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Lluvia del tiempo

 

En un mundo donde impera la hipocresía, la sinceridad es subversiva. Demuele la moral oficial o el hábito de portar máscaras sobre máscaras, deporte generalizado, estrategia eficaz de potentado y políticos.

Por Jorge Guebely

Jorge Guebely, escritor, PhD en Literatura, columnista invitado en Lachachara.co

El éxito de estas criaturas (hipócritas del poder) sólo se construye con el uso y abuso de la doble moral. En eso consiste la subversión de Jaime Bayly. Y tiene más credibilidad que los discursos presidenciales de cualquier mandatario del mundo. No sólo subvierte en la escritura sino en su comportamiento. No oculta su bisexsualidad, ni su drogadicción, ni su libertinaje, rasgos comunes e invisibles en parlamentos nacionales e internacionales. Tampoco esconde su fastidio contra dictadores de izquierda quienes construyeron, a base de mentiras, gobiernos pre-modernos. Irónicamente ve en Uribe un caudillo prehistórico, con ‘una textura de héroe antiguo’, que los uribistas, enceguecidos por su enajenación, no entendieron. Y si muchas personas lo censuran, se debe a la dificultad de ser sincero e incluyente en una sociedad mayúsculamente hipócrita y excluyente.

Jaime Bayly

No niega su estrategia de construir importancia con gestos banales, enfermedad frecuente del capitalismo. Basta ver las campañas de algunos políticos con discursos insubstanciales y gestos ridículos: bailan mapalé, se disfrazan de mineros, besan niños lombricientos, para observar el grotesco teatro de la banalidad. Bayly tampoco niega su estatus de escritor mediocre en donde tantos mediocres de la escritura se consideran genios incomprendidos. Sus aspiraciones no pretenden equipararlo con un Borges: ‘No todos pueden ser Messi o James’, afirma. Pero ve en la literatura ‘un motín, una cosa sediciosa, una guerra de guerrillas’.

La lluvia del tiempo, por Jaime Bayly.

La reciente novela, ‘La lluvia del tiempo’, devela el monstruoso aparataje del poder político, las componendas de un candidato con el poder económico y la confabulación con un periodista lame letras, monumento infame a la hipocresía. El dinero y la publicidad maquillan su abominable realidad convirtiéndola en ostentosa imagen. El título de la novela, tomado de otra de Javier Marías, metaforiza la lenta degradación que ejerce el tiempo sobre los hombres de poder. El poder envilece, tiene los suficientes encantos para convertir a una persona en una porquería bien acicalada. En la novela, la realidad de la gran mentira surge cuando la hija del candidato le quita el primer velo. Entonces, el rostro corrupto sale a flote; la farsa de la criatura política, como en algunas novelas de Balzac, hiede.‘¡Qué alivio leer a alguien que tiene la voluntad narrativa de no esquivar casi nada!’, afirma Roberto Bolaño. ¡Qué bueno que la literatura aún sirva para demoler caretas!, digo yo.

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