había robado para venderlo en otra ciudad. También se comentaba con alegría que “el ladrón a lo mejor es un muchacho de buen corazón que se lo robó para dejarlo en libertad”.
En su banqueta en la orilla de la cerca a pocos metros de donde acostumbraba Barrios Peluffo colocar la jaula con el canario, Leonardo José meditaba en silencio. “Quien fue capaz de esa hazaña es muy arrestao. Tendrá que ser muy cuidadoso con el dueño del canario”.
El muchacho tenía los sentimientos cruzados. Estaba alegre porque pensaba que el ladrón ya había dejado en libertad al canario. Estaba triste, a la vez, porque tenía la sospecha de que la intención del ratero era maligna, desde que se atrevió a tal reto. Se lo robó para venderlo. De lo contrario no corría ese grave riesgo”.
En medio de la vocinglería y al calor de la media mañana se tejían toda suerte de conjeturas. Que se lo llevó un tipo que tiene un gato gordo que lo alimenta con pájaros que él caza en el monte o se roba en los patios de las casas. Que fue algún muchacho necio para hacer sufrir a Barrios Peluffo. Que el ladrón lo había hecho con su doble intención. Liberar al canario, y arrancarle a la brava el karma que sufría Barrios Peluffo por el extraño amor por un pájaro. De todo se decía, menos que Leonardo José fuera el autor del robo. De él no había la menor sospecha por sustracción de materia. Era un muchacho pacífico. No se le vio jamás en trifulcas. Era amigable, cariñoso, no se disgustaba con nadie. Tenía su noviecita. Era, en fin, un mucho de buen corazón, incapaz de matar un pájaro, y menos ese canario que él admiraba por su maravilloso canto. No más. Lejos de sus pensamientos pensar en un acto que consideraba suicida, conociendo el carácter belicoso del dueño del canario.
Pero Dios hace las cosas al derecho, y, en un descuido, a veces el diablo se la cruza y mete la mano para poner todo al revés. Mientras todos en el barrio buscaban culpables, rebuscaban retratos hablados de posibles rateros, sin pensar jamás en el muchacho bueno, de temperamento noble, como era Leonardo José.
Ahí fue en donde entró el diablo, 8 meses después del robo del canario, con su mano siniestra y envenenó el corazón tigrero de Oscar Barrios Peluffo. “El ratero fue tu vecino. No te acuerdas que él vivía loco por el canto del pajarito”, le decía una voz extraña al oído del emocionalmente inestable dueño del canario.
Vea qué cosas tiene la vida. A Chávez le hablaba un pajarito. A Maduro, muerto Chávez, se le presentaba en forma de pajarito. Se le paraba en la nariz, con una patita en el poblado bigote de Nicolás, y le cantaba mensajes del más allá que le enviaba Chávez “para mantener en alto la bandera de la revolución bolivariana”.
Oscar Barrios Peluffo, a sus 27 años de edad, también dijo que pareció escuchar una voz desconocida que le decía quién se había robado su pajarito.
Lo mató de tres balazos
Y sin más reflexión ni análisis de las circunstancias de tiempo y lugar, de la personalidad serena y de buena compostura de su vecino Leonardo José, el martes a las 10:30 de la noche, cuando ya había pasado casi un año de la pérdida de su pájaro, buscó su revólver que tenía escondido en el fondo de un viejo baúl y, a penas lo vio cerca, lo mató de tres tiros. Leonardo José cayó de bruces, sin saber porqué moría. Solo el murmullo del barrio se sentía como si se acercara una fuerte tempestad y se escuchaban voces desconocidas. “Pobrecito, lo mataron por un canario cantor…y él no fue quien se lo robó, que es lo peor de todo”. “No es justo- decía otro rumor- ese tipo imbécil, matar a un muchacho bueno por un simple pájaro. Ese tipo está loco de remate”.
Y el rumor del barrio fue creciendo como una bola de nieve, el gentío se fue llenando de valor y tomó la decisión de aplicar justicia por su propia mano. Poco a poco se fueron acercando a la casa del presunto agresor, el vecino Oscar Barrios Peluffo, quien no pudo defenderse de esa ola humana incontenible. Lo golpearon por todas partes. Las mujeres lo arañaban. Óscar Barrios gritaba entre sollozos “¡no me maten!” .“Tengan piedad de mi”. Con los brazos trataba de cubrirse el rostro. Era inútil. Otros lo golpeaban por las partes nobles, entonces él bajaba los brazos para sobarse las pelotas con las manos, mientras se retorcía de dolor. Al final, cuando ya estaba a punto de ser linchado y casi convertido en una piltrafa humana con jirones de su ropa colgándole por las costillas, vino un grupo policial y lo rescató. Como estaba bastante golpeado, lo tuvieron que llevar al a clínica María Reina.
Cuando la comunidad se sintió impotente porque la Fuerza Pública le había quitado su presa, se lanzó como una fiera herida contra la casa de Óscar Barrios Peluffo y con palos y piedras se la dejaron semidestruida y con todos los enseres doméstico convertidos en picadillo.